Viernes, 7 de agosto de 2020

Historia de mis abuelos

Volver atrás, en el tiempo, es como encontrarme de bruces con mis abuelos. Tengo presente la imagen viva de mi abuela, vestida con saya negra, con su mandil también negro, con el pañuelo cruzado también negro y con su pañuelo a la cabeza también negro. Mi abuela sólo tenía de color carne la cara y las manos; hasta las medias y las zapatillas eran negras. Destacaba, en su pañuelo cruzado al pecho, un imperdible del que pendía la medalla de la Milagrosa. A un costado de la cadera, escondía la faltriquera, donde guardaba el alfiletero con sus agujas, el dedal y alguna perra de cobre, que se negaba a darme, para que no me convirtiera en un derrochador; en cambio, sí me daba alguna bellota o castaña pilonga, (las golosinas de antaño), que también guardaba en el faltriquera, para agraciarme con algo. Mi abuela era muy buena persona.

Todas las noches, me iba a acostar a casa de mis abuelos, porque, en mi casa, éramos muchos hermanos, y no había sitio para todos, aunque, en una cama, dormíamos tres: dos a la cabecera y otro, a los pies. Y todas las noches, antes de rezar el rosario, mi abuela me fría un huevo para que fuese más calentito a la cama. Me acostaba con un tío joven, que terminaba de echarse novia, y soñaba, con ella, por la noche, cuando volvía exhausto del aquel trabajo diario, que era de sol a sol.

Cuando mi abuela terminaba de hacer los oficios, (tan limpia que dejaba la casa como un jaspe), se sentaba en la tenada y, con el torno y el huso, se entretenía en preparar los ovillos de lana, que, luego, teñía, para los tejedores del pueblo, que, en aquella época, abundaban; así se ganaba unas perrillas, que no venían mal para remediar una miaja la económica de la familia. Otros ratos, se bajaba a mi casa a echar una mano a mi madre, que tenía bastante faena con sus hijos con el lavado y demás menesteres.

Mi abuela tenía genio, era muy buena mujer, pero, a veces, se embeleguinaba cuando le armaba alguna picia. De manera espontánea, le salía aquel “bobo muñumé”: que me llamó tantas veces, que, a pesar de los años, aún no he olvidado, ni tampoco que yo, de chico, era muy trasto y muy inquieto.(No hay que preocuparse, porque ya, a mis años, me ha empezado a entrar el conocimiento, y me noto que voy siendo bastante más formal).

Mi abuelo era un cacho pan. Se pasaba de bueno y de paciente. Lucía una gorra de plato, que, sólo, se quitaba para dormir. Llevaba siempre la misma chaqueta, salvo los domingos, que se ponía la chaqueta nueva, (la de los domingos), con la que se casó. Sus pantalones eran de pana negra, y los pantalones de los domingos también eran los mismos con los que se casó. Y el chaleco también era de remudo.

Mi abuelo fue el mejor atador de vellones de lana negra de la provincia. Trabajó, muchos años, con los Redondos, famosos laneros en toda España. Yo, a mi abuelo, le conocí de muchacho, cuando se ganaba algunas perrillas comprando pieles, y atendiendo un huerto, que tenía en la Huelga. Estaba deseando que nos dieran vacaciones en verano o por cualquier festividad, por acompañar a mi abuelo al huerto. Me montaba a las ancas del burro de un salto; y mi abuelo, sobre la albarda y las alforjas, donde mi abuela había colocado el fardel con la merienda. Siempre iba cantando y siempre cantaba la misma canción.

Y con esta musiquilla, llegábamos al huerto. Yo abría la caseta, mientras mi abuelo bajaba las alforjas con la merienda, descinchaba la albarda y ponía la apea al burro, que se encaminaba, a saltos, al vallado en busca del verde. Mi abuelo se dirigía con el cubo hacia el cigüeñal, y yo abría la boca del cantero para que entrase el agua.

 El sol iba subiendo lentamente y, cada poco tiempo, yo le preguntaba a mi abuelo por la hora. El hambre me hacía cosquilla en el estómago. Mi abuelo no tenía reloj, y se enteraba de la hora por los montes del Macizo Central. MI abuelo no sabía de geografía, en cambio, reservaba un nombre para cada monte. Me enseñó cual era el monte de la nueve, y el de la diez, y el de las once, y el de las doce y el de la una (la sierra de Béjar); la tarde no tenía horas, porque, desde el huerto de mi abuelo, no se atisbaba ningún monte más; pero eso me preocupaba menos, porque el hambre de la tarde era más llevadera.

Cuando le preguntaba por la hora, mi abuelo miraba al sol, protegiendo sus ojos con la sombra de la gorra, y según sobre el monte, en que incidiera la perpendicular con el astro rey, conocía la hora, y no se equivocaba.

Siempre comíamos a las doce solares. Mi abuelo se guiaba siempre por la hora antigua. Y mi abuelo era tan bueno, que, cuando abría la fiambraba, el trozo más grande de tocino, el de tortilla y el de chorizo y la naranja más grande me los daba a mí, y se confortaba con un trago de vino del barril, y yo, con agua del pozo, que me refrescaba y desañusgaba.

Mientras mi abuelo echaba una cabezada a la sombra de la caseta, yo me iba a nidos. Recuerdo que, en el vallado del huerto, di con un nido de jilguero: tenía cinco huevos pecosos. Todos los días, me acercaba a verlos, y mi abuelo me insistía: “No vayas tantas veces, que la madre termina por aborrecerlo”. Y salieron los pollines, y me sonreían a carcajadas, cuando me acercaba a verlos cada tarde. Ya habían perdido el pelo malo, y le dije a mi abuelo que había que llevarlos a casa y criarlos. En el sobrao de la casa, descolgué una jaula barnizada de polvo, la limpié y, ya de camino, me sentí ansioso por llegar al sitio; pero, cuando llegué, me eché a llorar: alguien había sido más listo que yo.

Todas las tardes, colocaba una flor en el hueco que cobijó el nido: fue como el consuelo de una pena.