Viernes, 7 de agosto de 2020

Santiago no duerme, sueña

Parece que está dormido, pero es sólo apariencia. Santiago no duerme, sueña.

Así he decidido contemplar este año al primero que, entre los apóstoles, unió su sangre martirial a la del Maestro. Confiado al Amigo del Señor, en su devoto altar, siempre encendido el fuego sagrado como reza la letra vibrante de su himno, quiero templar este año, más que nunca, mis armas victoriosas de cristiano débil pero explícito, insuficiente pero peregrino. Lo hago fijándome en su sueño de Getsemaní. Porque Santiago no duerme, sueña.

Por entre las ramas de los olivos que cobijaron la agonía más intensa de la historia, cuando el mismo Dios aceptó sobre sí todo el pecado de antes y de siempre para vencerlo con la Cruz de su Hijo, se escurre un llanto silencioso que gotea sobre la estampa durmiente de Santiago. Pero no duerme, sueña. Cada vez que cierra sus ojos, le parece ver abrirse los de la hija de Jairo, en la intimidad de aquella estancia donde descubrió que la muerte no era nada ante el poder misterioso de Quien le llamó mientras estaba reparando las redes de su barca, allá en el Mar de Galilea. Cada vez que cierra sus ojos ya no es la oscuridad la que le envuelve, sino un reflejo de la blancura absoluta del Tabor, en otra intimidad bien diferente que le iba conduciendo hacia la misma conclusión. Dejar las redes y seguir a ese Jesús le había cambiado la vida. Ya no podía dormir. Soñaba. Pero aún lo hacía sin entender. Le faltaba la Cruz… y acabaría por existir, fruto de la Cruz de Jesús, una Cruz de Santiago, evocación de la espada de su martirio en Jerusalén.

Le quiero imaginar soñando con esa Cruz de Santiago, roja de sangre entregada, generosa y fructífera. Entre sus ensoñaciones, un caballo blanco con el que irrumpe al galope en medio de nuestras batallas para que estalle definitivamente la paz, una vez que reconozcamos con honestidad cuáles son nuestras armas victoriosas. Sí, son sus redes, las de su nueva barca, las de la nueva pesca en la que se ha enrolado, las que él mismo, con su destreza y su arrojo, nos ayuda a reparar. Sueña con que echemos las redes sin rendirnos.

En su fatiga del huerto, sobrecogido por los sucesos del cenáculo, sé que no sueña ni con el sitio escogido a la derecha ni con el privilegio: todavía siente húmedos los pies después de haber tenido a Jesús de rodillas, lavándoselos como un servidor. Tampoco soñará con invocar el fuego de la ira sobre los enemigos, después de haberle oído enseñar otra forma bien distinta de encender los corazones. Soñará humildad y soñará concordia. Soñará un Reino de justicia y de caridad. Soñará dar testimonio de la Verdad que no puede dejar de anunciarse, por mucho que incomode.

Me atrevo a decir que soñará España, y con ella, los pueblos hermanos. Porque si en la formación progresiva de la comunidad y la identidad nacional española la fe cristiana ha tenido mucho que ver, y si lo mejor que hemos extendido por el mundo, con las hermosas palabras de la lengua castellana, ha sido el Evangelio, no es aceptable avergonzarnos de ello. Sueña con una columna, y con una mujer que le resulta familiar, y con unas lenguas de fuego que le sacan de su frustración para devolverle a la misión encomendada. Sueña con el filo de una espada que le eleva el alma al cielo, y también con un campo de estrellas cerca del confín occidental del mundo, donde su cuerpo descanse hasta la resurrección del último día.

Santiago no duerme, sueña. Sueña España y un patrocinio que pasó de lo mítico a lo discreto, de lo imperial a lo proscrito, de lo exaltado a lo perseguido. Sueña esta España el patrón de las Españas, que por diversos itinerarios se puede hacer el mismo camino que desemboca en el pórtico de la gloria y en el abrazo. Una España en la que, tristemente, unos pocos incapaces de la convivencia, felices en el extremo, han sido, y son, lastre doloroso para los muchos capaces de la unidad y la diferencia sin dejar de ser libres e iguales. Una España que necesita también a los que rehúyen la cómoda tibieza y se dan con sana pasión, los que reparan las redes de la barca y se echan a la mar. Nuestro patrono, Santiago, que es santo adalid, sueña que la protege, que la defiende, que la favorece y que la libera del sopor con su fulgor nuevo de astro brillante. Sueña que abre para ella, para nosotros los españoles de una y otra orilla, la puerta del albergue, que repara nuestra sed y que cura las heridas de nuestros pies cansados.

Porque Santiago no duerme, sueña, sueña al fin con los que murieron en este tiempo extraño, con los que ya nada tienen, con los que por entero se dieron, y señala para todos la esperanza cierta del Resucitado.

En la imagen, el Santiago durmiente del paso de la Oración del Huerto (Francisco Salzillo; Cofradía de Jesús Nazareno, Murcia). En este 25 de julio de 2020 numerosas iglesias diocesanas celebran al patrono de España, Santiago el Mayor, uniéndose para orar por las víctimas mortales de la pandemia. En la Catedral Nueva de Salamanca estará, con este motivo, la imagen de Jesús Resucitado de la Cofradía de la Vera Cruz. La Eucaristía, con todas las medidas de seguridad y presidida por el obispo, será a las ocho de la tarde.