Miércoles, 28 de octubre de 2020

Tiempos de posverdad

Actúa de modo que los efectos de tus actos sean compatibles con la permanencia de la vida humana

H. Jonas

 

La verdadera forma de vincularnos con el otro es a través del diálogo genuino “yo-tu”, donde el yo sale de sí y se encuentra con el otro

M. Buber

Todos estamos sorprendidos, no por la teoría negacionista, repetida durante toda la pandemia, sino por la manifestación masiva e incontrolada de este fin de semana

En tiempos en que la verdad no importa, ni en los discursos, ni en política, ni en las redes, entra en juego la posverdad, donde el “todo vale” está campando a sus anchas, llevando a pensar que cualquier amasijo de opiniones y actitudes puede ser considerado ciencia. Se está desligando de cualquier discurso, la ética de la responsabilidad, donde la racionalidad instrumental, impulsada por cierto neoliberalismo, ha contaminado ámbitos del mundo de la vida donde no deberían estar.

Desde esa realidad, no se han ofrecido herramientas críticas a los ciudadanos, privándolos de criterios de verdad, siendo sustituidos por sofismas y fake news, dando rienda suelta a la demagogia en cualquier campo. Además, en el contexto de COVID-19 toda esta realidad se amplifica y se dispara, debido a los miedos y la incertidumbre. Más de 2.000 'fake news' y teorías de conspiración sobre la pandemia de COVID-19, se han detectado en las redes, según un estudio de la “American Journal of Tropical Medicine and Hygiene”, publicado a primeros del mes de agosto.

Todos estamos sorprendidos, no por la teoría negacionista, repetida durante toda la pandemia, sino por la manifestación masiva e incontrolada de este fin de semana, sin protección y con un riesgo grande para todos los ciudadanos. Negando la pandemia de manera muy alterada, gritando “no a las mascarillas”, “queremos libertad”, afirmando que masones y judíos están intentando dominar el mundo, que son las antenas de 5G las que están matando a los ancianos, y otras fake news, haciendo una apología de la ignorancia y la irresponsabilidad. Parecía tan surrealista, que pensé que era representación de una fake news de WhatsApp en vivo.

El negacionismo no es una corriente nueva, es ya antigua, recorre en estos momentos Europa y el mundo, desde los chalecos naranjas italianos, pasando por manifestaciones de la ultraderecha alemana a las proclamas apocalípticas dirigidas por un antiguo sacerdote de la Iglesia Ortodoxa rusa, por no citar a los presidentes de Estados Unidos y Brasil. Se manifiesta en estos momentos como movimiento anti-vacunas, contra la mascarilla y el confinamiento, negando el Covid-19, como la gran conspiración de los gobiernos y Bill Gates, desacreditando a la ciencia y la investigación, sin un sentido del ridículo.

Hemos hablado durante el confinamiento de justicia y de solidaridad, hoy queremos centrar nuestra reflexión en la responsabilidad, a la vista de este panorama. Hablar de la responsabilidad, es hablar de esas actitudes interiores que tenemos y vivimos y que nos llevan al compromiso. Quisiera tomar el concepto de la ética de la responsabilidad, introducido por el filósofo Max Weber en 1917, a partir de las reflexiones sobre Kant y Hegel y formuladas como una dualidad: la ética de la responsabilidad y la ética de las convicciones. No son, ni deben ser contradictorias, sino complementarias. La ética de la responsabilidad es la que manda, hay que resistir al mal con la fuerza, de lo contrario te haces responsable de su triunfo. La obtención de las consecuencias beneficiosas es lo que determina la bondad de una acción y éstas deberán ser previstas siempre por los autores de la mismas.

Sólo desde la síntesis de ambas, tiene sentido lanzarse a la Polis o a la rueda de la historia, pero también pueden cobrar sentido en el ámbito de la acción personal. Ya hemos comentado sobre la responsabilidad particular, que no solo es para buscar nuestro propio bien, sino el bien común. La responsabilidad moral es ante todo una autorresponsabilidad que nos afecta a nosotros mismos por lo que se refiere a acciones conscientes y libres, ante las personas que me rodean, ante el entorno natural, ante la sociedad, promoviendo la solidaridad.

Paul Ricoeur, nos apuntaba que se puede analizar la responsabilidad desde dos enfoques. Al modo tradicional, la responsabilidad consiste en poder designarse a uno mismo como el autor de los propios actos; o bien al modo más actual, a partir del vínculo muy especial que la responsabilidad tiene con lo frágil y lo vulnerable. Desde esta última posición la responsabilidad surge del compromiso del amor desinteresado, va más allá de la voluntad o la fuerza y se centra en el amor que conmueve y lleva al prójimo.

La responsabilidad consigo mismo, es indisociable con la que debe tener con los demás, comentaba Hans Jonas. Se trata de una solidaridad que lo conecta todo a todos los hombres y a la naturaleza que lo rodea. El principio de responsabilidad, muestra la vulnerabilidad que la acción humana suscita a partir del momento en que él se presenta ante la fragilidad natural de la vida. La responsabilidad en la ética es la articulación de dos realidades, una subjetiva y otra objetiva. Está forjada por la fusión entre el sujeto y la acción, a la vez que hay un aspecto de descubrimiento que se revela en la acción propiamente dicha y sus consecuencias.

La responsabilidad exige un compromiso, más que de acciones concretas de actuación, es un estilo profundo de vida, es un valor que se debe vivir en cada instante. E. Levinas, en su obra De otro modo de ser (1987), nos hablaba de la responsabilidad para el otro, que llega antes de que el otro pueda exigir nada, una responsabilidad ilimitada, que es una medida a priori, previa a cualquier compromiso. Es una responsabilidad que precede a mi iniciativa y que no depende de mi libertad. Soy responsable del otro sin haber pedido serlo y antes de todo compromiso libre por mi parte; ésta es la responsabilidad más fundamental y fundante, que precede a mi libertad de iniciativa y que me pide ser pura exposición al impacto del otro. Es la responsabilidad que instaura mi libertad, me constituye en mi singularidad de sujeto libre, libre para responder. Así, la exigencia ética no brota del interior del yo, sino del otro que me interpela y obliga.

No solo por mi bien o por mi libertad, sino en responsabilidad hacia el otro, debemos mantener las distancias, lavarnos las manos de forma continua, llevar mascarilla, estar bien informados y colaborar con el personal sanitario para reducir los efectos del COVID-19 al máximo. Es necesario verificar la información y combatir la viralización de las fake news, base para una ciudadanía bien informada y responsable, desmontando las falacias de la posverdad. Esperemos que se tomen medidas y que, entre todos, desplegando nuestra responsabilidad y paciencia, confiando en los investigadores, podamos salir cuanto antes de esta pesadilla que estamos viviendo.