Lunes, 6 de julio de 2020

En días de solsticio

Como dijera Óscar Wilde y otros tantos escritores, de una u otra forma, han corroborado en sus escritos y obras, la verdadera vida es la que no vivimos. Sí, acaso sea verdad. Pero también, como dijera el poeta y narrador portugués Miguel Torga, “la vida está hecha de nadas”.

Esto es, la vida está ahí a nuestro alcance, en las pequeñas cosas, en las gentes con las que nos topamos a diario, en esas posibilidades que nos dan sentido: las conversaciones con los seres próximos, la presencia de nuestros familiares, los paseos por la naturaleza, la contemplación o, mejor, las contemplaciones, la lectura… ¿Qué más podemos pedir?

La vida está hecha de nadas, de migajas, de minucias, de todo lo pequeño que nos rodea y que tantas veces nos pasa desapercibido, cuando podría ser lo que nos diera sentido y esas pequeñas gratificaciones que todos necesitamos para sentirnos mejor, para percibir que merece la pena existir y que cualquier existencia, la de absolutamente todos, merece nuestra consideración, nuestro respeto y nuestra fraternidad.

Estos días de solsticio de verano, cristianizados a través de la fiesta del nacimiento de San Juan Bautista, si nos detenemos a contemplar el mundo en torno, observaremos una naturaleza plena, llena de flores de todo tipo, desde las más humildes hasta las cultivadas y, aparentemente, más vistosas; una naturaleza en la que los árboles, con sus copas de tan matizados verdes recién estrenados, están mostrando el paso de las flores a los incipientes frutos, que comienzan a formarse.

En los jardines en torno a nuestra vivienda, las rosas, con todas sus variedades, matices, colores, aromas… parecen querer celebrar en silencio la plenitud del tiempo, el predominio de la luz sobre cualquier resquicio tenebroso. Y recordamos al poeta Rainer María Rilke, evocado de modo tan hermoso por el judío austriaco Stefan Zweig, en su tan significativo libro de memorias ‘El mundo del ayer’.

Y recordamos ese enigmático epitafio que el propio Rainer María Rilke escribió para su tumba, en el cementerio de Raron, en el Valais suizo: “Rosa, oh contradicción pura, deleite de ser sueño de nadie bajo tantos párpados.”

Pero esas mismas rosas, que por doquier florecen en estos días del solsticio de verano, las encontramos también, a su modo, a través de palabras imantadas de belleza y sensibilidad, en nuestro Juan Ramón Jiménez –escritor hermano, en tantos sentidos, del propio Rilke–, donde las rosas florecen formando delicados pétalos de palabras.

Juan Ramón, en un poema dedicado “A mi alma”, nos dice: “Siempre tienes la rama preparada / para la rosa justa”… Sí, que importante es tener preparada la rama del alma de cada uno, para ese florecimiento, que siempre nos espera, y que nos hace florecer, machadianamente, hacia la luz y hacia la vida.

La vida está hecha de nadas. Es verdad. Pero esas nadas, de que también hablara San Juan de la Cruz, son el sustrato del existir de todos y nos dan sentido. Disfrutémoslas en estos días plenos de solsticio estival y sanjuaniego.