Martes, 27 de octubre de 2020

¡Que bien supiste arar en la besana del toreo, maestro Juan José!

“Hoy hablarán de tus grandes faenas en la Feria de Salamanca, o en las terroríficas corridas de San Mateo. O muchas tardes en Madrid y otras desperdigadas en tantas plazas de España, Francia y de América”

"Juan José en tarde de triunfo isidril. El maestro charro es un magnífico intérprete de la pura escuela castellana"

Adiós para siempre, amigo y maestro Juan José. Te has ido dejándonos el brillo de tu existencia. En esta tarde, cuando la soledad se hace dueña de las plazas de toros, has dicho adiós para irte a torear al inmenso ruedo de la eternidad, donde tantos amigos habrán salido a recibirte con un abrazo de bienvenida. Porque ahí te ganaste un sitio de honor.

Hoy, en este día que nos ha dejado, parece cómo si los horizontes han desaparecido y, nada más recibir la noticia y colgar el teléfono, ante la avalancha de llamadas me asomé al balcón para ver los campos y todo era silencio en esta tarde veraniega con las plazas de toros preñadas de soledad. Esa tarde que ya forma parte de la historia de la Tauromaquia, porque fuiste un grande que contribuiste a escribir páginas destacadísimas del toreo, siempre con la pureza y sobriedad de la escuela castellana de la que has sido un legítimo representante.

Todo ha sido tan rápido que vamos a tardar mucho tiempo en dar credibilidad a la noticia de tu muerte. Va a resultar muy difícil no volver a verte más, ni a tener esas largas conversaciones hablando de toros. Son muchas vivencias a tu lado, también no pocas discusiones, pero queda el poso de la honradez y señorío, de ser siempre un fiel amigo. Archivados en los almacenes de la nostalgia quedan un montón de festejos para ver corridas en Madrid, Valladolid, San Sebastián, Bilbao, Badajoz… o aquella noche en Sevilla donde nos dieron las tantas paseando con tu primo Agustín entre la magia de esa joya de ciudad y al final acabamos en ‘Casa Anselma’, donde no más entrar salió corriendo a darte un abrazo el gran Lucio (el del madrileño mesón que lleva su nombre). Porque se te respetaba y tampoco olvido que cuando estaba en algún lugar lejano me emocionaba cuando los viejos toreros me mandaban recuerdos para ti, todos la admiración que te supiste ganar. Daba igual que fueran figuras que modestos, porque nadie quedó indiferente ante ti.

Hoy hablarán de tus grandes faenas en la Feria de Salamanca, o en las terroríficas corridas de San Mateo. O muchas tardes en Madrid y otras desperdigadas en tantas plazas de España, Francia y de América. Como aquel año que en Lima te gritaron ¡torero, torero! al cuajar un toro y cuando ya tenías en tus manos el Señor de los Milagros, la espada se atravesó en el camino y, como tantas veces, te privó de un premio grande, aunque no del sentimiento limeño, donde los viejos aficionados aún recuerdan aquella faena. O tu presentación en la francesa Dax, con cuatro orejas, horas antes de que Neil Arstromg fuera el primer humano en pisar la luna y su frase  de ‘un pequeño paso para un hombre, un gran paso para la humanidad’ quedase inmortalizada en los libros de historia y aquel muchachito que eras, aún en la nube del reciente triunfo presenciaras emocionado el momento, ya desde la terraza del ‘Cristina’ de San Sebastián. Muchos años después, cuando hemos ido a ver toros a Illumbe y paseábamos por esa maravilla de ciudad bajo los tamarindos de La Concha te gustaba referírmelo, al igual que tus éxitos en aquel Chofre que fue uno de los grandes templos del toreo y en el que, además, viviste uno de tus momentos más difíciles cuando un toro de Palha hirió de muerte a Paco Pita, tu peón de confianza que falleció dos días más tarde.

Después a Dax nunca más volviste, ni a otras plazas que te vieron triunfar y tenías que luchar contra tantas cuestas arriba que llegaban a tu carrera. Pero con tu afición y esa entrega propia de un sacerdocio sabías salir adelante y emocionar a la afición con la pureza y verdad de tu toreo.

¡Cuánta grandeza, Juanjo! ¡Que bien supiste arar en el surco del toreo! Por eso, aunque te hayas ido tu huella seguirá viva y tus luces nunca se apagarán.

Paco Cañamero / Fotos Plaza y Vega