Lunes, 13 de julio de 2020

Bovinos

Apenas superada la primera oleada de la infección sanitaria que tiene al mundo pendiente del hilo de la responsabilidad personal y colgada del miedo a las consecuencias, no han faltado algunas “élites” que, queriendo asimilarse y verse integradas en la tragedia soportada por la cultura en general, y la española en particular, han sido pioneros en reivindicar ayudas, apoyo y continuidad para una actividad, las corridas de toros, que debía haber desaparecido de este país hace ya muchas décadas.

Queriendo calificar de cultura el salvaje espectáculo que significan las corridas de toros, y en general los festejos taurinos, toreros, apoderados, aficionados, picadores, monosabios y otros participantes en la “fiesta” han elevado sus indignadas voces al cielo de la plegaria economicista, banderas al viento, capotes en molinillo, queriendo hacer valer, a falta de argumentos estrictamente culturales, que es el número de personas dependientes vital y financieramente de este salvaje espectáculo, el argumento para exigir financiación pública, exenciones fiscales y tratamiento favorable para el hecho “cultural” de las corridas de toros.

Es de esperar que semejantes ruegos no sean, en poco ni en mucho, atendidos por las autoridades culturales en un tema que claramente se sale de sus competencias y que, además, pudiera “aprovecharse” una experiencia traumática social y cultural para terminar de una vez por todas con celebraciones que no solo constituyen una vergüenza ética de espectro internacional, sino que definen a las sociedades que las toleran (la nuestra, por ejemplo) como sospechosas de un relativismo moral digno de más elevadas empresas.

Aunque sea cierto que el elitismo de la llamada tauromaquia circunscribe sus demandas económicas y fiscales a un reducido número de personas, no lo es menos que ha habido ayudas, recuperaciones, exenciones y tratamientos favorables para otras élites también llamadas culturales (Liceo de Barcelona, costosísimos contratos para la recuperación y exhibición de un cuadro de Gauguin, subvenciones a proyectos cinematográficos, teatrales o fotográficos de campanillas y nombres famosos, pero de dudosa oportunidad en la actual situación…), la pretendida paralelización y asimilación que quieren efectuar los taurinos con las ayudas no menos elitistas citadas, no hace que desaparezca la diferencia fundamental, total, radical e inocultable entre unos y otros y que, si en el caso de aquéllas son muy cuestionables hoy, en el de éstas son rechazables siempre.

Cierre de empresas, escalofriante aumento de las cifras del desempleo, miseria, hambre o la misma enfermedad que las ha potenciado, son problemas que están siendo atendidos puntualmente, mal que bien, por los poderes públicos. Que la cultura es un bien tan necesario socialmente como cualquier otro es tan indudable como que la atención que merece no debe confundirse con la pervivencia de dudosos elitismos, dinámicas clasistas, tradiciones empobrecedoras y, sobre todo, de una vergüenza nacional del calibre de las corridas de toros. Describirlas es describir la indignidad. Apoyarlas, definir lo absurdo.