Miércoles, 30 de septiembre de 2020

La columna que sustenta la edad de hierro. 

El hierro se hizo ligero como una pluma y levantó estructuras airosas, plenas de luz, transparentes de progreso… 

A la Salamanca de principios del siglo XIX le faltaba el inicio de la modernidad cuando nació en la Plaza del Corrillo el hijo del hojalatero. Era Anselmo Patricio Pérez Moneo un comerciante e industrial tan despierto que probó con todos las artes de la industria en aquella Salamanca pétrea sustentada en el campo y la lentitud de sus andares. Las prisas no eran buenas ni para traer a la ciudad el agua del Tormes, ni para dedicarse a los molinos harineros ni para buscar prebendas en el Ayuntamiento, pero a Moneo, como a Maculet, como a Carlos Luna que sustituyó el gas por el alumbrado eléctrico de una ciudad a dos velas, el deseo de ir más allá les llevó a tender vías, a batir el hierro, a despertar el letargo secular de una ciudad provinciana dormida en los surcos… y Miguel de Lis y los Huebra viajaron al Paris de todas las modernidades, y Moneo se instaló en la cuesta de San Francisco a poner su taller de fundición decidido a levantar las nuevas columnas de la ciudad letrada.

Tuvo a favor el hijo del hojalatero el talento modernista de un arquitecto jerezano que había ayudado a levantar el sueño de cristal del Palacio del Retiro, un genio de la curva y la matemática capaz de levantar los sueños de los curtidores con ínfulas de parisinos como Miguel de Lis, y los proyectos de un ayuntamiento despierto que asistía a la llegada del tren y de su insaciable sed de hierro. Joaquín de Vargas llega de la capital con el ventalle de los aires nuevos y abre el abanico de todas los arcos: El puente de la Salud, la Plaza de Toros de la Glorieta, el Mercado Central, La Casa Lis… el hierro era el material de la modernidad que se batía y se bordaba en los talleres de Moneo para sustentar el esqueleto de los industriosos tiempos de una ciudad ornamentada de templetes, farolas, columnas de metal, exquisitos enrejados…

El hierro se hizo ligero como una pluma y levantó estructuras airosas, plenas de luz, transparentes de progreso… y alrededor del mercado, de los viejos corros donde el campo se ofrecía a la ciudad, la Salamanca comercial floreció en forma de negocios sustentados por las exquisitas, las frágiles columnas de la fábrica de los Moneo. Gláciles, firmes, con vocación de bailarinas, los pilares de hierro sostenían las vigas de las primeras tiendas… y lo hacían con sus exquisitos fustes abrazados por ese adorno que, en ocasiones, remedaba la delicadeza de la tela. Palmera de pie, de basa firmada por los Moneo, capitel dórico, jónico y corintio para lucir airosa en la Salamanca nueva que cambiaba la piedra, el sillar, la columna de granito o piedra de Villamayor por el hierro de la modernidad.

Las columnas del Villarrosa, a cuya sombra se juntaban los tratantes de ganado a sellar sus comercios los lunes, salen del mismo horno con el que se trazan las ligeras, recortadas piezas de miradores y balcones. Es el triunfo de la novedad, el encaje del cristal que se hace geometría de la curva. Vulcano vivía en la Cuesta de Moneo para seguir herrando las pezuñas de la ciudad dormida mientras el tren llegaba y se iba de transbordo a Medina o de paseo a Lisboa mientras crecen las farolas en las calles del centro de la ciudad comercial, la ciudad súbitamente despierta al abrigo de los soportales. Rendidas, las columnas de piedra –románicas, góticas, barrocas, salomónicas, neoclásicas- retrocedían frente al empuje de la modernidad. Eran los tiempos de las Exposiciones Universales, la Torre Eiffel, las vías de los trenes, las casas de los nuevos burgueses… Los tiempos de una actividad al rojo vivo para mantener dúctil la materia con la que curvar la belleza, cruzar los ríos, sustentar las vigas… Sobre el yunque de los tiempos, se golpea una y otra vez, se vacía la colada dentro del molde… y la columna, ligera como una bailarina apenas velada por los tules de su danza, baila sosteniendo aún un tiempo fijado en el devenir de nuestra ciudad alzada. Es el detalle exquisito que solo el ojo del poeta de la cámara descubre en la proximidad inmensa de la Plaza salmantina. Una columna enhiesta como decimonónica bailarina. Es el triunfo del progreso, el hierro de los Moneo para alzar de nuevo el vuelo de la modernidad, sólido verso.

Amador Martín, Charo Alonso