Jueves, 29 de octubre de 2020

La enfermedad mortal

La fórmula de toda desesperación [es] que uno desesperadamente no quiera ser sí mismo

S. Kierkegaard

 

La experiencia de que en las personas se esconde más de lo que nos suele parecer da pie a la esperanza que con tanta urgencia necesitamos.

W. Kasper

Es necesario redescubrir lo esencial del bien común, en plena pandemia fue ese gesto de responsabilidad de todos

Iniciando la segunda oleada del coronavirus, donde ya las cifras son preocupantes, recordamos aquella obra de Soren Kierkegaard: “La enfermedad mortal o Tratado sobre la desesperación”, que quiere ser una continuación del concepto de angustia, tratado en otra obra anterior. Cuando invertimos y vaciamos el sentido de nuestra existencia, caemos en esa sinfonía maldita de la angustia o la desesperación, una enfermedad del yo, una enfermedad del espíritu. La pandemia, ha acentuado ese lado oscuro de la angustia y el pesimismo en muchas personas, es necesario transformar esa sensación en sabiduría positiva.

La segunda oleada del virus se está adelantando al otoño, posiblemente por la desescalada precipitada, la falta de responsabilidad en el uso de mascarillas y distancia social, la movilidad, el turismo, botellones y ocio nocturno, perdiendo el respeto al virus. Los datos no son muy alentadores, somos el país europeo con mayor incidencia, justo al inicio de la apertura de colegios e institutos, donde la distancia social será muy difícil de controlar. Hemos visto que economía y pandemia van de la mano, es necesario una gestión efectiva de la pandemia, así como una actitud responsable para evitar un nuevo confinamiento, que posiblemente seria insostenible económicamente.

La primera oleada ya nos sorprendió, destruyo muchas vidas, paralizó la sociedad y la economía, cambiando de repente el mundo y nuestras vidas. La crisis va ha continuar, a pesar de los nuevos medicamentos y las futuras vacunas, sabemos que después de todo lo que estamos viviendo, la vida no va a ser igual que antes. La crisis vírica, económica, de sentido, nos está haciendo ver y palpar nuestra condición finita y vulnerable, una señal de alarma que nos está llamando a cambiar de mentalidad, a la conversión y a la renovación.

Una renovación que no se debe quedar en el ámbito más local y nacional, el fenómeno de la pandemia está profundamente unido al fenómeno de la globalización. Este fenómeno ha provocado grandes beneficios a los grandes organismos económicos y políticos, generando un sistema de explotación de numerosos pueblos y áreas del mundo, generando un sistema de dependencia de los países mas desprotegidos, globalizando también la indiferencia. Acompañado de un consumismo cada vez mas desbocado y sonrojante, sobre todo en las sociedades más avanzadas.

La globalización ha creado muchas conexiones entre todas las partes del mundo, la integración económica, la comunicación mundial, pero no ha logrado crear “una casa común”. Por otro lado, la globalización ha sido incapaz de legislar los fundamentos de su poder, ni crear autoridades globales, la primera respuesta al virus ha venido de los estados nacionales, que se presentan como salvadores de la sociedad. Este sistema bipolar, continuará para hacer frente a la pandemia, ya que una actuación global sobre la misma, sería imposible sin la intervención de los Estados-nación, que son los únicos que tienen mecanismos coercitivos efectivos.

Otro de los fenómenos de estos meses de pandemia, es que se ha acentuado la globalización del miedo, que muchas veces puede ser un instrumento de los poderosos del mundo que guían y orientan para conseguir sus fines. Antes de la pandemia ya vivíamos en una incertidumbre constante, cuanto mayor era el bienestar material, más afloraba la sensación de inseguridad, adobado por la postverdad y la difusión, cada vez más, de noticias falsas. El miedo generalizado en numerosas personas puede comienzar a dominar todas las relaciones sociales, incidiendo a su vez sobre la conciencia y la conducta colectiva. Ahí se puede volver peligroso, ya que puede transformar nuestra manera de ver el mundo y de relacionarnos con los otros, ya que nos paraliza y nos deja en estado de vulnerabilidad. El miedo siempre es mal consejero, pero también, como comentaba G. Agamben, nos hace que aparezcan muchas cosas que uno pretende no ver.

Superada la crisis, la arquitectura económica y política globalizada deberá ser reformada, haciéndola más eficiente para poder desplegar un orden comercial que sea un instrumento esencial para la prosperidad, la estabilidad económica y la paz mundial. De forma individual, debemos sacar de la fuente de la vida, valor, fortaleza, alegría y sobre todo esperanza, para un nuevo comienzo. Sólo para quien ya no tiene esperanza ha sido dada la esperanza, dada no solo con palabras, sino con gestos elocuentes, acompañando a muchos, que la crisis los ha puesto al borde del abismo y de la desesperación.

Es necesario redescubrir lo esencial del bien común, en plena pandemia fue ese gesto de responsabilidad de todos, ha consistido hacerse cargo del peso del otro, para evitar que el virus circulara y se transmitiera sobre todo a los más vulnerables. Esa responsabilidad y esperanza, se debe tornar en solidaridad, concienciarnos de la injusticia global y despertarnos para escuchar el clamor de los más necesitados, no solo en la pandemia, sino dar pasos para una sociedad más justa. La solidaridad encierra en su significado, un elemento profundo e intangible: lo común. Es aquello que nos une y engrana, desde el respeto y la empatía, para sumar esfuerzos y actuar como un todo. Ahora, es el momento de actuar unidos, con solidaridad podemos superar todas las crisis que estamos viviendo. En el fondo de nosotros sabemos que esta crisis puede ser una oportunidad para impulsar ese cambio que todos esperamos. La esperanza puede vencer al miedo, un nuevo impulso de altruismo puede vencer al cierre egoísta, una activa solidaridad con los más necesitados puede vencer a la soledad (W. Kasper)