Jueves, 13 de agosto de 2020

Grave atropello sionista en Palestina

(Foto: Palesss

Uno de los efectos colaterales de la epidemia es un apagón informativo casi total en cuanto a los sucesos del extranjero, si no tienen que ver con el dichoso virus. Es lamentable, pues lo que pasa ahora mismo en Israel/Palestina es muy grave: el gobierno de Netanyahu está empezando a anexionar Cisjordania al estado de Israel, un territorio que, desde la constitución de ese estado en 1947, era –debía ser, mejor dicho– de soberanía palestina según el derecho internacional. En ese momento Naciones Unidas dividió la zona para dos estados, el de Israel y  el de Palestina, y estableció un control internacional sobre los Santos lugares (resolución 181).

Han pasado más de setenta años y aún no se ha logrado ese objetivo; Israel sigue actuando unilateralmente, como si fuera el único estado soberano existente en la zona, e ignora no solo la voluntad de los palestinos, sino la citada resolución inicial de NN.UU. y otras posteriores, como la 242 y la 338 de 1967 y 1973, respectivamente, que, después de las guerras de los Seis días y del Yom Kipur, exigían su retirada de Cisjordania y de los altos del Golán. Ignora también los acuerdos de Oslo de 1993 (preparados en la Conferencia de Madrid de 1992), que planteaban la recuperación de esos territorios y la soberanía de Palestina, solo reconocida por Israel muy parcialmente. Se da el caso de que los palestinos residentes en territorios que debían ser suyos están sujetos al control militar y policial israelí, que les considera “refugiados”, con grave lesión de sus derechos civiles, y deben sufrir los sucesivos asentamientos de población israelita en su zona, que ya padece un hacinamiento excesivo (más de 2,5 millones de personas en 5.600 km2). Como en el caso del virus Covid, que, por cierto, está golpeando gravemente esos lugares, asistimos a una escalada de atropellos que puede tener, si no está teniendo ya, consecuencias catastróficas.

Las organizaciones internacionales llevan décadas denunciando y tratando de paliar en lo posible una situación muy problemática para los palestinos desde el punto de vista humanitario (inseguridad, desempleo, movilidad limitada). Hasta ahora las reacciones de la comunidad internacional se han reducido a declaraciones más o menos severas, señalando la iniciativa sionista como grave violación de los acuerdos entre naciones. Como en ocasiones anteriores, es el gobierno de EE.UU. el principal y único valedor del gobierno israelita, al que ha dotado de apoyo diplomático, músculo militar y asesoramiento estratégico y de inteligencia desde los años sesenta, incluyendo la vista gorda sobre un arsenal nuclear que ya estuvo disponible y alerta en las guerras de 1967 y 1973. Ahora, con un cinismo risible, si no fuera a la vez trágico, el gobierno de Trump denomina “plan de paz” al proyecto anexionista de Netanyahu, añadiendo combustible a un amasijo de conflictos en una zona que, si albergó las primeras civilizaciones, podría ser también el escenario del Armageddón final imaginado por los profetas del Antiguo Testamento y por el Apocalipsis.

(No creemos inoportuna ni exagerada la referencia religiosa. Aquí, una vez más, se ve la venenosa influencia de la religión –el judaísmo fundamentalista en este caso– a la hora de influir en los estados y suscitar conflictos. La retórica del corrupto Netanyahu se envuelve con las banderas de las doce tribus de Israel y denomina “Samaria” y “Judea” a Cisjordania, como si estuviéramos en tiempos de los profetas Isaías o Jeremías, y no ve otra cosa en Jerusalén que la capital del reino de David y Salomón en un “Gran Israel”. Que entre sus enemigos árabes haya algunos igualmente radicales no sirve de justificación ni de consuelo, al contrario).

Convendría que los organismos internacionales pasaran de las palabras a los hechos, tomando medidas de presión frente a Israel, y que la ciudadanía responsable se movilizara para denunciar este enésimo atropello a la población palestina. Si más no, el estado de Israel debería ser expulsado de NN.UU., como reiterado violador de sus principios y resoluciones.

(Foto: Palestinalibre.org)