Sábado, 15 de agosto de 2020

Santa Marta, ora pro nobis

 

Déjeseme evocar e invocar a Santa Marta, cuya festividad fue ayer, con una especial devoción: su patronazgo de los hosteleros –amén de una hermosa pedanía de Salamanca– es ahora necesario más que nunca ante la postración de un sector castigado como ninguno por la epidemia. Pero me temo que la efeméride ha caído en el olvido con los años. Antiguamente el sindicato vertical organizaba a los camareros una amena jornada: nos llevaba a misa por la mañana, visitábamos a los niños del hospicio para llevarles dulces y hacíamos concursos de rapidez con bandejas llenas o catando y adivinando bebidas con los ojos tapados. Luego, a quienes escanciaban durante todo el año, se les servía un vino. Español, sobra decir.

La historia de Marta y María tiene su punto álgido con el episodio de la resurrección de su hermano Lázaro. La escena es conocida: María estaba de palique con Jesús mientras Marta se afanaba preparando la comida. Ambas le habían reprochado al Mesías que no hubiera estado con ellas para evitar la muerte del hermano. Me imagino la escena siguiente, en la que Marta vocea desde la cocina:

  • Voy a poner la mesa, María. ¿Cuántos cubiertos pongo?
  • No sé, responde María, depende de lo que el Maestro haga con Lázaro.

 Luego Marta debió doblar las raciones, pues ya se sabe que los resucitados vuelven del otro mundo con un hambre canina.

La historia posterior de los tres hermanos no es menos edificante. El caso es que, tras la muerte de Jesús, las cosas les se pusieron crudas en Palestina. Cuenta Jacobo de la Vorágine que escaparon de los infieles metiéndose en un barco sin velas ni timón y hubieran acabado siendo pasto de los tiburones si no hubiera sido por la intercesión divina, que gobernó la nave hasta que atracó en las inmediaciones de Marsella. El caso no es raro: ¿no fue a parar a Finisterre el cadáver del apóstol Santiago, que venía en un barco de piedra guiado por ángeles?; los restos de San Bartolomé, ¿acaso no llegaron a Italia desde Oriente metidos en un cofre de plomo flotante? Y San Nicolás, patrón de los marineros, al que se representa llevando su propia cabeza en una bandeja… pero, excuse me, me estoy distrayendo.

Serían muy largas de explicar las vicisitudes de los tres hermanos en Francia, donde hicieron proselitismo y consiguieron muchos seguidores. Las crónicas se extienden más en la historia de María Magdalena que en las de sus hermanos. Lázaro, al que no hay que confundir con el pobre que comía las sobras del rico Epulón, acabó siendo obispo de Marsella y Marta fue célebre por matar a la monstruosa Tarasca de Tarascón. Más llamativas aún  son las cosas que sabemos de Magdalena, que pasó treinta años en una gruta alejada, sin tomar alimentos ni agua, viviendo solo de visiones celestes. Como Don Quijote, que pudo leer un libro con su historia en una librería de Barcelona, consta que Magdalena llegó a leer la suya en los evangelios, tal como le comentó a un monje que la visitó en su retiro.

Cristo tuvo relación familiar con sus padres putativos, relación teológica con Yavéh y el Espíritu Santo, pastoral con sus adeptos, política con el Sanedrín y con los romanos (a los que apoya por omisión)… ¿Y no cabe pensar en alguna relación más humana, por así decir, con Marta y María? Al fin y al cabo, Jesús era un joven judío de carne, sangre y huesos, como diría Unamuno. Y sabemos que la Magdalena, después de que lavara con sus lágrimas los pies de Jesús, los secara con sus cabellos y los perfumara con óleos exóticos, "no hubo gracia que Él no concediera a María Magdalena, ni señal de afecto que no le mostrara (…) y no la podía ver llorar sin llorar él mismo”. Y fue la primera persona a la que se apareció después de resucitado... Todo esto nos relata con sobriedad el dominico De la Vorágine y ha alimentado especulaciones non sanctas en evangelios apócrifos y best sellers de temporada. Pero no queremos seguir este hilo discursivo por no incurrir en el pecado de juicio temerario, ni dar pábulo a malos pensamientos, que nos alejarían del primer móvil de este relato: la invocación a Santa Marta, virgen, de cuya maternal ayuda tan necesitado está el lacerado sector de la hostelería:

  • Santa Marta, ora pro nobis. Y sigue atendiendo a tus pobrecitos sedientos, por el amor del Galileo.

 

(Imagen: Jesús con Marta y María. Vermeer. De wikipedia.org)