Sábado, 15 de agosto de 2020

¿Dónde estará mi bici?

Pensábamos que aquello que cantaba, insistentemente, Manolo Escobar buscando su carro con ahínco, era una exageración. Nada tiene que ver. Se queda corto en comparación con los tiempos que corren. Empezaremos por el principio.

Resulta que el chico estaba reventado a producir durante las catorce horas diarias por el mismo sueldo que la empresa “le invitaba” a teletrabajar como consecuencia del confinamiento (fines de semana incluidos, todo hay que decirlo, porque las grandes empresas lo han pasado muy mal, muy mal, pero muy mal y amenazaban con coger la tijera, incluso algunas directamente la cogían, sin amenazar ni nada, a la chita callando).

Resulta, también, que llegaba por fin su periodo vacacional, y decidió que ya era hora de disfrutar de su tiempo libre. Dado que el confinamiento se había acabado pero el virus seguía en la calle, lo mejor para evadirse era irse, mascarilla en ristre, a hacerse unos circuitos en bici. Todo eso, claro está, entre correo y correo que le enviaban del trabajo para que no se le olvidara que, incluso en vacaciones, debía seguir produciendo para que la empresa no dejara de ganar lo que ganaba todos los años más el incremento correspondiente.

Como su bici de siempre ya había dado muchos signos de vejez, pensó en algo muy sencillo: conectarse a través de Internet para ver modelos, prestaciones, precios de una nueva…

Cuando había elegido incluso los accesorios según sus necesidades, envió su pedido con la ilusión de recibirla en 24 horas en su domicilio como le confirmaron a través de un correo, y así aprovechar su tiempo libre desde el primer día. ¡Necesitaba hacer deporte y moverse después de tanta inactividad!

Y así, aquella mañana abrió los ojos de par en par, metiendo su cabeza en su armario ropero buscando la equipación que llevaba todos aquellos meses guardada, aburrida ya de tanta espera.

Pero lo que llegó no fue su ansiada bici, sino, junto a otros muchos del trabajo, un mensaje avisando de que su pedido llegaría en unas 72 horas.

Acostumbrado a leer entre líneas (la experiencia es un grado) supo, indefectiblemente, que su bici estaría, seguramente, viajando por algún lugar, pero lejano, mientras su dinero había volado, telemáticamente, a pagar muy de antemano su pedido y obraría ya en poder de la compañía… llamémosla “telebici”.

Algo extraño, pero ya imaginado, ocurrió: a las 72 horas, y en el horario previsto, no sucedió nada. Sin un teléfono de contacto, y sin noticias previas, se encontró de pronto en un desierto de información, sin poder saber nada ni reclamar sobre el recorrido que haría su bicicleta, en el espacio sideral, hasta llegar hasta él. Se preguntaba ¿dónde estará mi bici? ¿Cómo ponerme en contacto?

En las horas siguientes, un nuevo correo se abalanzó sobre él. Pedían una solución al usuario al haberse producido “una incidencia” que impedía realizar el envío.

Tras pasar otra mañana indagando, descubrió que la empresa que tenía que enviarle la bicicleta no había copiado la dirección completa al cortar y pegar para mandarla a la distribuidora. Con alegría por haber dado por fin con el error cometido por otros, reenvió el código postal y los datos que habían omitido, y al poco tiempo, le llegó otro correo diciendo que el pedido se entregaría entre las cinco y las seis de la tarde pasadas 48 horas.

En ese día fijado, esperando a la puerta, en ese intervalo de tiempo tampoco pasaba nada, y empezaba a volver a ver su bicicleta volando, con unas enormes alas, perdiéndose entre un mar de nubes.

Media hora después de las seis, vio aparcar una furgoneta blanca sin rotular. Acto seguido recibió una llamada. Le informaban de que llegaba un paquete a su nombre. Tan contento por fin, mientras colgaba el teléfono, se le acercó un señor y, cuál sería su sorpresa, le alargó un paquete de treinta por treinta por treinta centímetros que, no había que ser un mago para adivinar que no era su bici. El señor le explicó que en el albarán se reflejaban dos bultos, pero de hecho sólo traía ese, y que no se preocupara porque al día siguiente seguro que llegaría el otro. Entrando de nuevo en casa, con aquella pequeña caja de cartón en la mano, y cara de perplejidad, veía su bici incluso con motor saliendo a toda marcha de la galaxia. Cuando la abrió, tan solo encontró los accesorios.

Al día siguiente el señor de la furgoneta no dio señales de vida, así que el chico hizo varias llamadas por la tarde, y por fin, cuando le respondió, le contó que la otra parte del pedido que faltaba le llegaría, a buen seguro, al otro día.

Y ahí está, teletrabajando delante de la pantalla del ordenador, a capricho de su empresa, preguntándose ¿dónde estará mi bici?, y esperando a que llegue antes de terminar sus ¿vacaciones?