Sábado, 28 de noviembre de 2020

De la estupidez humana

Más de 3.000 estudiantes se presentaron a la Evaluación del Bachillerato para el Acceso a la Universidad (EBAU) en la convocatoria ordinaria de la Universidad de Salamanca, la nota media fue un 6,63. Las notas más altas se dieron en las asignaturas de idiomas (Griego, Alemán, Francés e Inglés) también fueron elevadas las de Matemáticas. El examen de Historia de España lo realizaron 3.119 estudiantes, la nota media obtenida fue la más baja de las medias de las 28 asignaturas (5,92) sólo por encima de la de Geología (5,25).

Tal vez esta realidad explique algunas situaciones que se producen con alumnos de la ESO:

  • ¿Quién fue Hernán Cortés? Un cantante mejicano.
  • ¿Por qué es conocido el General Serrano? Porque tiene una calle en Madrid.

Y así podríamos seguir con Vasco de Gama, Núñez de Balboa, Diego de Almagro o, en nuestra Historia más reciente podíamos preguntar por Cánovas, Martínez Campos, Sagasta, Prim, Emilio Castelar, Primo de Rivera o Santiago Carrillo.

¿No interesa la Historia? ¿No son atractivos los textos? ¿No se explica bien? O será que a los jóvenes sus contenidos les huelen a rancio, antiguo, superado, y sin ningún tipo de utilidad práctica para sus vidas marcadas por las tecnologías. Desconozco la razón pero cualquiera que pudiera ser esta resulta muy preocupante. Y no por esa, manoseada aunque acertada frase que se atribuye al jurista, político, filósofo y durante muchos años senador romano, Cicerón, en la que afirma que El pueblo que desconoce su historia está condenado a repetirla, sino porque La historia universal es el progreso de la conciencia de la libertad, como dejo escrito el filósofo alemán Friedrich Hegel. Y es que la juventud, en general toda la sociedad, si algo desea, por lo menos así lo manifiesta, es libertad y está resulta imposible sin saber de dónde venimos, dónde estamos y hacia dónde queremos ir. ¿Cómo interiorizar la importancia de derechos tan básicos como el de votar a nuestros representantes, el de culto religioso, de huelga, de libre opinión y tantos otros; sin conocer el esfuerzo que ha supuesto a lo largo de la Historia obtenerlo ya que aunque muchos no lo crean no nacimos con ellos?

¿Qué camino debo tomar para salir de aquí?, preguntaba Alicia al Gato Cheshire en la obra de Lewis Carroll. A lo que este responde: Eso depende mucho de adónde quieres ir. Poco me preocupa dónde ir. Contesta la niña. Y Cheshire le dice: Entonces, poco importa el camino que tomes[1]. Para elegir un camino es importante saber dónde estamos tanto como dónde queremos ir.

Conocer nuestro pasado nos ayuda a entender nuestro presente porque si no sabemos ciertas cosas únicamente lo soportaremos, pero no seremos capaces de comprender lo que está sucediendo, no participaremos de él, nos limitaremos a ser meros espectadores, vulnerables y fácilmente manipulables por lo que vemos, leemos o escuchamos. ¿Cómo podremos diferenciar los discursos de un anarquista, un socialista, un centrista o un a ultraderechista, sino sabemos de dónde vienen sus ideas, como han evolucionado y porque? Ser un analfabeto histórico es un enorme lastre para vivir en una sociedad tan compleja como la actual, en la que se actúa más en base a las emociones que a la razón. En algún lugar leí que si tú no usas tu cabeza, alguien la usará por ti.

Desconocer la Historia, nos limita la comprensión, por ejemplo, de ciertas películas y libros. ¡Cuántas cosas nos perderemos al ver a Brad Pitt en Troya, sin tener unos mínimos conocimientos sobre quién era Aquiles, porque los griego se enfrentaron unidos a los troyanos, cuál fue la razón de dejar a las puertas de la ciudad un caballo y no un perro o un león! No reconoceremos las manipulaciones que se ocultan tras los discursos de ciertos políticos o personajes que buscan el protagonismo fácil hablándonos de la patria, las banderas, los escudos, los territorios o los himnos. ¿De dónde vienen todos estos símbolos que distingue a un país? Porque no nos han sido dados por Dios, son fruto de la evolución de las sociedades y han sufrido muchos y profundos transformaciones. Conocer la Historia nos ayuda a entender, aunque no compartamos muchas cosas.

¿Cuáles fueron las razones de la II Guerra Mundial, de la Guerra de los Balcanes, del atentado contra las Torres gemelas o la invasión de Irak? ¿Por qué Quebec, Escocia o Cataluña quieren la independencia? ¿Qué razones se esconden detrás del racismo, la xenofobia o la discriminación que sufren ciertos colectivos desde hace siglos? ¿A qué se refería Pablo Iglesia cuando en sesión parlamentaria (corría el mes de marzo de 2016) acusó al expresidente del Gobierno del Partido Socialista Felipe González de tener un pasado manchado de cal viva?

Desconocer la Historia hace imposible desarrollar un espíritu crítico, tener una oponión propia, nos hace, con perdón, estúpidos[2]. Como bien escribe el novelista húngaro Paul Tabori: ¿Cuán a menudo hallamos personas incapaces de juzgar con independencia, de tomar sus propias decisiones, con prescindencia de lo que otros hagan? Si tienen alguna iniciativa, si conciben un pensamiento original, sienten que no pueden estar en lo cierto. Pero apenas oyen o comprueban que otros dicen o hacen lo que ellos habían pensado, se sorprenden o amargan, porque hubieran podido decir o hacer lo mismo. La estupidez es el resorte tanto de las actitudes antisociales como de los casos extremos de conformismo, la estupidez engendra tanto a los anarquistas como a las masas gregarias de los países totalitarios.

Tal vez en algo parecido a esto estuviera pensando Albert Einstein cuando dijo que Hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana, y del universo no estoy seguro.
 

[1] Alicia en el País de la Maravillas.

[2] Estupidez: Torpeza notable en comprender las cosas.