Miércoles, 30 de septiembre de 2020

Malos tiempos para la lírica

Profesor de Derecho Penal de la Usal

La crisis sanitaria, política, social, económica e incluso de los valores que sirvieron de base para la construcción de nuestro actual Estado Social y Democrático de Derecho, provocada por la pandemia de la COVID-19, está rasgando peligrosamente los jirones de nuestra convivencia. Salir de casa para tener contacto con la vida social donde observamos a las personas acudir al trabajo, a la compra, a tomar un helado, a comer en un restaurante o simplemente a pasear y disfrutar del escaso ocio –por las limitaciones de las distancias interpersonales y portar las horribles mascarillas, que el estado de necesidad exige para prevenir los contagios del Coronavirus- que nos ofrecen, con familiares y amigos, es un ejercicio muy poco gratificante porque se perciben, con absoluta nitidez, los gestos de tristeza y resignación de los viandantes y como siga esto así mucho tiempo y no haya una vacuna que sirva de antídoto para prevenir los contagios, temo que vamos a padecer todos un Trastorno Obsesivo Compulsivo de dimensiones estratosféricas, amén de descomunales procesos de ansiedad y depresión.

Y no es para menos, porque, además de los daños directos para la vida y la salud de miles de personas (muchos de ellos, por desgracia, no lo pueden ya contar porque fallecieron), la pandemia nos está robando literalmente un año de nuestras vidas: no tuvimos Semana Santa, ni ocio veraniego, ni reuniones numerosas y distendidas con familiares y amigos, ni fiestas populares, ni verbenas, ni celebraciones con amigos en peñas y locales rodeados de los sabrosos manjares gastronómicos y de los inmejorables caldos (tan ricos y variados como los hay en nuestras tierras hispanas). Por no poder, ni se puede abrazar con fuerza a parientes y amigos que se ven muy poco durante el año -por residir en distintas y alejadas localidades- sustituyendo los besos y abrazos por el frío golpe de codos, sin poder disfrutar, por otro lado, de la sonrisa emocionada de los tan ansiados encuentros por culpa de la horrorosa mascarilla que nos hace parecer al psicópata de ficción Hannibal Lecter. ¡Qué tristeza y qué desasosiego nos rodea!

A todo ello se ha unido una crisis política sin precedentes en nuestra reciente historia democrática que, no obstante, ya venía de antes de la pandemia provocada porque la derecha cavernaria nunca aceptó la victoria de la izquierda en las urnas en los procesos electorales habidos en 2019. Durante la pandemia, el único interés que han tenido sobre todo Casado, Abascal y sus acólitos mediáticos ha sido derribar al gobierno como sea. Los debates parlamentarios se han tornado broncos hasta límites jamás conocidos.  

Cierto es que el gobierno cometió numerosos errores, algunos de ellos graves, al abordar la problemática de la pandemia, pero la oposición nunca le puso las cosas fáciles, sino todo lo contrario, hasta el punto de exigir un confinamiento que posteriormente negaron, no apoyando las últimas prórrogas del Estado de Alarma. Se criticó duramente hasta el punto de denunciar la inconstitucionalidad de la medida y alentando a los ciudadanos a que se manifestaran para que se alzara el Estado de Alarma de forma inmediata (ahí tenemos las concentraciones de la calle Núñez de Balboa en Madrid, que se contagiaron a toda España).

No sólo Casado y Abascal, sino también otros líderes territoriales como Ayuso diciendo que el Estado de Alarma era la coartada y que “el mando único sólo sirve para imponer pero no para contribuir a que los ciudadanos recuperen su vida anterior al Covid”. Curiosamente, ahora, dos meses después de finalizar el confinamiento –precipitadamente todo hay que decirlo, aunque el gobierno se vio obligado a ello por la intolerable presión de esa derecha cavernaria- la propia Ayuso reclama a Pedro Sánchez que “tome el mando único ante la pandemia. Necesitamos una única estrategia”. Los bandazos que ha dado el gobierno regional de Madrid son síntoma de un nivel intolerable de incompetencia y mezquindad política de su presidenta. No se puede engañar, como trileros, cuando la presidenta de la comunidad de Madrid se comprometió a tener los suficientes rastreadores del virus en el momento de pasar a la primera fase de la desescalada dentro del último periodo del Estado de Alarma. Aún hoy no han conseguido el número adecuado de rastreadores para 6,6 millones de habitantes que viven en la tercera región más poblada de España.

Actualmente, los contagios en Madrid (como ha ocurrido también en otros muchos lugares) se han disparado, lo que provocará que no haya camas hospitalarias para todos los infectados que necesiten ingresos. Ya ocurrió durante el Estado de Alarma con muchas personas mayores ingresadas en residencias que, a pesar de la gravedad de los contagios, no los llevaban a los centros hospitalarios, dejándolos abandonados a su suerte. Lo dejó bien claro en sus manifestaciones el  consejero de políticas sociales (de Ciudadanos) al cuestionar el protocolo elaborado por el gobierno regional para seleccionar qué ancianos de residencias eran aptos para ser hospitalizados durante la pandemia. El protocolo, insisto, fue elaborado por el gobierno madrileño porque era una cuestión de su exclusiva competencia, no del gobierno central, como pretenden atribuirle quienes han querido “escurrir el bulto” y quitarse de encima unas competencias que llevan vigentes más de tres décadas.

Pero el esperpento que preside el gobierno de Ayuso no termina aquí, puesto que en estos días se ha conocido que su gobierno no tiene elaborado ningún plan estratégico fiable y serio para la reapertura de los colegios y la vuelta a las aulas de los escolares, algo que también es de su exclusiva competencia. Los sindicatos de profesores han anunciado una huelga para los primeros días del regreso a las aulas porque la inacción del gobierno regional es insoportable. Ayuso, que cuando finalizó el Estado de Alarma era vitoreada y aclamada en un video elaborado por el PP para homenajear a la presidenta como si de Agustina de Aragón se tratase, se está convirtiendo en “Antoñita la fantástica” por su más que acreditada incompetencia e inexperiencia en la gestión y sus infantiles ocurrencias.

Malos tiempos para la lírica, como dirían en su canción los componentes del grupo musical Golpes Bajos, a lo que apostillo “y buenos para la bronca política y social”, que es lo que interesa a los que quieren acceder al poder, no para gobernar, sino para “mandar y mangonear a su antojo” priorizando los intereses propios y los de su estirpe a los generales de la colectividad.