Jueves, 29 de octubre de 2020

Compendio de sentido

“No salgas fuera de ti, vuelve a ti, en el interior del hombre habita la verdad”

San Agustín

”Cuando el alma va más a oscuras y vacía de sus operaciones naturales, va más segura”

San Juan de la Cruz

En nuestras sociedades postmodernas que parecen estar marcadas por lo efímero y la fragmentación, la búsqueda de sentido se vuelve una tarea ardua, pero no imposible. Puede que nos preguntemos, si lo religioso puede aportar alguna cosa al hombre en nuestra sociedad nihilista y líquida y profundamente secularizada. Como es sabido, el hecho religioso ha acompañado la historia humana en todas sus etapas, interviniendo en el desarrollo de esta. No es un simple epifenómeno o sobreañadido accidental, sino que es una experiencia existencial necesaria en la vida del hombre

La religión es experiencia, una experiencia de sentido que está en relación directa con las preguntas que se hace la razón respecto a nuestro ser y existir. La experiencia abre al misterio como infinito de inteligibilidad, que no se agota en ninguno de nuestros conocimientos, porque siempre es más que lo que podemos saber de ella. No es un estadio entre lo mítico y lo científico que debemos superar, la religiosidad ha formado parte de la definición del hombre como ser arrojado en el mundo y buscador de sentido.

Mientras exista la humanidad existirá el fenómeno religioso, realidad que dará sentido a nuestra existencia y colmará el vacío de nuestras soledades. Lo religioso en un mundo de inseguridades, dará certidumbre y consuelo, sacará al hombre de sí mismo, le ayudará a mirar al otro, fomentará la fraternidad, denunciará los males que nos acosan y rebasando la justificación con los poderes terrenales que justifican la opresión.

La secularización y la sospecha han sido necesarias y son positivas para depurar los elementos religiosos que oprimen y justifican el poder, pudiendo hacer de lo religioso una fuente de liberación. La crítica de lo religioso ha sido siempre necesaria y sana, un ejemplo fue el propio Jesús. Esa crítica está muy alejada de ciertas posturas agresivas y de rechazo a la persona creyente, pero menos violentas que las furias del creyente radical vinculado a ciertos dogmas religiosos o a quienes los detentan desde el poder.

La religión no brota de la indigencia y la precariedad, sino de la vivencia con el misterio. No es una proyección humana, es algo más que percibir el eco de la propia voz. Es un hecho objetivo en el que alguien se encuentra con Alguien, o al menos, con Algo. El hombre necesita transcender más allá del poder y la sexualidad (V. Frank), más allá de la materia, está necesitado del misterio y la espiritualidad.

En esa confrontación con el misterio, el hombre despliega la doble conciencia sintiente y racional (Zubiri). Esa experiencia de lo religioso, el ser humano la ha ido descubriendo en un logos interno, en una razón que constituye la matriz de su pensamiento en desarrollo constante con la historia de las religiones. Este logos, se manifiesta de una forma original en los símbolos religiosos, necesarios para construir su historia colmada de sentido.

El ser humano con ayuda del símbolo ordena e interpreta su existencia, la reconstruye, va más allá de las cosas y de su contacto inmediato, desplegando esa realidad que está dentro de él y le transciende. El símbolo es un educador en el misterio, es el signo originario de lo sagrado (P. Ricoeur). La conciencia reflexiva, que estaba encerrada en el yo, es enriquecida y “descentrada” por la interpretación (hermenéutica), que descubre que el símbolo no sólo es símbolo del yo, sino hierofanía de lo sagrado.

Más allá de la búsqueda de sentido y poder establecer el lugar del hombre en el cosmos, la religiosidad ha sido y es un elemento cultural de primer orden. Capacita al hombre para el obrar social y ayuda a mantener la sociedad (Talcott Parsons, Peter L. Berger). Por otra parte, lo religioso salvaguarda el proceso de la formación de la identidad, al preservar al individuo de desaparecer por completo en la sociedad, le posibilita el poder preservarse a sí mismo frente a la pretensión social de totalidad.

En medio de la confusa crisis de lo religioso, hay una nueva búsqueda de lo espiritual incluso de forma más radical, volviendo hacia formas politeístas y precristianas, sin gran orden y fuera de lo institucional. Muchos buscadores de espiritualidad ven en las religiones institucionalizadas y oficiales un obstáculo a las fuerzas liberadoras del espíritu.

En medio de esas espiritualidades difusas y místicas, el cristianismo debe mirar a la cultura postmoderna y convertir sus nostalgias interesadas de un pasado triunfante, en servicio a las fuerzas liberadoras y creativas hacia los más necesitados y los últimos de la sociedad. No se transmite la fe desde el saber teológico o filosófico, sino desde el testimonio y la vida, solidarizándose con los más necesitados.  Hay acontecimientos en la historia del cristianismo que no han trasmitido Evangelio, palabras y gestos de los cristianos que han falsificado la Buena Noticia de Jesús.

En una cultura recelosa de lo religioso, pero necesitada de espiritualidad y de sentido, el cristianismo puede aportar una mística del amor y la misericordia en un mundo que clama justicia, equidad y respeto a los derechos humanos. Más allá de los templos y las instituciones, con mucha humildad, el cristianismo debe converger en el mundo, abrazando la realidad de los más necesitados, fomentando la pregunta por el sentido y acoger con una mirada teológica renovada la pluralidad de credos y de pensamientos, en actitud de diálogo permanente.