Sábado, 19 de septiembre de 2020

El peso que pesa: la Plaza de San Cristobal y Valeriano Hernández

José Amador Martín y Charo Alonso nos invitan a descubrir una bella y oculta estatua de Salamanca, obra de un artista humilde y brillante
Detalle de la estatua de San Cristóbal, ubicada en la plaza del mismo nombre. Foto de José Amador Martín

         Los pasos del fotógrafo José Amador Martín nunca son perdidos, recorren la ciudad descubriendo el rincón oculto a nuestras miradas distraídas, reparando en lo que apenas percibimos ahítos de prisa, la vista en los desniveles del terreno de la recoleta, de la oculta Plaza de San Cristobal.

         Cuenta la leyenda que un gigante fuerte e inmenso quiso servir al señor más poderoso del mundo. Cuando vio que el rey se inclinaba ante el diablo, lo tomó como amo, pero en el momento en que supo que este temía a la cruz, buscó a Cristo sin hallarlo. Triste, acabó en la choza de un ermitaño junto al río, quien le dijo que con su fuerza, su misión debía ser la de ayudar a pasar las aguas a los que lo necesitasen. El gigante se conformó con su suerte y una noche oyó a un niño que le pedía ayuda para cruzar, se lo subió a los hombros y a medida que caminaba, se sorprendió de su peso infinito. Una vez en tierra el niño le dijo que era Cristo y que cargaba con el peso del mundo.

         Valeriano Hernández ha sabido reflejar, con su estilo realista y su profunda espiritualidad, la sorpresa del gigante inclinado por el peso inmenso de un niño pequeño que sostiene la bola del mundo en sus manos. El gigante lleva su túnica de harapos, bronce capaz de imitar la burda tela del ermitaño vencido por el peso de un niño flaco de extraordinaria viveza. Se trata de una estatua única, vaciada en bronce, que ilustra la leyenda y orna la hermosa plaza junto con su iglesia románica y su particular orografía.

         ¿Qué tiene esta tierra dura para dar labradores entregados, artistas empecinados? Hasta los veinte años, el muchacho de Calzada de Don Diego se inclinó sobre el surco hasta que marchó a la Escuela de San Eloy que sería el primero de sus muchos espacios de estudio. Porque Valeriano Hernández, artista y docente, nunca ha dejado de aprender, inclinándose en la cantera del mármol de Carrara para descubrir los secretos de sus exquisitas vetas. La materia le habla al escultor con la magia de su naturaleza, y el artista la talla con la pericia de su técnica y la emoción de su arte. Valeriano Hernández, siempre clásico en sus propuestas, enamorado de Miguel Ángel y Rodin, es el escultor entregado que cree en el monumento público y entrega a la calle el fruto de su arte. Obra al alcance de todos que, sin embargo, también está a la intemperie de los elementos, de ahí que el fotógrafo de mirada sosegada, en sus paseos con rumbo, descubra la estatua cubierta de inmundicia, soporte para los pájaros que no distinguen entre el arte y el soporte.

         Una mirada atenta que también puede ser aviso, y entonces se produce el milagro a través de las redes sociales que nos acercan y nos estrechan en el abrazo. Nuestra teniente alcalde, Ana Suárez Otero recibe el mensaje y avisa con esa rapidez y resolución que caracterizan su gestión para que ese servicio de limpieza saturado de trabajo, se acerque al gigante vencido por el peso, inclinado sobre el cayado. Es ese milagro del empeño que hace que la cabeza del santo, el cuerpecito flaco del niño que tanto pesa, se laven con el agua que debería ser lluvia. Las estatuas están expuestas a todos los vientos…

         Qué bella y oculta es esta estatua de un artista humilde, como son los escultores castellano-leoneses, estos artistas salidos del campo, dueños de la gubia y el dintel de la vocación temprana, de la paciencia, del trabajo constante por ganarse la vida y la dedicación a su arte. Qué hermosa es su visión de este santo vencido por el peso de un niño que parece vivo de tan expresivo, hablándole con todo el cuerpo a la cabeza atenta, a la cabeza anciana del gigante de la leyenda, del “portador de Cristo”, el patrón de los viajes y los trayectos. Qué secreta historia tiene este rincón recoleto, donde no se oyen los pasos ni el rumor de los coches y donde el fotógrafo no sabe si inclinarse ante la iglesia románica dorada al sol, ante la antigua escalinata que sube a los berrocales que sirven de basa al templo o ante los restos de la Misericordia desgastados por el tiempo y la desidia. A veces la mirada del fotógrafo, en esta ciudad de innumerables rincones, tiene que centrar su foco, elegir su encuadre, enfocar el primer plano de un solo detalle. Y en esta ocasión, el talante humilde, el talante espiritual, el talante de José Amador Martín se inclina ante este santo de impecable, clásica factura de Valeriano Hernández. Y lo hace para reivindicar la defensa del artista por la escultura pública, por la entrega a todos de un arte que sirve para habitar las calles, para acompañar los pasos de una ciudad que ha de ser protegida  por sus gestores en toda su belleza. Y se obra el milagro, el gigante atiende amoroso, sorprendido, la prédica del niño. En ellos está la sabiduría y el peso infinito de su valor. El valor de la belleza viva.

José Amador Martín, Charo Alonso.