Viernes, 7 de agosto de 2020

El sueño imposible de la verdad

Rápidamente, sin más eco que la coincidencia de la fecha, con titulares de compromiso y frases hechas de lamentos tópicos, se conmemoró hace días por las cancillerías europeas y las hojas volanderas el vigesimoquinto aniversario de la llamada “matanza de Srebrenica”, un genocidio perpetrado por tropas serbias contra musulmanes bosnios en julio de 1995, con la anuencia, el silencio y la pasividad cómplice de organismos internacionales (CE, ONU, OTAN, fuerzas de UNPROFOR, diplomacia mundial...), que un cuarto de siglo después manufacturan el recuerdo escondiendo la cara, evitando la verdad y los nombres propios, hurtando los documentos y gesticulando supuesto dolor, sin haber podido librarse del infame hedor de su comportamiento de entonces. 

En Srebrenica, ocho mil trescientas setenta y dos personas según la contabilidad política y las pruebas judiciales, y muchas más del triple según la realidad misma y los testimonios directos, fueron vilmente torturadas, violadas ante sus hijos, robadas, desmembrados niños, ancianos e impedidos, vejada cada persona de mil formas, mutiladas, escupidas y finalmente todas asesinadas fría y sistemáticamente, como parte de un conflicto bélico perfectamente evitable, que veinticinco años después se conmemora de puntillas y se cita de compromiso, se rememora a trozos, se descontextualiza y finalmente se archiva en el olvido, exhibiendo cual falsa auto magnanimidad y farsa de absolución los nombres de dos condenados por aquellos hechos (Mladic y Karadzik), que siendo responsables no son más que la punta de un iceberg sangriento que en Los Balcanes sepultó entonces, además de la razón y para siempre, el valor de la diplomacia, la utilidad de la mediación militar, las equidistancias y la confianza en la política internacional.

En unos días, exactamente el  6 de agosto, los titulares “rememorarán” otro aniversario notable por los años que cumple el horror, exactamente 75 del bombardeo atómico de extrema destrucción en la ciudad de Hiroshima y, como cada año, los lamentos inconcretos por la barbarie y la guerra, las ampulosas oraciones y las fotografías de la ciudad quemada, sustituirán a la información real sobre que nombre al autor de semejante masacre: Estados Unidos de América.  Los vencedores escriben la historia y de aquella contienda incivil que fue la Segunda Guerra Mundial escribieron también las páginas de su recuerdo y las falsas flores de su homenaje, tachando el propio nombre en favor de la plegaria indefinida contra las formas de la muerte, menos las bombas que vencieron y las hogueras que triunfaron. Sumidos en una generalización olvidadiza de la responsabilidad y la culpa, tal vez ni siquiera tres días después la prensa occidental cómplice y amanuense de los generales (aquéllos y estos), cite la ciudad de Nagasaki, igualmente asesinada por el mismo culpable y de la misma vil manera, ya que la trompetería olvidadiza del lamento “humanitario” habrá logrado, una vez más, la necesaria cuota de lamento y el preciso sorbo de lágrimas que genera el olvido.

Vamos olvidando la historia de la Guerra Civil Española, Vietnam, los infames ataques aliados a la ciudad de Dresde... Apenas nos duele ya la destrucción de las culturas americanas por el imperio español, el crimen de Guernika, Srebrenica, los genocidios de Goma... Nos ocultan la historia criminal del cristianismo, la geopolítica del hambre, los muros de la piedad... Y el olvido, que debiera ser un mecanismo de la memoria, defensivo o protector, piadoso o buscado, sedante o consciente, es sin embargo una venda, una mordaza, un estrépito ensordecedor, el resultado de políticas diseñadas para obtenerlo mediante el  relato que sustituye, confunde, manipula, renombra o niega lo que el recuerdo albergaba. La siembra de una historia falaz, la negación de cualquier atisbo que ilumine con veracidad el pasado o, peor, la narración parcial, mutilada, aislada o sacada de contexto, editada, pulida, redondeada y pretendidamente incontestable, consigue crear aceptaciones tácitas de intolerables actos, lealtades ciegas, homenajes hipócritas, verdades de consumo, seguidismos absurdos de impresentables líderes, altares de cartón, tronos de mentira, sueños imposibles...