Lunes, 3 de agosto de 2020

Una carta sobre la justicia y el debate abierto

A raíz del proceso judicial por acoso y violación al productor de cine Harvey Weinstein, iniciado hace unos años, que hizo florecer los movimientos de lucha #me too y otros en defensa de los derechos de las mujeres, se entabló una sonora controversia entre la supuesta radicalidad de la más extrema militancia feminista contra el machismo, frente a otro modo de reivindicación, también de tinte feminista (encabezado en Francia por la actriz Catherine Deneuve), que quería atenuar la fuerza radical de la condena salvando como aceptable el ejercicio de ciertos posibles micromachismos tales como la cortesía, el flirteo, la galantería o la caballerosidad masculinas.

Se reproduce ahora una similar discusión planteada en un documento suscrito por intelectuales estadounidenses que, frente a los actuales movimientos y acciones antirracistas, antiesclavistas y contra la homofobia y la brutalidad policial, reivindica otra forma (¿más ‘civilizada’... ‘moral’... ‘dialogante’...?) de lucha y de condena; otra forma, digamos menos radical, contra esas mismas injusticias; otras maneras de luchar que admitan la discrepancia en su propio seno, la multiplicidad de puntos de vista y una cierta libertad de la opinión contraria, el debate interno o la crítica que eliminaría la, a su juicio, radicalidad del actual activismo progresista que, según los firmantes, busca silenciar cualquier disidencia y solo admite la aceptación ciega de los dogmas y modos adoptados por los movimientos de protesta; dogmas, uniformidades y unanimidades que, según los firmantes del nuevo manifiesto, irían más allá de lo humanitario, de lo solidario e incluso de la misma libertad de expresión en la lucha contra el racismo, el sexismo o la homofobia.

Es probable que ninguna de las firmantes de aquel manifiesto pretendidamente feminista encabezado por la Deneuve fuese machista, y que con toda seguridad todas ellas detestaban y rechazaban el machismo y las formas de acoso a la mujer, pero en un tema universalizado y enquistado hasta en las leyes como el sexismo, el acoso, la violación y el sojuzgamiento de la mujer, que requiere una decisión de lucha radical, ni un paso atrás en una guerra sin descanso que propicie una carga de profundidad reivindicativa en los cimientos mismos del sistema y el pensamiento sociales, la pretendida “dulcificación” que intentaron Deneuve y sus seguidoras de la supuesta radicalidad del #me too, generó munición machista que aprovecharon y siguen aprovechando los fascistas de todo el mundo, y contribuyó a establecer una sutil forma de seudo absolución, una quizá inconsciente defensa de la perpetuación de las formas del machismo y de la aceptación social de sus miserias, eso sí, disfrazadas ahora no solo con los ropajes  de la galantería y caballerosidad, sino con las aristas más innobles de la desigualdad.

Ni uno solo de los firmantes de ese manifiesto de intelectuales publicado el pasado martes en “Harper’s”, cuyo título roba este artículo (hay entre ellos nombres cuyo prestigio, talento y admiración son universales), tendrá la menor duda en cuanto al valor de la lucha contra el racismo, el sexismo o la homofobia, pero su intento de “rebajar”, “aminorar” o “endulzar” las formas de la lucha contra estas lacras, con el argumento de defensa de la discrepancia y contra el dogmatismo, corre el peligro de convertirse, como en la nueva versión “prologada” de HBO de Lo que el viento se llevó o en las chuscas explicaciones antes de las proyecciones de El nacimiento de una nación, en solo una nota al pie de una lucha que requiere sus propios argumentos, toda la fuerza posible, indesmayable constancia y, por qué no, cierta ferocidad. Que un documento que pone en cuestión, siquiera sea en sus formas, una lucha más que centenaria y absolutamente necesaria, se transforme en nada más que una aclaración o una infantil advertencia que no haga mella en los cangilones de desprecio que nutren la dominación, sino que afiance ciertas situaciones actuales que no pueden superarse con solo llamados a la libertad de opinión ni mediáticos rasgueos de vestiduras por la supuesta pérdida del no menos supuesto limpio debate en la pocilga de la desigualdad.  

Tal vez esos intelectuales antiesclavistas que cuestionan las formas del antiesclavismo y esas mujeres que se dicen feministas y que ponen en solfa las formas del feminismo, pudieran utilizar su aparente clarividencia sobre lo que debe ser y cómo afrontar la lucha. Colaborar con ella aportando herramientas mentales, orientando sobre vías de digresión y análisis, ya que parecen conocer las soluciones posibles. Todo ello abriría puertas hacia el objetivo común en un proyecto general lejos del menosprecio y el desdén. Porque tratar de convertir en debate bizantino y teoría de la expresión, en guerra mediática y en documentos cruzados la lucha por los derechos de los marginados en el día a día, tal vez proporcione nombre, titulares y aureola intelectual a sus autores, pero poco aporta a la cruda realidad del sexismo, el machismo y la homofobia (o la brutalidad policial, la miseria, el hambre, el miedo a la vida, el robo institucionalizado o la injusticia cotidiana), porque significa darle la espalda a una lucha urgente, necesaria e inaplazable que necesita tiempo para recorrer el camino de las tripas de la indignación a la cabeza de las ideas.