Miércoles, 28 de octubre de 2020

El Padre Lagrange

Dios ha dado en la Biblia un trabajo sin fin a la inteligencia humana y, nótelo bien, ha abierto un campo infinito de progreso de la verdad.

P. Lagrange

Me atrevería a decir que la Sagrada Escritura es santa al igual que los sacramentos

P. Lagrange

Cada primera semana de agosto, recordamos en estas páginas a Santo Domingo de Guzmán, predicador de la Buena Noticia en un mundo complicado, allá en los inicios del siglo XIII. Un 6 de agosto en el convento de Bolonia, presiente su final, se dirige a la comunidad de dominicos y les habla del amor a las almas, de la humildad, de la pureza, de lo esencial para que la predicación sea fructífera, pero sintiéndose uno más entre todos los hermanos, les comenta: “Empezad”, en ese día murió. No había cumplido 50 años. Desde el año 1969, su fiesta se celebra el 8 de agosto.

Esos primeros seguidores de Domingo comenzaron un camino nuevo, siguiendo las huellas y el carisma de Domingo. Donde la amistad y la fraternidad, el estudio y la caridad, la búsqueda de la verdad al servicio del amor de Dios, forman parte de ese carisma, siempre desde la unidad en la diversidad. Como todo lo humano ha tenido sus logros y sus sombras, pero también muchas luces, con grandes hombres y mujeres al servicio de la predicación: Jordán de Sajonia, Catalina de Siena, Raimundo de Capua, Santo Tomás de Aquino, Alberto Magno, Rosa de Lima, Martín de Porres, Fray Angelico, Inés de Montepulciano, Bartolomé de las Casas, Fray Luis de Granada, Francisco de Vitoria, Giorgio La Pira, Fray Dominique Pire o Padre Lagrange.

Con el Decreto de Mendizábal de 1835, se suprimen los monasterios y conventos, entre ellos el de San Esteban. Se utilizarán sus instalaciones para cuartel y enfermería y más tarde, en 1861, ante el abandono del convento, se convierte en Museo Provincial de Salamanca. Sin frailes en la ciudad, en 1880, se autorizará a los dominicos franceses de Toulouse, expulsados por las autoridades galas, a ocupar el convento en ruinas. A ellos se unieron cuatro frailes dominicos exclaustrados españoles. De esos frailes procedentes de Francia, quisiéramos destacar al joven abogado, Marie- Joseph Lagrange, entonces un novicio que llega a una ciudad pequeña y en decadencia.

Este joven novicio, realizará en el futuro grandes obras al servicio de la Iglesia, será el fundador L´Ecole Biblique de Jerusalem (1890), de la Revue Biblique (1892), de la famosa colección exegética Études Bibliques (1903). Eran tiempos difíciles donde empezaba, con el impulso de León XIII, una nueva forma de estudiar la Biblia y su interpretación con los adelantos de la ciencia. Comentará el P. Lagrange, que la Biblia solo se puede entender bien en su propia tierra. Su vida es admirable, no solo para sus contemporáneos, sino para muchos intelectuales y creyentes actuales. El propio Xabier Zubiri, le dedicó unas preciosas palabras en un artículo inicialmente publicado en francés en 1938, titulado “En memoria de Marie- Joseph Lagrange, Doctor de la tradición Bíblica”.

Nació en Bourg-en-Bresse (Francia), el 7 de marzo de 1855, donde su padre ejercía de notario. Realizará sus estudios en el seminario menor de Autun y, más adelante, se doctorará en derecho por la Universidad de París, posiblemente por la influencia de su padre. Su experiencia en París le proporcionará un enriquecimiento incomparable en la experiencia de mundo, formación intelectual e incluso, comentan sus biógrafos, en conversión religiosa.

Desde el seminario de Autum, había soñado con el ideal dominicano y seguir los pasos de Santo Domingo, quedando seducido por la imagen del Santo plasmada por Fray Angélico en la Coronación de la Virgen. En 1878, irá en peregrinación a Ars a confiar su vocación dominicana a San Juan María Vianney, Santo cura de Ars. Entrará en el noviciado de los frailes predicadores de Saint Maximin, provincia de Toulouse, donde Fray Jacinto-María Cormier (hoy Beato), le revistió el hábito blanco de la orden, el 6 de octubre de 1879.

El 30 de octubre de ese mismo año, los frailes de Saint-Maximin, manu militari, serán expulsados del convento y de Francia, viniendo expatriados a Salamanca. Será en el convento de San Esteban donde los estudiantes de Saint-Maximin, encuentren refugio y serenidad, entre ellos, el joven Marie Joseph Lagrange, a pesar que el convento estaba casi en ruinas. La proximidad de Santa Teresa, venerada en Alba de Tormes, donde los frailes irán en peregrinación varias veces, marcará al joven Marie Joseph, aumentando su devoción por la intrépida y noble santa. El 17 de diciembre, junto con otros dos frailes, recibió en Ávila, las cuatro órdenes menores, visitando y orando en los lugares teresianos.

Su ordenación sacerdotal, por diferentes circunstancias, la recibió en Zamora el 22 de diciembre y al día siguiente, celebrará su primera misa en la capilla del Rosario en San Esteban, será el año 1883. Los años posteriores a su llegada, tendrá que completar su formación en teología, bajo la instrucción de Étienne Gallais y Gil Villanova. Este último, será el fundador de la Academia de Santo Tomás en la ciudad de Salamanca, cuyas conferencias públicas de teología despiertan el entusiasmo de la intelectualidad de la ciudad.

En 1881, sus superiores le destinarán al estudio del hebreo en la Universidad de Salamanca, para prepararse como profesor de Sagrada Escritura en el convento. Además, en los años 1884-1886, estará encargado de enseñar Historia Eclesiástica. Dos años después, ya en Toulouse, cuando regresan del exilio los estudiantes dominicos, se le confía impartir filosofía y Biblia. Sus grandes cualidades como biblista, hace que sus superiores lo envían a estudiar lenguas orientales a París, donde trabajará con el P. Vicent Scheil, dedicado a los mismos estudios. Pero los dominicos de París no pueden recibirle, con lo que el Maestro de la Orden, da permiso para inscribirle en la Universidad de Viena. En esta Universidad adquiere las bases filológicas de las lenguas orientales antiguas, iniciándose en los métodos científicos.

El 5 de febrero de 1889, es destinado al convento de Saint Étienen de Jerusalén para fundar allí una Escuela de Sagrada Escritura. A partir de ese momento, su vida será una profunda lucha, no sin dificultades, por la libertad en la exégesis y la teología, con un gran espíritu crítico y con un profundo poso racionalista. Su gran aportación sobre el estudio de la Biblia y su inspiración, supuso un impulso decisivo para una nueva comprensión de los Libros Sagrados, recogiéndose sus frutos en el Concilio Vaticano II.

Fallece el 10 de marzo de 1938 en el convento de Saint-Maximin en Francia, donde realizó su noviciado como dominico, antes de venir a Salamanca. Sus restos fueron trasladados a Jerusalén, a la Basílica de su convento de San Esteban en noviembre de 1967. Sus últimas palabras en su agonía según los que le asistieron fueron: “¡Jerusalén… Jerusalén!”