Fiesta

Misa dedicada a la Virgen de Nuestra Señora de la Asunción en Cantalpino, pero con mascarillas, distancia de seguridad e higiene de manos al entrar en la iglesia

            Ahora que media España está celebrando sus fiestas patronales, totalmente descafeinadas por el insoportable coronavirus, bueno será que los que estamos en la última etapa de nuestra vida echemos la vista atrás para comparar nuestra forma de entender esas celebraciones con lo que hoy se entiende por fiesta.

            Habiendo nacido en un pueblo salmantino, donde las fiestas patronales giraban en torno a la celebración religiosa de la fiesta mayor, a toda una serie de espectáculos relacionados con el mundo del toro bravo y a las verbenas “amenazadas” por la banda municipal, debo reconocer que nada tienen que ver los festejos actuales con los de aquella época. Afortunadamente, el nivel de vida no es el mismo, como tampoco lo son los conocimientos de la gente por la obligada desinformación de entonces. En los años de la posguerra era muy frecuente encontrar jóvenes que no habían salido del pueblo hasta que eran llamados a filas. Por puro desconocimiento, las necesidades de diversión eran más elementales que ahora. Por la misma razón, ese desconocimiento servía para que aquella juventud estuviera convencida de que sus fiestas eran las mejores del entorno.

            Cuando comencé a tener nociones de literatura y supe que Hemingway había escrito la novela Fiesta, me faltó tiempo para leerla, pensando que podría comparar esa fiesta con la de mi pueblo. Con mi escasa capacidad crítica, no encontré mucho parecido entre las juergas de unos norteamericanos en Pamplona y lo que yo experimentaba en aquella época cuando llegaban los primeros días de agosto. Esperábamos esas fechas con verdadera ansiedad. Ahora, la facilidad para poder divertirse, dentro y fuera del lugar de residencia, ha hecho desaparecer esa impaciencia. Ya no es necesario pasarse todo un año para volver a divertirse.

            Factor fundamental de aquella época era el nivel de vida. Estaban muy recientes las consecuencias de nuestra guerra civil y los medios necesarios para organizar unos festejos adecuados eran más imprescindibles para otros menesteres. Ahora bien, el esfuerzo de todo un año esperando la fiesta como única válvula de escape a ese continuo sacrificio, unido a la arraigada costumbre de asociar fiesta y reses bravas, hacían muy difícil la idea de suprimir los festejos taurinos. Como anécdota, en 1931, primer año de la república, el alcalde de turno alegó como razón para suprimir las capeas que era un gasto superfluo habiendo otras necesidades. Se armó la de San Quintín. Los vecinos se negaron a hacer fiesta y asistir a los actos religiosos, le cantaron coplas alegóricas, arrancaron las cepas de una de sus viñas y cortaron las orejas a uno de sus pollinos. La cosa se puso tan seria que el alcalde organizó rápidamente las capeas para la semana siguiente. Ni que decir tiene que, terminada la guerra, ningún alcalde ha vuelto a intentarlo, hasta este año, que lo ha conseguido el Sr. Covid-19.

            Afortunadamente, la sociedad avanzó y las costumbres cambiaron. La mecanización de la agricultura ha hecho que las faenas de recolección no duren tanto tiempo. Las duras madrugadas, prolongadas durante dos largos meses, suponían tal desgaste físico que, llegados los días de fiesta, el cuerpo humano luchaba entre el deseo de divertirse y la necesidad de descansar. La dicotomía entre una u otra opción tenía su barrera en la edad. La gente madura satisfacía, a su manera, las dos necesidades. Los jóvenes, por el contrario, renunciaban al descanso reparador para no perderse la fiesta-- que no volverían a disfrutar hasta el próximo año. Hoy día, los agricultores recogen su cosecha en muy pocos días y, aunque otros quebraderos de cabeza siguen perturbando su día a día, el sacrificio y cansancio son muy diferentes. Los festejos populares ya no están tan focalizados como antes. La juventud dispone hoy de medios para asistir a diversiones a muchos kilómetros de su domicilio. Sin renunciar a su afición por los espectáculos taurinos, los jóvenes de los pueblos, mucho más viajados que antes, e integrados en el mundo de las redes sociales, buscan algo más. También la mujer ha recuperado un protagonismo del que carecía antaño y las celebraciones ya no son de un solo signo; las cuadrillas y la nueva moda de las peñas han dado un carácter especial a la diversión.

            Ha bastado la llegada del coronavirus para dar al traste con la fiesta. Por su especial forma de contagio, las aglomeraciones favorecen la rápida expansión; de ahí que se dicten normas para garantizar la llamada distancia de seguridad. Por la novedad de esta pandemia, y también porque en su primera oleada de contagios la juventud ha podido comprobar que en sus carnes el número de hospitalizaciones -y ,sobre todo, el de fallecimientos- era menor que entre los mayores, nunca acabó de tomárselo en serio.

            Que la diversión es necesaria, nadie lo pone en duda. Para jóvenes y para los no tan jóvenes. La principal diferencia estriba en que este último colectivo, por haber sido mucho más golpeado, aprendió muy pronto la lección y ha seguido a rajatabla las medidas recomendadas por la autoridad sanitaria. La juventud, a pesar de que parece haber un cierto reparo en decir la verdad, es la única responsable de los verdaderos atentados cometidos en fiestas, botellones, discotecas, acampadas o “quedadas” donde se incumplen sistemáticamente todas las normas de seguridad establecidas. Es cierto que no se puede generalizar, pero también lo es que ya no son minoría y que no todos son inconformes, rebeldes o populistas. Muchos de esos jóvenes están perfectamente formados, proceden de todas las capas sociales y ya no pueden alegar ignorancia. Con su conducta han conseguido invertir radicalmente la situación. Las pruebas realizadas demuestran el gran número de personas contagiadas y asintomáticas, y, entre ellas, un gran porcentaje de jóvenes. Es lógico, pues, que haya aumentado el número de contagios en toda la escala de edades, incluyendo niños y, otra vez, entre los sufridos mayores. Hemos asistido a un continuo deterioro de la situación, mientras unos y otros se pasan la patata caliente. Una vez más, y ya son demasiadas, el gobierno ha mirado para otro lado, el lado de la mentira y la propaganda.

            ¿Podemos extrañarnos ahora de que España sea el país con mayor número de contagiados? Si a todo lo anterior, siendo ya muy grave, unimos la inacción del gobierno, nos encontraremos el desastre que se nos avecina. Hemos tenido que llegar a los 100 fallecimientos y 3000 contagios diarios, y que el colectivo de sanitarios dijera ¡Basta!, para que el ministro Illa regrese de su sopor. Consecuencia directa: por no haber tomado antes medidas claras e iguales para todos, se ha dado otro paso para rematar al sector de bares y locales de ocio nocturno, que ya estaba tambaleándose. El origen de esta situación, reconozcámoslo, está en la conducta de esos chicos y chicas que no han querido pensar en las consecuencias de su irresponsabilidad. Cuando lleguen a casa, todos tienen hermanos, padres y abuelos que, a pesar de ser fieles cumplidores de las limitaciones que se han marcado, pueden resultar contagiados, o tener la desgracia de ver adelantada su muerte. Podremos culpar al gobierno de falsificar las cifras para huir de pésimas clasificaciones, pero que nadie se escandalice si se afirma que muchas de las personas que fallecen por este virus han sido contagiadas por alguno de sus familiares.

            Esperemos que, aunque tarde, todo sirva para que la responsabilidad y la sensatez de quienes han estado jugando con fuego hagan ver a unos y otros que lo que está en juego es la vida de inocentes y el porvenir de todos. En pueblos y en ciudades, fiesta sí, pero con cabeza y con corazón.