Papeleo

         Acabado el curso, el Maestro abre el casillero y la avalancha de papeles nos sepulta en una ola de exámenes salpicados de rojo, fotocopias sobrantes, informes que nadie lee, parafernalia oficial para llenar la liturgia de los tiempos divididos en trimestres. Es la cosecha de finales de junio, la carpeta plena de papeles inútiles que, si no se arrojan lejos, mantienen en septiembre su inestable equilibrio en el casillero, esperando a saltarnos encima cuando regresamos a esa vuelta con olor a libro por estrenar, goma de borrar y cartera nueva.

         A partir del quince de agosto, el verano tiene un aroma de despedida. Refrescan los calores, las expectativas, las ansias de descanso, de arena que se guarda en los recovecos de los bolsillos. Ha pasado un verano extraño, sin color, sin calor a pesar del bochorno. La ciudad está quieta, vacía, aletargada, las gentes detenidas y no descansadas. Este verano ha tenido una sordina ciega, una entidad borrosa. Y su fin es así de extraño, arrastrado, triste… porque no hay pinturas de colores ni carteras recién estrenadas sino incertidumbre y mascarillas azules para recordarnos el olor del mar, la arena que no hemos pisado. Este ha sido un fin de curso sin olas de papel, sin alegría agotada, sin posibilidad de despedida. Este ha sido un verano de piscina de plástico, de resbaladizo miedo, de agua fría que no se siente sobre el calor que hemos olvidado. Un verano que no ha pasado, un verano donde nos hemos mirado con desconfianza mientras los cuerpos de alejan, se guardan, se evitan, se niegan… un verano que termina con los puntos suspensivos de la incertidumbre.

         Septiembre siempre está lleno de posibilidades. Lleno de reencuentros y buenos deseos. Septiembre es la uva plena, la dulce sensación de la chaqueta sobre los hombros, la deliciosa caricia del pantalón y el calcetín fino. Septiembre tiene una deliciosa cualidad suave de estreno. Es toda posibilidad este mes de inicios y reencuentros. Sin embargo, este año extraño parece oculto por la bruma de lo que no sabemos y sí sospechamos: el encierro de nuevo, la falta de seguridades, la sensación de estar a la intemperie, fuera de todo cuidado.

         Hay un miedo en sordina a medida que avanza este verano que no lo es. Una expectativa de incertidumbre, una oculta palpitación de pánico apenas entrevisto. Porque no sabemos qué hacer ni a quién recurrir. Porque la seguridad de las fechas, de los comienzos sempiternos, de la constante liturgia del calendario por una vez parece frágil e incierta. Y por eso nos dejamos llevar lejos de toda seguridad, sin protección posible. Esperamos sin ganas, deseamos sin querer nada, confiamos en quien parece no tener autoridad ni seguridad. Somos ahora mismo la burocracia del se verá, se intentará, se procurará… protocolos que son páginas de la posibilidad, burocracia de lo imposible. Números y letras sellados con el lacre de lo que todos tememos y no está escrito: no se sabe. Y firmamos con la triste seguridad de que la incertidumbre es nuestro único territorio. Rúbrica de lo que no será.

Charo Alonso

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.