Ser valientes

“Un día / habrá algo diferente al día / algo más sincero...” BORIS VIAN, No quisiera morir

Mientras desaprendemos los últimos brochazos de humanidad que hasta ayer nomás nos mentíamos, y la inmortalidad de que presumíamos hace aguas y se hunde definitivamente la insolencia que vestíamos ante cuanto nos rodeaba, nos alimentaba y nos abrigaba, el mundo ha caído en manos de tahúres, ladrones y trileros que aprovechan el estupor de nuestra ignorancia para re-repartirse un mundo en caída libre.

El último acuerdo de los Emiratos Árabes con Israel para rematar definitivamente el genocidio de un pueblo entero y expulsar de su tierra a los herederos milenarios de Palestina, es la última prueba de la impunidad que en el mundo siembra el poder económico. Con el silencio cómplice, cuando no la anuencia de la mayor parte de los estados del mundo, Estados Unidos sigue ocupando el tablero de la Tierra, propiciando acuerdos como el señalado u otros (bloqueos, aranceles de usura, muros, estrangulamiento y robo de economías enteras) que hasta el primer martes después del primer lunes de noviembre coloquen los peones de la insolidaridad en las satisfechas barrigas de nosotros, los dormidos.

Coaliciones militares, como la OTAN, sirviendo solo a las plusvalías de la siderurgia capitalista, al tiempo que diezman presupuestos de países pobres, azuzan conflictos locales para consumir armamento y material de sus insaciables factorías, sin que voz alguna con influencia (¿existen?) denuncie o grite la incongruencia de un mundo muriéndose al tiempo que se arma hasta los dientes para matar. Donald Trump, un personaje más peligroso que algunos que durznte siglo la historia ha condenado universalmente, campa por sus respetos en una comunidad internacional sumisa, servil, adocenada y, ahora, además, enferma, miedosa, temblona y, sobre todo cobarde. Países cuyos dirigentes han falsificado , manoseado y ajustado a sus intereses el concepto “democracia”, sumen a sus pueblos en el temor ancestral de la religión, el oscurantismo y el temblor de tradiciones castradoras de la libertad. Dioses al servicio de la injusticia, tótems que asustan, consagraciones del mal... Mujeres y hombres desfilamos ahora enmascarados por calles, bosques y acantilados con la sola esperanza de una vida barata, sin fechas ni futuro, sospechosos y desconfiados, huidizos y sin refugio, sobrevalorando un anteayer más barato todavía pero donde podíamos mentirnos la sonrisa, el beso y tal vez la risa. Ahora, la antigua carcajada del diablo aquél que inventamos, resuena real, cercana, verdadera...

Es probable que el mundo que estamos asesinando desde hace tiempo acabe asesinándonos. Será más, mucho más que un virus vencible y más que nuestro propio miedo: será la indiferencia ante lo que David Viñas llamaba “los hombres de a caballo”, gente como Trump, Netanyahu, Duda, Putin o Lukashenko, serán quienes hundan los restos de lo que fuimos en la espesa papilla del silencio si antes, con mucha más fuerza que contra una pandemia y más que contra la misma pobreza, no somos capaces de luchar de frente contra la tiranía, la desigualdad, la injusticia y el miedo. Ser, antes de morir, valientes.