Jueves, 13 de agosto de 2020

Merecernos

“Berlín disolverá una unidad de fuerzas especiales por sus lazos con la ultraderecha”. El titular de prensa de hace unos días, aun sin entrar en los detalles que lo explican, provoca la misma sensación de desamparo, de impotencia y, por qué no, de envidia, que surge cada vez que en cualquier lugar del mundo los estados democráticos ejercen en su seno la fuerza de querer seguir siéndolo, y adoptan medidas higiénicas, defensivas o profilácticas para su propia defensa. Porque aquí, no.

En un país como España, incapaz de emprender siquiera el inicio de algo que se asemeje a investigación, aclaración o cuestionamiento del franquismo (ha costado la carrera o la libertad a quienes lo han intentado), se antoja imposible que sea cesado o que se cuestione hoy a un mando militar, no digamos toda una unidad, por sus conexione con la ultraderecha. Que sabemos que existen en gran medida. No es de extrañar, entonces, que una noticia como la citada provoque enorme sensación de desamparo, de intemperie, de indefensión y de rabia ante la impunidad permanente y protegida de los responsables (y el progresivo empoderamiento y presencia pública sin complejos de los herederos) de una dictadura entre las más crueles del siglo XX. Tampoco extraña que a la vista de la determinación para disolver hoy unidades de las fuerzas armadas en un país como Alemania, que generó el nazismo y provocó todo el horror que lo definió, los verdaderos demócratas españoles se depriman un poco más, descrean aún más de sus instituciones y desconfíen, ya irremediablemente tras más de cuarenta años de “democracia”, de la veracidad de la ampulosa algarabía que les prometía, en vano, reparación y justicia.

Las razones por las que ha sido imposible, a pesar de repetidos intentos, de abrir el más mínimo debate oficial o investigación judicial no solo sobre las responsabilidades criminales en la dictadura, sino sobre la pervivencia de sus escuderos, sus principios y sus palafreneros, que forman el núcleo actual del fascismo y la reacción política en amplias capas institucionales de la vida española (aquí todavía, como el dictador, se mueren los torturadores en su cama con honores, galardones y recompensas), hablan de poquedad política, de medianía institucional, de ocultamiento,  de miedo inculcado...; dicen del servilismo de cuna y del clasismo de nacimiento, del señoriteo y del amo, del ordeno y mando y del portazo, del hambre y de la hartura, y cuentan una historia triste de temor, temblor y oscuridad tenebrosa, de infiernos prometidos, de dioses vengadores, de cielos y sotanas... Cepos mentales, rediles del pensamiento que perviven en la sociedad española transmitiéndose por generaciones y que, tal vez, explican que hayamos tolerado con aplauso babeante, y todavía, la voluntad del dictador para imponernos reyes a su imagen y autoritarismos a su semejanza, y que nos han convertido en pájaros sin alas, indolentes mirones, cobardes.

Todo atado y bien atado, fue la máxima que el dictador Franco legó a sus herederos que hoy siguen campando por sus respetos en estrados, periódicos, cuarteles, tribunales, parlamentos, bancos y sacristías, haciendo de la democracia española una suerte de juego de mesa donde se busca la mayor parte del poder para evitar el cuestionamiento del pasado, legalizar las mentiras, obstaculizar el esclarecimiento del origen de dignidades y posesiones, además de realizar un intento de desprestigio continuado de quienes se atrevan a inmiscuirse en el negocio rentista de “su” política. Los continuados ataques a organizaciones como Unidas Podemos, Esquerra Republicana, Bildu y otras de convicciones democráticas y principios republicanos, (asociaciones de Memoria Histórica, ONG,s) tienen mucho que ver con la pervivencia de la corrupción política institucional, con la impunidad de personajes cuya sola presencia en puestos de responsabilidad nos avergüenza y abarata los lacres de nuestros palacios.

Solo los pueblos dominados por visionarios, caudillos y dictadores son capaces de imponer el olvido, animar la intolerancia y justificar el crimen. Solo la ceguera justifica la tiniebla del pasado, y solo la lengua arrancada debiera callar. Ser voluntariamente ciego y planeadamente mudo hace que, de vez en cuando, noticias como la que inicia estas líneas nos enfrenten con el escalofrío de la indignidad y la vergüenza. Ojalá más pronto que tarde, como hace ahora Berlín con el nazismo redivivo, como han hecho las repúblicas de Argentina, Chile o Uruguay con las juntas militares que las sojuzgaron, y hacen países que quieren seguir mirándose en el espejo de la justicia, seamos capaces de dar luz a nuestro pasado, que es la única forma de enfrentar el futuro y de merecernos.