Jueves, 13 de agosto de 2020

Juan José, honestidad y maestría

Humilde, honesto, una persona extraordinaria y un genio en su oficio. Yo me quedo con su talante humano y le echaré mucho de menos porque le quería de verdad

"Cuando en los 80 Juan José fue acartelado con Capea y Robles, la plaza se llenaba hasta la bandera"

Hoy es un día muy triste para la tauromaquia salmantina y para el toreo visto desde una prespectiva generacional. Se nos acaba de ir Juan José, un gran torero pero sobre todo un maestro en el doble sentido de la palabra: maestro en su arte y oficio, con un estilo muy personal y castellano de interpretar el toreo y un maestro en la enseñanza de los secretos y la técnica del toreo. Juan José ha formado a varias generaciones de profesionales del toreo en la Escuela de Tauromaquia de Salamanca y, en gran medida, ese va a ser su legado profundo en la vida profesional y formativa de muchos jóvenes que fueron aspirante, novilleros, banderilleros o matadores de toros en esta tierra.

 Por edad, una buena parte de estos jóvenes no vieron a Juan José torear, tampoco yo en sus mejores tiempos. Pero sí aprecié su torería y sus armas artísticas en su granada y dulce veteranía.

 No fue un torero bien tratado por la empresa de la Glorieta. Toreó muchas tardes sí, pero siempre sin el caché ni la categoría que merecía porque si Juan José no figuraba en los 90 entre el elenco de las figuras del toreo del momento, siempre fue un torero muy querido en su tierra, tenía su público, sus seguidores y la empresa siempre vio el asunto como sin tener en cuenta ese enfoque, aspecto que deshumaniza los lazos contractuales entre toreros y empresarios y que, en alguna época y con otros protagonistas, dicen que sí existió.

 Cuando en los 80 Juan José fue acartelado con Capea y Robles, la plaza se llenaba hasta la bandera. Los primeros lucían galas de figura y Juan José, pareciendo el invitado pobre, no sólo no desentonaba sino que brillaba con autoridad con el oficio, asiento, sitio y conocimientos de los toros que causaba admiración entre la afición, dado que todos éramos conscientes de lo poco que toreaba. No se notaba nada y el encaje era perfecto.

 Luego, el buen torero de la Fuente pasó el desasosiego, que yo percibí en varias ocasiones visitándole en su habitación de hotel minutos antes de la corrida, de verse anunciado con los toros de mayor trapío (Conde de la Corte…) el día 21, la “mateína”. Y su sabiduría taurina podía con arte y oficio, con todo, dejándonos un año pasajes al natural inolvidables.

 Juan José fue un excelente torero que supo reponerse de un drama físico terrible cuando perdió un ojo en un accidente. En su madurez creó grandes momentos ante los toros. Un hombre que nunca consiguió echar raíces en el mundo urbano, siempre idolatró a su pueblo, La Fuente de San Esteban, nunca quiso irse de él (el gran Palomo Linares, de quien fue gran amigo y compañero de fatigas en su juventud más tierna, le llamó siempre cariñosamente “el paleto”).

 En mis años más fervorosos en la crítica taurina, cuando llegaba agosto, casi siempre veíamos su nombre hacer equilibrios de si lo ponen o no en el cartel de septiembre. Después en el campo, con sus alumnos de la Escuela…¡son tantos los que le deben tanto!.

 Humilde, honesto, una persona extraordinaria y un genio en su oficio. Yo me quedo con su talante humano y le echaré mucho de menos porque le quería de verdad. Descansa en paz amigo.

Toño Blázquez