Lunes, 13 de julio de 2020

La sonrisa de un niño

Guarda misterios tejidos en cadenas oscilantes de ADN. Aquí, unas informaciones, allí otras, que parece que se escapan pero que están concatenadas; aquí esos eslabones dobles (una dextrógira, allá otra levógira). Él no entiende de ácido desoxirribonucleico, ni de adenina y tiamina caminando de paseo, tampoco sabe de guanina o de citosina. Él tiene una terminal nerviosa en las puntas de sus manos, tan poderosa, que le ayuda a establecer contacto con todo lo que toca, y aprender, así, cómo de cálido es el mundo, cómo son las palmas que le acogen, la voz que le arrulla, cómo es, de hospitalario, el lugar que descubre.

Él tiene tres meses y todo por mirar, por ver, por descubrir, porque, como todos los niños, nace con sed, con una sed infinita, inagotable, de beberse el universo, de conocerlo, de explorar, de hacerlo suyo a base de escanear cada cosa que se mueve, cada sonido que oye, cada mirada que se acerca.

A golpe de amor va satisfaciendo sus necesidades más precarias, que le llevarán a los afectos, a las sonrisas, a los vínculos… A construir un espacio propio sobre cómo relacionarse.

De vez en cuando, esboza una sonrisa que regala a quien le mira.

Él no entiende de cadenas porque nace libre.