Sábado, 15 de agosto de 2020

Con 796,41 euros no se paga una conciencia tranquila

 

No lo entendí desde el primer momento en que anunciaron la medida: ¿una gratificación por hacer nuestro trabajo? Es cierto que cambiaban algunas condiciones, que se trataba de una situación nueva para todos y que entrañaba riesgos. Pero las condiciones llevan cambiando muchos años, tantos como los que han pasado desde que, cuando un médico se ausenta, por un permiso reglamentario (es decir, una ausencia conocida y previsible en la mayoría de los casos), su trabajo recae en otro médico del mismo centro de salud. Sin más. Sin sustituto. Sin restar su propia tarea al médico que asume la de dos... o más. La situación era novedosa, sí, como lo es con cada paciente que entra por la puerta del consultorio: peligroso es asumir el acto médico como rutinario. En cuanto a los riesgos, van con la profesión: cada diagnóstico, cada prescripción, cada maniobra exploratoria o terapéutica, se pueden complicar o desencadenar consecuencias graves. Nos va en el sueldo, mucho más bajo que el de nuestros colegas europeos, aunque jamás he demandado un aumento de mi salario sino, cuando era médico de área (y quizá  volveré a serlo), no ser agraviado comparativamente. El dinero pierde, nunca salva, y esta vez tampoco iba a ser una excepción. Por ello, no lo entendí cuando nos lo dijeron, y sigo sin entenderlo ahora que me han ingresado con la última nómina setecientos noventa y seis euros con cuarenta y un céntimos en concepto “gratificación por servicios extraordinarios Covid”.

Sin embargo, debe ser problema mío. Porque hay otras muchas cosas que no entiendo de las que me llegan a este subsuelo de la alerta sanitaria que ha sido, es y, me temo que seguirá siendo, la Atención Primaria en el medio rural. Viste en los protocolos, luce en los planes de actuación, pero a la hora de la verdad sigue arrastrando los problemas estructurales de siempre, en un modelo sanitario que no ha apostado por ella, claramente hospitalocéntrico y, como el rumbo de este mundo, decididamente urbano. También en la pandemia.

No entiendo, antes que nada y después de todo, que mi especialidad la pueda ejercer cualquier graduado en Medicina. ¿Por qué la mía sí y no otra? Soy el primer defensor de que los estudiantes conozcan durante la carrera los centros de salud, el primero que anima a los compañeros que se han examinado del acceso al MIR para que escojan Medicina Familiar y Comunitaria, el más entusiasta en pregonar las excelencias de la Medicina rural, pero no logro comprender que se pueda ejercer sin la titulación requerida haciendo guardias en un Punto de Atención Continuada de un pueblo. También hay falta de médicos en otras especialidades y no se plantea que se pongan a reducir listas de espera quirúrgicas enviando a anestesiar y a operar a recién graduados. Toda la acogida del mundo a cada médico que venga, es un compañero, pero ni una concesión que desvirtúe el valor de la especialidad en Medicina Familiar y Comunitaria, y concretamente la rural, donde tomamos decisiones relevantes cada día, y acertamos, y nos equivocamos: no es algo que deba asumir un médico antes de iniciar su especialización. Esos tiempos eran peores, ya pasaron y no debieran volver.

No entiendo, y aquí parece que somos muchos los que no entendemos, toda esa maraña de convocatorias, baremos, bolsas, concursos, plazos y demás batería de asuntos administrativos que atosigan nuestro quehacer. La burocracia nos quita tiempo para los pacientes, mucho tiempo, y además nos enreda en nuestro desarrollo profesional. Las oposiciones se dilatan, se impugnan, se recurren y se embarran de tal modo que eso también nos desmotiva. La bolsa abierta y permanente no es muy abierta ni muy permanente que digamos, con actualizaciones anuales como mucho. Y las plazas vacantes a veces se ofrecen en contratos temporales para que un médico recién especializado no se vaya mientras que no pueden optar a ellas médicos con más antigüedad y puntuación. Cuesta aceptarlo. ¿No fidelizaría mucho más al personal la posibilidad de una mejoría rápida, en un sistema más ágil y trasparente? Muchos, de esos muchos que no entendemos, pensamos que sí.

Por último, para no alargar tanto esta columna fuera de programa, no entiendo las generalizaciones. Algunos pacientes y algunos compañeros sanitarios que trabajan en hospitales están convencidos de que los médicos y enfermeros de Atención Primaria no hemos dado un palo al agua desde que el Gobierno decretó el estado de alarma y así lo proclaman a los cuatro vientos. Algunos de ellos ya lo opinaban desde siempre, no nos pilla de sorpresa, porque el prejuicio no les permite reconocer que quien trabaja honestamente lo hace con pandemia y sin pandemia, en el centro de salud o en el hospital, y al revés aquel que se parapeta en lo consentidor que es el sistema sanitario público con el perezoso y el aprovechado de sus ventajas. Esto no cambia, así que no debe haber mayor interés en corregirlo. Por su parte, algunos sindicatos y organizaciones colegiales de la Enfermería reducen esa descalificación generalizadora a los médicos, que al parecer somos demasiados y poco humanos. ¡Gracias, “compañeros”!

A mí me basta con tener tranquila la conciencia, porque no he dejado de ver, tocar y oler a todo paciente que lo necesitaba además de escucharle primero por teléfono y luego en la consulta, o directamente en el centro de salud o en su domicilio. No he dejado de ir a las residencias de ancianos, aunque fuera con un EPI artesanal al principio, y de pedir PCRs con criterio clínico y epidemiológico que me denegaban. No he dejado de auscultar y de mirar gargantas aunque se sospechara coronavirus y, en algún caso, se terminara confirmando. Tampoco dejé de leer las cambiantes orientaciones éticas para el manejo de los pacientes de las residencias, ni de firmar algún certificado de defunción de esos que el Gobierno excluye de su listado oficial, porque mi diagnóstico le importa poco o nada. Sí, ese mismo Gobierno que anuncia y desmiente comités de expertos sin que se le enrojezca la cara, de dura que la tiene. Por eso, porque me basta la conciencia, y porque esto mismo lo sienten muchos otros compañeros, con todo el respeto y sin ofender, me chirrían los setecientos noventa y seis euros con cuarenta y un céntimos. Me consuelan más las cartas desde la Gerencia Regional encabezadas por el clásico Queridos compañeros, que todavía permiten confiar en que nuestros jefes piensan en otra situación y que ellos tampoco están a gusto. Si no la devuelvo a Sacyl, que imagino que sería posible renunciar a esta impropia gratificación, es porque prefiero comprar directamente yo un campo del alfarero. Perdón si suena a presunción y por el desahogo, pero desde el subsuelo de la alerta sanitaria, como médico de pueblo, quizá es hora de decirlo.

P. S. Cuando ya había rematado estas líneas me sorprendo con que a mis compañeros enfermeros del centro de salud, a los que tengo en gran estima, por haber trabajado alguna tarde en vez de por la mañana durante las primeras semanas de la alarma sanitaria, les han gratificado con bastante mayor cuantía. Lo mismo ha ocurrido, al parecer, con mis compañeros médicos de centros de salud urbanos, que también debieron trabajar alguna tarde, aunque eso ya forma parte de sus horarios ordinarios; sé que estuvieron tan saturados que algún que otro paciente urbano atendí. Imagino que el sobreesfuerzo hecho por decenas de médicos rurales, haciendo muchas más guardias de las obligatorias (hasta diez al mes) para mantener la asistencia médica en los puntos de atención continuada de las comarcas más periféricas, cada tarde, cada noche, cada fin de semana, cada festivo, pero no durante la pandemia, sino desde hace años, no merecerá mayor gratificación que el justo salario. ¿Así es como se motiva a ocupar las plazas de difícil cobertura y así es como se anima a ejercer la Medicina rural? Pese a todo, seguiremos. Aquí, en el subsuelo, muchos médicos tenemos algo que no se paga con dinero: la conciencia tranquila.

 

En la imagen, el Campo del Alfarero, Jerusalén.