El verano de las fiestas distintas

Nunca he estado en Pamplona. Es una de las trece capitales de provincia españolas que me faltan por conocer. Pero de todas ellas, es la única por la que me parece haber paseado alguna vez. Un recorrido extraño, ciertamente, con tiro de cámara alto, morlacos de seiscientos kilogramos a la carrera y una multitud de esas que ahora suscitan el terror. Familiarizado con la cuesta de Santo Domingo, la curva Mercaderes-Estafeta o el vallado de Telefónica, simplemente por los madrugones de julio, esa fiesta aparentemente ajena era también, de algún modo, un rito para mí y para otros miles de personas que nunca hemos paseado por Pamplona.


Como ha ocurrido con los de San Fermín, miles de festejos han sido suspendidos o modificados notablemente, desposeídos de la sustancia de agrupamiento, abrazo y reencuentro masivo. Parecerá que no son tales fiestas sin esos ingredientes, y será difícil discutir que sabrán a poco, o a mucho menos. Las semanas grandes resultarán estruendosamente pequeñas. Las misas sin procesión, cuando ésta se prevea masificada, atraerán quizá a menos devotos. Quedarán muchos cohetes sin encender, muchas orquestas sin recorrer España y muchos coches de choque aparcados en el almacén silencioso y oscuro de las añoranzas. No habrá ferias ni verbenas, tampoco desfiles ni locales de peñas, y donde los haya, será imperiosa la prudencia, que no es sencillo conservar de principio a fin cuando el ambiente festivo se hace hueco. Cuando unos pierdan el control, que los habrá, y ojalá sean escasos, otros habrán de recordarles que la necesidad humana y social de celebrar, de festejar, debe someterse a la responsabilidad y a la salud pública.


Me pregunto, desde el burladero de quien no tiene pueblo con fiesta de verano por añorar, porque mis particulares fiestas grandes ya se han suspendido en Semana Santa y el Corpus, si sabremos responder bien a nuestra necesidad de celebración y de festejo. En mi examen personal considero que sí he asumido adecuadamente la ausencia, la diferencia en el modo de vivir esas fechas en rojo. Incluso me ha podido servir, confío, para esperar con mejor disposición las próximas, cuando quiera que puedan recuperarse. Los pueblos vacíos donde trabajo, repoblados desde hace unas semanas y aún más en las siguientes, han pasado por San Juan y por San Pedro de puntillas, con el sigilo del sano temor. También dejaron a la Virgen de la Salud en su santuario, como es posible que hagan el 15 de agosto con otras devociones marianas. Vendrán La Magdalena y Santiago, Las Nieves y El Salvador, San Roque y San Bartolomé, hasta la Degollación del Bautista, cuando agosto enfríe más que nunca el rostro en los atardeceres cada vez más tempraneros. Pasarán los días y será fiesta sin fiestas. Será distinto… pero será.