Sábado, 28 de noviembre de 2020

De lo viejo y de lo nuevo

En la vieja normalidad, con frecuencia olvidaba las llaves o el móvil al salir de casa, no es que en esta nueva normalidad no me pase, pero ahora también olvido la mascarilla. Claro que al salir veo a la gente con ella puesta y regresó rápidamente a por ella, aprovechando, en alguna ocasión, para coger las llaves o el móvil, siempre que haya alguien en casa que pueda abrirme.

En la vieja normalidad, saludaba a la gente conocida cuando me cruzaba con ella, ahora creo que algunos pensarán que soy un mal educado, porque a muchos no les reconozco con media cara tapada. Además, con esa nueva prenda de vestir puesta resulta complicado adivinar el estado de ánimo del personal al perderse una buena parte de comunicación no verbal que tan útil resulta ¿sonreirá, estará serio, etc.?

En la vieja normalidad podías salir a la calle sin kit de supervivencia. Ahora resulta casi obligatorio añadir a nuestro atuendo una pequeña cartera que contenga una mascarilla de repuesto, un pequeño bote de hidrogel, guantes para una emergencia, y si salen con niños servilletas de papel, unas pajitas de refresco y, por si acaso, algunos palillos ya que en los bares tienen prohibido proporcionar estos productos y también han suprimido el periódico comunitario.

En la vieja normalidad entrabas directamente en las tiendas y comercios saludando a los dueños si eran conocidos. Hoy tienes que pedir turno y esperar en la calle que te toque manteniendo la distancia de seguridad. Yo nunca había visto colas en la puerta de una panadería, una librería, una zapatería o una tienda de deportes, como mucho en el local de loterías, pero así es esta nueva normalidad.

Muchas cosas ya no son los mismo ¿cómo se puede mantener una charla sobre lo acontecido en la última jornada de fútbol o la propuesta del político de turno, en la barra de un bar con una caña en la mano, si hay que estar con una mascarilla puesta y a más de un metro de distancia del resto de los tertulianos? ¿cómo se puede saludar cariñosamente a una persona chocando codo con codo o imaginar la amable sonrisa de alguien a un comentario agradable que hemos realizado? Dicen que los ojos son el espejo del alma y esos sí podemos verlos, pero sin la otra mitad del rostro nos quedamos a medias. Milan Kundera, novelista, dramaturgo y poeta checo, escribió: “Cuando estás enamorado de alguien, estás enamorado de su rostro y se convierte en un rostro que no se parece a ningún otro” Pues si esto es así se acabó el amor a primera vista.

Está claro que las nuevas costumbres, normas, modos de pensar y actuar, etc.; terminan construyendo una nueva cultura y está, con el paso de los años, modifica, el lenguaje, la forma de comer, de vestir, de hacer música, pintura, cine, etc.; y todo se va trasmitiendo de generación en generación pasando a formar parte de nuestra vida cotidiana ¿sucederá esto con las normas y nuevas formas de comportamiento que ya observamos? ¿estamos inmersos en una época de adaptación a un nuevo entorno habitacional hostil?. Pues no sé. Grandes diseñadores, presentan mascarillas a juego con camisas de manga corta y bañadores, las pantallas de metacrilato forman ya parte del mobiliario en los locales, así como las líneas en el suelo a 1,5 metros o las flechas que indican el sentido de la marcha ¡qué es eso de andar cada uno por donde quiere!

Así están las cosas en estos días en que comenzamos a enfrentar un futuro incierto pero una segura y dura crisis económica que esperemos podamos aplacar para rebajar la violencia de conflictos que seguro aparecerán.

No va a ser fácil para nadie porque este nuevo orden que se aproxima no sólo cambiará normas y costumbre, nos cambiará a nosotros mismo, alterará nuestra prioridades, nuestros modos de relación con los demás, nuestra forma de enfrentarnos a la vida, porque muy pocas cosas escaparan al influjo de esta dura situación que, aunque muchos crean que sí, aún está muy presente en nuestras vidas.

Creo que el futuro de la humanidad está en el progreso de la razón a través de la ciencia”, escribió Émile Zola. ¿Estaría pensando el escritor francés en el escaso interés de nuestro gobernantes por destinar recursos a Investigación y Desarrollo? Yo ahí lo dejo.