Viernes, 7 de agosto de 2020

Sucedió hace 102 años

En su inicio, no pareció muy grave. Los medios la tomaron un poco en broma, hasta el punto de que la bautizaron con el nombre de las canciones de moda del momento, “pegadizas” todas ellas, como “El soldado de Nápoles” o “La canción del Olvido”, musicadas por José Serrano. A finales de mayo, la gripe de 1918, mal llamada española, se coló de forma brutal en las todas las casas de Madrid. Se calcula que había afectado a más de 80.000 personas. “El Noticiario” de Cáceres, el 3 de junio 1918, comenta que, “desde hace media docena de días, se empezó a notar en la ciudad la presencia de la enfermedad de moda, llamada “La canción del olvido”, en Madrid; y, en Cáceres, “Los dineros de Vitórita”, tomando, desde hace tres días, caracteres muy agudos. Nuestros médicos andan de cabeza, para poder atender a tanto enfermo, y algunos de ellos ya han caído en cama, víctimas de la epidemia”.

Siguiendo la evolución de las noticias, en los primeros días de septiembre, se incidía en que se trataba de una gripe poco virulenta, hasta que, a mediados de octubre, ya eran alarmantes. Esta situación recomendó al Ministerio de la Gobernación la prohibición de los espectáculos de cines, teatro y bailes en salones autorizados, recomendaba retrasar fiestas y ferias e instaba a adoptar medidas de aseo y limpieza en los hogares: desinfección de las viviendas de fallecidos por empleados municipales, obligación de acondicionar retretes y sumideros de patios con inodoros que tengan acometida al alcantarillado municipal, y otras medidas profilácticas dirigidas al comercio de alimentación y bares, cafés, y que los vehículos destinados al transporte de viajeros sean desinfectados, cuando lleguen a la cochera, y que se viaje con algunas ventanillas abiertas.

Y en cuanto a la propagación de la pandemia “Hay un hecho indiscutible, observado y comprobado y es que los individuos, que han pasado el mal siquiera de forma levísima, llevan en sí el germen de la enfermedad durante un periodo de tiempo que, en algunos casos, es de un mes y van repartiéndolo profusamente por medio del esputo y de la tos, e invita, por ello, el uso de escupideras provistas de líquidos antisépticos, y que los que han padecido la gripe tengan presente, en cada momento, que, con la tos, contagian a sus semejantes”.

El laureado doctor Tapia, presidente de la Academia de Medicina de Madrid, elaboró una fórmula para desinfectar la boca. Recalcó que no es ningún invento, solo un sencillo remedio dentífrico de bajo coste y gran intensidad profiláctica, a base de bicarbonato sódico y sal común. Aprovechó para protestar por la proliferación de remedios “a precios exorbitantes, por desaprensivos industriales que aprovechan estos momentos de alarma para buscar un lucro”.

Las infraestructuras socio-sanitarias aún eran muy precarias y había importantes diferencias económicas y de clase, pues los profesionales sanitarios, tratamientos y centros hospitalarios no estaban al alcance de todos. De hecho, el acceso a los medicamentos estaba restringido, pues había productos que solo eran populares entre las personas de la alta sociedad, que eran quienes podían adquirir los periódicos, donde dichos productos se publicitaban.

Había familias enteras de cuatro o seis personas, que no tenían quien les suministrara un poco de caldo, habitando edificios sin ventilación alguna y faltos de higiene. Gracias a que los caritativos, los compasivos, aún con enfermos en sus respectivas familias, los abandonaban un instante, por prestarles auxilios rapidísimos, que, de no tenerlos, habrían fallecido por falta de asistencia y abandono.

La prensa actuó como medio de información y elemento de formación de la población, transmitiendo las medidas recibidas por vía telefónica del Ministerio de la Gobernación, del gobernador civil, de los ayuntamientos o de la junta provincial de Sanidad.

Si nos centramos en Salamanca, el 18 de septiembre de 1918, la Junta Provincial de Sanidad declaró, oficialmente, la epidemia de gripe en Puente del Congosto, Cereceda, Galisancho, San Martín del Castañar, Galinduste, Larrodrigo, Sieteiglesias, Mozárbez, Martinamor, Valdemierque, Anaya de Alba, Armenteros, Vecinos, Las Veguillas y la ciudad de Salamanca, tras aparecer en 24 horas medio centenar de casos. En las semanas posteriores, se multiplicarían y, de los 388 pueblos, solo a La Atalaya y Fuenteliante (Vitigudino) no llegó, en teoría, la enfermedad. El consejo que daba entonces El Adelanto a sus lectores era “rehuir penetrar en locales en los que el aire estuviese confinado y no fumar por la calle, procurando, cuando se vaya por ella, respirar con la boca cerrada”. Pero no fue esta la primera aparición de la gripe en la provincia. Se registró una primera oleada de contagios en la anterior primavera, que llevó al Colegio de Médicos a reunir las historias clínicas de los enfermos para investigar sobre esta patología. Pero lo cierto es que, entre mayo y julio de ese año, no se detectó un incremento de mortalidad por esta causa, según recoge el artículo “Patrones de exceso de mortalidad espacial-temporal de la pandemia de gripe de 1918-1919 en España”.

Dos meses después del brote del otoño de 1918, el 26 de noviembre, la Junta de Sanidad volvió a reunirse para “declarar oficialmente extinguid la epidemia”. En una provincia que contaba con 345.776 habitantes, se cifró en 135.555 los contagiados, casi el 40%. Entonces se habló de 3.831 muertes; sin embargo, investigaciones posteriores hablan casi del doble de fallecidos. Regresaría un año después, aunque con menos fuerza.

La Voz de Peñaranda”, periódico de la localidad vecina, se hizo eco del problema y dice que, en Macotera, una población de 3.250 habitantes, fueron afectados por la gripe 2.620, entre septiembre y octubre, y que fallecieron 38 personas.

El Salmantino, 31 de octubre de 1918, informa desde Béjar: “Puede darse por terminada la epidemia que aquí se ha padecido, y es de esperar que cuantas enseñanzas ha proporcionado, no sean olvidadas. Es necesario que, en todo tiempo, estén bien organizados todos los servicios sanitarios, y se practiquen las prescripciones que la higiene privada y pública ordena, y así se lograrían evitar muchas enfermedades.