Viernes, 4 de diciembre de 2020

Los niños limpios

En el buen tiempo, los hombres no conocían el pudor y lo hacían en el muladar seco, pegado a la muralla, junto a la leñera. La prudencia de las mujeres las empujaba adentro, donde las tenadas, entre las vacas.

Las casas con corral gozaban de servicios añadidos, porque tenían así el derecho a la intimidad. Pero la mayor parte de ellas carecían de  ese privilegio. Cuando llegó el momento de los cuartos de baño declinó la industria familiar de los orinales. Y se murieron los ríos.

El escribidor tiene cerca a un señorito. Al señorito no se le conoce profesión alguna, más allá del dinero del padre. Habla con una señorita que tiene una profesión con nómina y otra profesión a la que se dedica por su cuenta. Esta última es por gusto y los compañeros se lo agradecen.

El señorito le habla a la señorita que está de acuerdo en lo que él dice. El señorito siente nostalgia. Vaya por Dios, un señorito con nostalgia no resulta muy creíble y poco rentable para una novela de Rafael Pérez y Pérez. Pero cuando el escribidor escucha la nostalgia del señorito se vuelve como un erizo sin posibilidades de paz. Porque el señorito añora -dice- aquellos viejos tiempos en que su madre iba por los pueblos espigando infancias. La niña de doce años que le parecía la más apropiada a la madre del señorito era la elegida.

Así que la madre del señorito se llevaba a la niña de doce años del pueblo y de su familia hasta su casa de la ciudad. Tenía suerte la niña, seguía diciendo el señorito a la señorita. Porque la madre del señorito le enseñaba todo: lavar, planchar, fregar los suelos de rodillas, cosas muy importantes para una niña que así se iba haciendo mujer. Y todo por cuatro perras, ahora las chicas de servir se han vuelto muy exigentes.

En eso de hacerse mujer la niña arrancada a sus padres y hermanos (y a la escuela) tenía mucho que ver el señorito. Porque sin ser el mayor, era siempre el primero en estrenarla (así se expresaba el señorito, con idioma de los marranos con corbata y un padre muy rico). El acuerdo entre los numerosos señoritos hermanos se cumplía a rajatabla. Primero el señorito parlanchín y luego los demás. Todos Jarrapellejos y unos hijos de perra.

Llega un momento en que el escribidor no puede más, se levanta y se acerca y le habla con el lenguaje más puro de Berceo en La Celestina. El escribidor se acuerda en ese momento de tantas niñas secuestradas del hambre. Del abuso de poder que no cesa. Y que de todos los abusos quizás este sea el más miserable.

Así se lo hace saber al señorito que no esperaba que la conciencia adánica del escribidor pudiera volverse tan salvaje. Para apagar el fragor, la señorita interviene. No quiere que la conversación siga por ahí, donde el escribidor se ha convertido en una guadaña. Y pregunta cómo os lavabais antes los pobres. Se lo pregunta al escribidor. Y el escribidor le responde que ni un solo niño del pueblo  fue sucio a la escuela. Que existían las palanganas, las toallas, y las manos de madre para lavar cuellos, orejas y oídos antes de salir a la calle.

No viene a cuento, ni el escribidor lo dice en este lúgubre momento que le ha tocado convivir con un señorito sin profesión y una señorita con dos profesiones. Pero se acuerda de que cuando era muy niño, una de las vecinas de madre se puso malita mientras cosían en el hastial de la casa, al sol de la costumbre. Y que madre enseguida sacó la palangana para que la vieja vecina vomitase a gusto en ella. Luego, después de pasarse el momento abominable, otra vecina entró en casa y fregó la palangana a conciencia. Pero a la mañana siguiente, antes de ir a la escuela, el niño le dijo a madre que él no se lavaba en esa palangana donde había vomitado la vecina. Que sí. Que no. Y fue que no. Madre buscó un cubo y allí se lavó el niño tan a gusto. Aquella palangana quedó borrada de su historia para siempre. Nunca más volvió a lavarse en ella, recordando el asco infantil de la vecina.

Tampoco volvió a entrar en la habitación del padre muerto.

La vida está llena de instantes que se resisten al olvido. Y de otros que no acaban de descifrarse. Por ejemplo, el escribidor sabe que el cura enfermero que preñó a la sobrina de un cura de pueblo, tuvo un porvenir. Dejó la profesión del Arcipreste de Hita y se dedicó por entero a la otra. Le fue bien y prosperó como sanitario.

El escribidor sabe esto pero ignora qué fue de ella, de la sobrina del otro cura. Tenía una belleza atronadora, pero ser madre soltera en aquellos años del nacionalcatolicismo no debió resultarle fácil. Y al niño ser hijo de cura, ni te cuento.

Los propios curas que entonces no resistían ni una sola tentación pasaban sus apuros. A un cura de un pueblo cercano al del escribidor le pilló un marido en la cama con su mujer. Y el marido no se despeinó siquiera. O eso pareció, porque cogió toda la ropa del cura, incluidos los calzoncillos, y los arrojó al tejado de la casa. Y se fue a la iglesia a tocar las campanas.

Cuando la gente salió de sus casas, la alarma se volvió jolgorio: lo único que vieron fue a  un cura corriendo desnudo por las calles  hasta su casa. El asunto llegó a oídos del obispo. No hizo mucho caso el jefe del cura, estaba acostumbrado a estos jeroglíficos. Así que aconsejó a su hermano en Cristo un cambio de destino. Pero el cura decidió que, ya puestos, mejor cambiar del todo. Dejó de ser cura, se fue a la ciudad, y puso allí una mercería. Luego se murió muy joven, debió coger frío al correr desnudo por las calles de su parroquia.

Llegados a este punto, el escribidor se pregunta el por qué de tantas cosas. Qué fue de los señoritos. Qué fue de la revolución pendiente de aquellos falangistas, los primeros en intentar matar a Franco (después vinieron otros 32 atentados). Se está engañando a sí mismo porque el escribidor ya sabe a estas alturas que la tierra no será nunca para el que lo trabaja, ni en versión falangista ni en versión anarquista. Será siempre de los señoritos, aunque no sepan distinguir un bancal, un cerro, un tempero. Con dejarse barba, les basta.