Viernes, 7 de agosto de 2020

El virus nacionalista 

A falta de las de Cataluña, acaban de celebrarse las elecciones autonómicas en dos comunidades donde el nacionalismo ha echado raíces: Galicia y País Vasco. En la primera, ha vuelto a obtener mayoría absoluta el PP; y, en la segunda, sobran aspirantes nacionalistas e independentistas para conseguir esa mayoría. En Cataluña, paraíso del nacionalismo secesionista, el electorado nacionalista es ampliamente mayoritario. La pregunta surge de inmediato: ¿Los gallegos, que mayoritariamente votan al PP, son menos nacionalistas que vascos y catalanes? No veo yo a ese pueblo con espíritu de auto inmolarse votando a quien sigue declarándose gallego y español. Por extensión: los votantes que siguen considerándose españoles, sin dejar de amar a su propia tierra, ¿son menos nacionalistas que los que repudian lo español? ¿O es que, por el mero hecho de no hacer alarde de un nacionalismo “pata negra” ni resultar incluidos en la Constitución –aunque sea con calzador-, el resto de españoles deben ser de segunda división?

Todo español que se precie de serlo ama a su tierra con la misma intensidad que pueda amar la suya el nacionalista más fanático. No creo en nacionalismos disgregadores, y menos en aquellos que resultan fácilmente maleables a base de prebendas. Porque, a fin de cuentas, cada región aporta su propia historia y todas ellas han dado lugar a esta nación. Ahora que tanto se habla de reformar la Constitución, se me ocurre que, después de ver la redacción de los artículos 14, 138.2 y 139.1 de nuestra Constitución – ¡no se puede explicar mejor su contenido con menos palabras!- se podían suprimir, por trasnochadas e injustas, todas las alusiones discriminatorias que figuran en artículos y disposiciones sobre territorios concretos. Así, para todos café y acabamos con las canonjías.

El auge que están experimentando los movimientos nacionalistas en España es fruto de una política que tuvo sus inicios en la cesión de algunas competencias a las autonomías y que, ante la pasividad de los diferentes gobiernos centrales, ya está dando sus frutos. Cuando Bill Clinton debatía con George W. Bush sobre lo que mueve al votante, y le espetaba aquello de: “Es la economía, imbécil”, estaba poniendo de manifiesto algo que estaba fuera de toda duda. Aquí, podíamos aplicarlo a la educación que, en manos de algunas autonomías, ha permitido comprobar la importancia de lo que se inculca al escolar desde su más tierna infancia. Como simple ejemplo de lo que digo, en una reciente encuesta celebrada en el País Vasco, entre jóvenes menores de 25 años, se ha podido constatar que un 80 % sabían quién era Franco, pero no habían oído hablar de Miguel Ángel Blanco ¡Vaya si tiene importancia la educación! Pues bien, con una fuerza política que justifica el pasado terrorista de ese nuevo nacionalismo es con quien gobierna Sánchez y con quien constituye mesas de negociación.

 En su día, el proceso comenzó con una constante inmersión lingüística allí donde existía otra lengua vernácula, no importa que algunas de ellas apenas fueran conocidas o empleadas por unos pocos ancianos residentes en zonas prácticamente despobladas. La Constitución reconoce como idiomas cooficiales el catalán, el valenciano, el euskera, el gallego y el asturiano. Pero, la misma fiebre que llevó a que toda ciudad que se preciara quisiera disponer de su propia universidad, llevó a más de un grupo nacionalista a solicitar el absurdo de un servicio de intérpretes en las Cortes. Nada que objetar al apoyo de estas lenguas allí donde sean mayoritariamente conocidas. Otra cosa muy distinta es imponerlas en detrimento del castellano, haciendo caso omiso del artº 3 de la CE. En este desagradable asunto, no toda la culpa debe recaer en los partidos propiamente nacionalistas. Tanto PSOE como PP han tolerado constantes abusos, por acción u omisión, cuando ejercían el gobierno central, o cuando lo hacían en alguna autonomía.

Además de los problemas de adaptación que sufren los alumnos cuyos padres desean que se cumpla el derecho que les asiste, el verdadero conflicto radica en las materias que se imparten en autonomías gobernadas por partidos secesionistas -o independentistas-, que se cuidan muy mucho de ofrecer una versión errónea o sesgada de los contenidos. No vamos a descender aquí a las ridículas anécdotas de hacer desaparecer accidentes geográficos, cambiar el signo de la historia o convertir en lugareños a santos, navegantes o escritores foráneos mundialmente conocidos. Lo más grave de esta forma de entender la política por parte de esos dirigentes -que se les supone miembros de una nación demócrata- es el odio que se ha inoculado a una generación contra todo lo español.

PP y PSOE han dispuesto de mayorías absolutas para haber podido aplicar todo lo que establece la Constitución ante las primeras señales de sacar los pies del tiesto. Con esas mayorías se han permitido conductas delictivas a dirigentes que, en cualquier democracia, deberían haber acabado en la cárcel. Aquí, no sólo se los ha utilizado como palanca para acceder al gobierno, sino que se ha ido tapándoles la boca ante peticiones que reyaban en la injusticia. Nacionalismos de baja intensidad quedan muy pocos en el mundo, pero a otros se ha permitido sobrepasar la línea roja. Unos y otros se han desembarazado de su disfraz de moderación hasta desafiar al Estado o emplear la violencia para imponer sus credos.

Todas estas circunstancias son perfectamente conocidas dentro y fuera de España. Hoy, nuestro gobierno, busca una justificación a sus errores alegando informaciones sesgadas de los medios nacionales o extranjeros. Es cierto que las líneas editoriales acogen opiniones afines, pero la integridad del dirigente se mide por su capacidad para asumir las críticas que dan en el blanco y poner los medios necesarios para subsanar los fallos. Otro ejemplo: ante la anunciada visita del Jefe del Estado a la autonomía catalana –como está haciendo con todas las demás- el sectario Torra, recibida la comunicación oficial, se ha permitido la licencia de dirigirle un escrito rogándole que desista de ese viaje ¡por razones de seguridad! Se siente ofendido, además, por llamar “comunidad” a su territorio que, según él, es un “país”. Este iluminado predijo que una Cataluña independiente no habría tenido contagiados ¡Buena vista! Si no fuera suficiente, cuando sólo llevaban 9 meses en prisión, ya ha propiciado que estén en la calle los políticos condenados por dar un golpe de Estado. Por cierto, han tardado poco en organizar un comité de bienvenida a los Reyes, para lo que procurarán adornar las imágenes de esa visita que se difundan al exterior; y repiten a coro que volverán a hacerlo. En estos temas es donde se ve el grado de aplicación de un gobierno resolutivo. Al nuestro se le nota muy poco

Con la aparición de un malhadado virus, la realidad se ha visto alterada en todo el mundo. Hasta que se le ha tomado en serio, ha sido capaz de condicionar nuestra vieja normalidad. Estamos llegando a las cifras del mes de abril y el gobierno no quiere saber nada ¿Estará preparando otra manifestación? En no pocos países – el nuestro entre ellos- la reacción ha llegado tarde y, como consecuencia, deberán pagar una factura mayor, en vidas y haciendas.

Pedro Sánchez ha podido comprobar, de primera mano, cómo se las gastan los países miembros de la Unión Europea. Con buenos modales –en algunos casos, no tanto- se le ha indicado el camino que debe emprender. Camino muy alejado de los planes que había preparado con sus compañeros de viaje. Si persiste en sus fantasías y rechaza las recomendaciones de quienes tienen los pies en el suelo – y se tiran menos faroles que él-, los españoles estaremos condenados a depender de toda clase de nacionalismos, políticos o económicos. Llegaremos a tales niveles de pobreza y desempleo que costará demasiados sacrificios a más de una generación.