Lunes, 6 de julio de 2020

Sí, pero no

Después de permanecer acuartelados más de tres meses, toda persona responsable acaba acomodándose a esta forma de vivir por entender que el esfuerzo ha merecido la pena. Conscientes de que la cosa no va en broma, que mucha gente se muere porque la ciencia no conoce la forma de evitarlo, y que siguiendo el protocolo ordenado por los expertos en la materia se logra disminuir el riesgo de forma palmaria, renunciamos a nuestras costumbres, esperando que la situación evolucione hasta permitir la vuelta a la normalidad.

En esta batalla para vencer a un enemigo invisible, han intervenido varios actores. En primer lugar, el mando gubernamental que ha dirigido las operaciones; en segundo lugar, los expertos en conflictos de esta índole, es decir, personal sanitario, voluntarios y fuerzas de seguridad y, por último, los soldados de a pie, que hemos sido todos los demás. Siendo realistas, hay que reconocer el diferente grado de sufrimiento a que ha estado expuesto cada grupo interviniente. El gobierno se ha visto sometido a la crítica por su forma de dirigir esta guerra, cosa que entra en las obligaciones del cargo; sin embargo, al no estar en primera fila, no ha padecido las consecuencias directas del combate. Sí que ha sido consciente del grandísimo coste en vidas, pero, para tratar de disimularlo y acallar críticas, ha hecho lo indecible por enmascarar la cifra. No ha podido evitarlo, ni dentro ni fuera de nuestras fronteras. Al final, le han entrado prisas para abandonar el mando único de las operaciones. Había que sacudirse la responsabilidad en las espaldas de otros culpables. Ha salido con apenas unos rasguños, porque todos los muertos han caído en los otros dos grupos.

Días atrás hablábamos de la mala suerte que ha tenido España con la llegada de este gobierno. Para completar el razonamiento, hay que añadir que está lamentando la mala suerte de haberse topado con el Covid-19, ahora que venía dispuesto a transformar nuestra sociedad en un mundo idílico. Todos los planes se han venido abajo al tener que aplicar fondos a capítulos que no estaban previstos. Al fin y al cabo, esa extravagante Nueva Normalidad será cualquier cosa menos una normalidad. NI estamos más unidos los españoles –ya se encarga el gobierno de que así sea- ni vamos a salir más fuertes de esta contienda, a las pruebas me remito. Como sigue persiguiéndoles ese maldito virus, ya tenían miedo a que se derrumbara su edificio antes de tiempo y se han apresurado a renunciar a su apuntalamiento. Por si acaso, que lo hagan otros.

Pedro Sánchez sabe que, a pesar de no poder apartar de su conciencia –por mucho que lo intente- un número de fallecimientos por millón de habitantes que coloca a España a la cabeza de todos los países. Esto no ha hecho más que empezar. Sobre todos los españoles se cierne ahora el dudoso honor de tener que soportar las peores consecuencias económicas. En este campo, también nos ha tocado bailar con la más fea. A pesar de todo el autobombo, no se habrán hecho las cosas tan bien cuando los demás han salido con menos heridas que nosotros. ¿Acaso han sido insuficientes los expertos repescados para ofrecer soluciones? ¿Se habrán puesto de acuerdo algunos países para mandarnos sus peores contagiados para hundir nuestras medidas? ¿O es que el odioso coronavirus tenía alguna cuenta pendiente con los españoles y ha querido cobrársela ahora? Seamos serios. Es cierto que nadie se podía imaginar lo que se nos venía encima, pero también lo es que estábamos todos en las mismas condiciones. No fuimos los primeros en sufrir las consecuencias y sí que tuvimos la información suficiente para actuar de otra forma.  Aquí se hicieron las cosas mal desde el principio. Las cifras de otros países lo confirman.

Cuando se le critica al gobierno su falta de decisión en los primeros momentos, lo primero que contesta -después de declararse teatralmente ofendido-: ¿Es que me está Vd. acusando de haber obrado de forma intencionada? No. Sabe que no van por ahí los tiros. Lo que ha distinguido a las naciones afectadas ha sido, precisamente, la diferente forma de atacar el problema. Allí donde se reaccionó con prontitud, el número de muertos –que es el tema primordial- ha sido proporcionalmente menor. Aquí, sabiendo ya cómo se había actuado en otros sitios, se ninguneó a quien alertaba de lo equivocado de nuestra actitud. No es preciso recordar los vaticinios de personas con responsabilidades sanitarias que presumían de lo insignificante de ese virus y las escasas consecuencias que tendría en España. Los peor pensados, quieren relacionar nuestras trágicas consecuencias con las concentraciones que se permitieron en el mes de marzo. Ese puñetero refrán de “piensa mal y acertarás” no siempre es aplicable, pero aquí concurre todo lo necesario para no equivocarse.

Todos los organismos nos colocan a la cabeza de los países más afectados por esta crisis. No es posible que todos estén equivocados. Tampoco lo es que la solución esté en la Nueva Normalidad. Lo que sí es cierto es que el actual gobierno no nos sacará de la crisis. Y es así porque nadie se fía de él. Ni dentro ni fuera de España. Es evidente que necesitamos ayuda externa, y que Bruselas lo sabe y están dispuestos a ayudarnos. Lo malo es que, como ya conocen a Pedro y Pablo, no están dispuestos a poner la cama.

Pedro Sánchez, para tomar la Moncloa, debió tragarse todos los sapos que había soltado en su campaña. Hasta fue capaz de comprometerse por escrito con extremos que nunca figuraron en el programa socialista. Ahora tiene dos caminos: o bien debe plegarse a sus socios de gobierno prometiendo medidas que comprometan nuestra estabilidad en un futuro muy cercano –aunque esté convencido de que no piensa cumplir todas-; o bien debe pregonar en Bruselas un discurso que evite el rechazo total a sus políticas y sus cuentas.

Para todo ello, lo primero que necesita es aparentar un acuerdo con la oposición. De ahí su empeño en chantajear a todos los partidos a su derecha para que le apoyen en nuestras Cortes, sencillamente porque sí. Sabe también que los Presupuestos están a la vuelta de la esquina. Por eso, con una mano marca el camino que debe seguir quien de verdad quiera salir de esta crisis, pero con la otra amenaza a quien ose llevarle la contraria. Pedro Sánchez nunca negociará un pacto de Estado con partidos a su derecha porque sabe que eso equivaldría a dejar sus vergüenzas al descubierto desde el primer momento. Se ha visto que le “ponen” más Podemos. Bildu y los independentistas. Lo lleva en la sangre. En cualquier caso, no está dispuesto a ceder en ninguno de sus postulados y, por supuesto, tampoco admitirá cualquier medida que suponga un guiño a los principios liberales. En su afán por no decir nunca la verdad, estamos de nuevo en el sí, pero no, Bruselas le tiene cogido por los millones. A pesar de estar acorralado, consentirá el cataclismo de nuestra nación, y de su economía, antes que un acuerdo con las fuerzas que aún apuestan por la salvación de los muebles, Su revanchismo es de tal categoría que sería capaz de pasar por encima de su propio partido.