Viernes, 7 de agosto de 2020

Razones para vivir

He pasado el confinamiento y la primera quincena de julio  entre mi familia y los chicos de la Casa Escuela Santiago Uno.

Hemos visto la televisión y se han seguido las redes sociales quizá más de lo recomendable. Sorprendía el apego a la vida de gente mayor, con el casi desprecio de algunas jovencitas o jovencitos.

Se han sacado cursos académicos, se ha montado a caballo, se han hecho construcciones de permacultura, se cultivan huertos ecológicos, salimos en bicicleta, hacemos circo,… Puedo decir que nos lo hemos pasado muy bien y se ha aprovechado el tiempo.

Por eso, es difícil entender por qué  en un momento se tira todo por la borda, de pronto se vuelve a por droga y todo se rompe, hablo de niñas de quince años.

Parecía que el itinerario está claro, han recuperado el fracaso escolar, se han echado un noviete, tienen personas de referencia sanas. Nadie les juzga y tienen un camino posible hasta la Universidad y más allá.  Está claro que muchas personas mayores y también los adolescentes buscan sentirse útiles y tener metas.

Pero no basta, un desencuentro amoroso o los celos pueden llevar a un máximo de agresividad y autodestrucción.

He comprobado la súper medicina de ser importante para otras personas, hijos, parejas, padres,  educadores.

Cuando está de moda que hay que cuidarse a uno mismo, aquí es más útil ayudar a ayudar. Surgen curaciones propias del compromiso con los otros, sobre todo con los más desfavorecidos.

Madres desgarradas por no poder abrazar a sus hijos e hijos perdidos por no poder estar con sus padres.

No todo es tan simple como no estudian porque no quieren o no trabajan porque son unos vagos.

Aquí se mezclan culturas con los inmigrantes, generaciones en el ropero, clases sociales con los voluntarios, también religiones como la Cristiana, la musulmana y  el agnosticismo.

Pero llevo ya mucho tiempo maldiciendo las ideologías que separan familias y dividen incluso a los de abajo. La ideología es la igualdad de oportunidades. Los sentimientos están por encima incluso del salario. Cuántos ricos infelices y dañinos. Los que tenemos unos hábitos de trabajo y nos creemos que aportamos a la sociedad somos afortunados. Gente muy válida se queda en el camino. Para recuperar la autoestima no sirven sólo los subsidios, debe haber un acompañamiento  humano que permita a los excluidos experimentar que son eslabones de la cadena de la vida en sociedad.