Viernes, 14 de agosto de 2020

Aguja e hilo 

En este tiempo de quitar hilvanes, asistimos a un verano de calor y extrañeza, a un estío de buena cosecha y espera expectante, porque el éxodo de julio, la fiesta de agosto, el pueblo lleno, la ciudad vacía parecen estar al arbitrio de la falta, al amparo del último momento. Son los tiempos de otra forma de confinamiento.

         La carretera se nos hace extraña por tierras de Medina, ahí donde los pueblos alzan torres afiladas, mudéjar bordado de ladrillo estilizado. Alaejos, Nava del Rey… pueblos donde la iglesia se alza de puntillas sobre sembrados y viñedos, tierra para beberse al abrigo de la villa donde testara y muriera la reina católica, tierras de Medina camino de Olmedo, rutas medievales y renacentistas del afecto y de la literatura donde mora el escritor José Ignacio García y la gala de Medina, la flor de Olmedo, Isabel Alonso, que nos reciben para acrecentar el cariño, para hilar el tapiz de encuentro, para seguir cosiendo las páginas admiradas de una prosa que se enreda entre los cuentos que escribe mi amigo José Ignacio, escritor, crítico literario en el ABC, promotor cultural que a todos nos apacienta con generosidad. El nuestro es un viaje breve y pleno con sabores a pan, a vino, a tierra de hornos que hacen pastas, carnicerías reales convertidas en mercados donde sentarse a brindar por el afecto. El nuestro es un viaje que cose los kilómetros ardientes de una meseta que se estira recién segada, geométrica de alpacas, jugosa de girasol crecido. El nuestro es un itinerario feliz por los castillos de la memoria en las villas donde las Ferias tejían el capitalismo sobrio y conciso del debe y el “ha de haber” y se aprendía la letra de cambio, el peso y la medida de los intercambios en esta plaza infinita de soportales bajo el que se refugia la gente, lenta y calmada de un sábado cualquiera si no fuera por las mascarillas con las que cubrimos la boca que se abre para comer el pan nuestro de cada día.

         Son las costuras de esta extraña vida nuestra. El hilo que se tensa. El mimbre que se cuelga. Hay un aire de tela viva, un trenzado de sombrero de paja, una cuña de esparto para calzar el pie medio desnudo. Es verano, cosemos los vestidos del aire, las camisas frescas, las sandalias de cuero. Y las mascarillas sirven para ganar ese dinero mal pagado de los arreglos, modistas al fin de la ropa que nos sobra, canilla llena y sudor que moja la tela con la que cosemos no solo el ritmo de los días, sino el libro antiguo de hojas de pergamino ¿Quién convirtió en cartera la hoja del libro de cantos, le puso un cierre y la llenó de documentos? ¿Quién se ponía bajo el brazo la notación antigua para salir a comerciar por las calles de Medina con el eco del canto de los monjes sabios reciclado en cartera? Los museos recoletos, los museos pequeños y delicados guardan en el seno de su humildad el regalo secreto, la sorpresa inesperada. Y el viajero de todos los caminos, ese que se desvía de las autovías y recuerda el nombre de los pueblos, la cualidad de sus calles, el sabor de sus panaderías y la atención de su bar de carretera, sonríe ante el hallazgo insospechado. Y cose a puntadas de sol y sudor un verano diferente, el tiempo extraño y caluroso de un estío hilvanado de incertidumbres.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.