Viernes, 7 de agosto de 2020

Mascarilla o Tapaboca

Mascarilla, tapaboca o cubrebocas son palabras que han pasado a formar parte de nuestro vocabulario diario en estos tiempos de pandemia. Se usa más uno u otro término dependiendo de las diferentes latitudes. Cubrebocas, se utiliza menos, quizás porque no aparece en el Diccionario; tapaboca, se utiliza más en Latinoamérica y especialmente en México, Cuba y Uruguay; mascarilla, es el nombre más universal y por ello será el que utilizaremos en estas líneas. Se trata del objeto que, en forma de pantalla, nos colocamos delante de la boca y la nariz, para protegernos de posibles agentes patógenos o tóxicos y que ahora lo generalizamos en el coronavirus.

La mascarilla también tiene otras acepciones en las que hoy no vamos a entrar. La ciencia ha demostrado que son fundamentales para evitar la diseminación y propagación del coronavirus aunque, evidentemente, no todas tienen el mismo nivel de protección. Habrá que buscar algún tipo que, al menos, esté homologada o recomendadas por la Organización Mundial de la Salud (OMS), sin despreciar que algunas de las que podríamos denominar “caseras” llegan al 83% de protección frente al virus. El mundo de las mascarillas es ya tan amplio y diverso que va desde el ámbito del diseño hasta el tecnológico, siendo un factor económico significativo.

Ante la necesidad, las mascarillas se han convertido en una prenda más, que tendremos que llevarla por mucho tiempo. Sería bueno que se pusiera de moda la responsabilidad individual de llevarla puesta. Si en 1970 se popularizó aquella exclamación, un tanto graciosa de ¡Los donuts!, en el 2020 podríamos acuñar la de ¡La mascarilla!, para evitar su olvido de llevarla puesta. Ya hay en el mercado hasta una mascarilla inteligente, transparente, segura, sostenible e inclusiva, que tecnológicamente mide la calidad del aire y el estado de las constantes vitales de quien la lleva, que se autodesinfecta y que hasta presume de Marca España, como si de una moda se tratara.  

La acción más efectiva y más humana que podemos llevar a cabo hoy día, es la de cuidarnos, apelando a la responsabilidad social individual y colectiva, para hacer de la mascarilla una amiga inseparable. Por ti, por los tuyos, por mí, por nosotros, por los otros, por todos, ¡póntela! Seamos parte de la solución y no del problema. Las ciencias del comportamiento, con sus científicos, deberán estudiar qué incentivos y mensajes son más efectivos, para convencer a los ciudadanos sobre la necesidad de seguir las pautas marcadas contra el coronavirus.

La OMS reconoce que en esta pandemia las ciencias del comportamiento son clave, el éxito frente a la misma depende de que la gente esté informada, con voluntad y capacidad para cumplir las medidas de salud pública dictaminadas. Medidas que, por supuesto, tienen un coste personal, porque las mascarillas molestan, son desagradables, antiestéticas, deshumanizantes, un atentado contra la identidad, e interfieren en la comunicación interpersonal.

Por otro lado, el beneficio de llevarla no se percibe de forma inmediata, máxime, cuando el punto álgido de la pandemia creemos que ha pasado, llega el relajamiento y aparece la figura del aprovechado, esa persona que se cree invulnerable y que no se compromete solidariamente poniéndosela, pero que sí se beneficia del buen comportamiento de los demás, porque la mascarilla es más eficiente cuánto más gente la lleve puesta. Los científicos expertos en el control y prevención de enfermedades, afirman que el coronavirus estaría controlado en menos de ocho semanas, si todos usáramos mascarillas. Luego el beneficio de llevarla puesta está claro, para todos.

Ni que decir tiene que a las administraciones públicas corresponde la tarea de guiar el comportamiento de los ciudadanos ante la adopción de medidas, como es la de llevar la mascarilla, entre otras no menos importantes. Así como trasladar el mensaje de su uso de forma atractiva, promoviendo el reconocimiento social del buen comportamiento de quien la lleva. Además de facilitar la disponibilidad y la compra asequible a cualquier bolsillo. Para una familia tipo de cuatro miembros, el gasto en mascarillas higiénicas no reutilizables es de 70 euros mensuales y, si son mascarillas del tipo quirúrgicas, podría llegar a los 155 euros. Cifras que no se pueden permitir una gran parte de los hogares y ciudadanos. Es preciso reducir el coste de las mascarillas, para promover su uso.

Llevar la mascarilla no es un tema de pensamiento político, es un asunto de salud pública. Es una responsabilidad institucional y personal de todos y cada uno de nosotros. ¡Póntela!

Una canción para prevenir el Covid-19:  https://www.youtube.com/watch?v=Y4h9d53wQ0k

                                                                                                  Aguadero@acta.es