Viernes, 14 de agosto de 2020

La historia, el arte, la poesía… en Bonilla de la Sierra

Los paisajes de Benjamín Palencia se suceden, valles, prados, árboles, berrocales, en un lienzo de lomas que el sol acaricia, tarde de verano, gatos dormidos, pueblo de piedra y casas solariegas y blasonadas. Bonilla de la Sierra, la “Bonna Villa” medieval, es la sorpresa que se guarda en un recodo de la carretera que nos lleva de Piedrahíta a Ávila. Poesía de berrocal donde moran los veranos sosegados de los autores salmantinos Sagrario Rollán y Agustín B. Sequeros, cada uno a un extremo del valle, sumidos en el silencio fecundo del recogimiento.

Y es Bonilla de la Sierra con Sagrario de guía, el rincón desconocido que recorremos pese al sol de la tarde. El pequeño pueblo habitado desde la prehistoria porque “Fue siempre lugar de oteo”. Tenemos una guía generosa que acude a la llamada de los que están sentados a la paz de la plaza medieval porticada. Bonilla por tener no solo tiene pinturas rupestres, castillo, lienzo de muralla, aljibe, conquistador de las Américas que fue Rodrigo Núñez de Bonilla… El pueblo fue la sede veraniega de los obispos de Ávila y guarda uno de los templos más insólitos del riquísimo, del inabarcable patrimonio sacro abulense.

Porque la Colegiata de San Martín de Tours del siglo XV es una joya inesperada. Tiene un espacio tan amplio y tan diáfano que se sustenta con contrafuertes prismáticos exteriores que asemejan pináculos dirigidos al cielo azul de la tarde. Es la exquisita, sólida, apenas fría, cualidad del granito de la tierra, catedral que no lo es, un berrocal más del Valle del Corneja. Es el espacio de lo que queda de un pasado de obispos poderosos, reyes de paso, señores de la tierra que oteaban el valle desde las murallas de su castillo de sillares poderosos. Una iglesia que guarda sus tesoros en la inmensidad de su nave, la solidez de su piedra, la curiosidad de sus visitantes ¿Cómo subiría el obispo con sus vestiduras hechas en los telares de Bonilla, las estrechas escaleras talladas en la piedra para subir al púlpito de granito que forma parte del muro? ¿Cómo no admirar el Cristo en la Cruz ajeno al escándalo churrigueresco de los altares de columnas salomónicas? Esta colegiata donde fue obispo nuestro Alonso de Madrigal, al que los salmantinos llamábamos “El Abulense” o “El Tostado”, el estudiante y rector de la Universidad que ejerció todas las cátedras y del que se decía popularmente “Sabes o has escrito más que El Tostado”, nacido en Madrigal de las Altas Torres, como la reina católica y muerto en Bonilla, la sede del estío del obispado abulense, en 1455.

Una iglesia empeño de Juan II, quien no pareció tomarse a bien que en la pequeña sede del pueblo no se pudiera celebrar la Semana Santa cuando él era huésped del castillo. Enfiló con todo su séquito a la cercana Piedrahíta, pero puso la primera piedra de esta nave ornada de pináculos altivos. Se yergue en el calor, la colegiata, y para refrescar el ojo hecho a la altura, nada mejor que descender al aljibe árabe o pozo de Santa Bárbara para sentir la claridad del agua bajando sus escaleras seculares que, según la abuela de nuestra guía “Son tantas como palabras tiene el Credo”.

Pueblos, pueblos, pueblos de iglesias que se alzan, pequeñas arboledas refrescantes, grupos de vacas que pastan el verdor de los prados, aquí tenía su taller Benjamín Palencia y pintaba sus lomas de valle, sus figuras perdidas en este paisaje que se hace señorial y francés cuando llegamos a Piedrahíta, cuando visitamos el palacio de los Duques de Alba que tanto frecuentara Goya. Calles blasonadas, frescas, plaza donde todos olvidan la pandemia, comercios profundos y secretos, dulces del corazón, cafés con hechuras modernistas. Arriba en el cielo, los pájaros del parapente conviven con las rapaces y las cigüeñas del Valle del Corneja y de la Peña Negra. Más allá, el Tormes acaricia los ojos del puente del Barco de Ávila alimentado por las nieves de Gredos. La tarde es cristal, mica, arena, granito tallado por el tiempo y la luz de esta tierra tan cercana. El verano tiene cualidad de paja, de sombra fresca en los valles, de insólita lección de historia en los muros. Y la nave de la colegiata, inmensa, densa, secreta y hermosa navega por las lomas del pintor, por las páginas del docto académico de la Universidad de Salamanca, y mientras, en el cielo, flotan los pájaros y los hombres.       

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.