Lunes, 13 de julio de 2020

Una cierta normalidad

Dicen que el 21 de junio dio comienzo el verano, también dicen que ha finalizado el estado de alarma y que entramos en eso que algunos han definido como periodo de reconstrucción hacia una nueva normalidad.

Normalidad”, según la Real Academia de la Lengua es: la cualidad o condición de lo normal. Y “normal” se define como: cosa que se halla en su estado natural; habitual u ordinario, ninguno de estos adjetivos es aplicable hoy. El caso es que la normalidad siempre es nueva ya que llegar a serlo es cuestión de tiempo. Antes no era normal usar el cinturón de seguridad ni el caso en la motos, era normal fumar en los bares, los cines, los edificios públicos, también era normal que las amas de casa anunciaran detergentes y permanecieran en sus hogares cuidando de sus hijos y su sacrificado marido mientras estos iban con normalidad al fútbol o a tomar cervezas con sus amigos. Todo esto fue normal, incluso, durante muchos siglos fue normal tener esclavos y vasallos, aceptar que la tierra era plana o creer que las mujeres ni eran seres inteligentes ni tenían alma. Por eso la normalidad siempre cambiante, siempre es nueva y siempre es el resultado de la evolución de las sociedades, no de puede imponer por decreto ley por muy nueva que sea. ¡Qué poca imaginación señores!.

Desde el pasado domingo, hemos recuperado las calles, pero con mascarillas; nos podemos sentar en las terrazas, pero manteniendo las distancias y sin poder pedir un palillo, una pajita o una servilleta; los niños pueden usar los parque, pero respetando la norma establecida de una persona cada 4 metros cuadrados. Ahora podemos entrar en los comercios, pero respetando la señalización marcada en el suelo por unas fechas que indican la dirección de la macha. También se puede acudir a los lugares de culto siempre que los geles desinfectantes estén en lugares visibles y se limite la estancia al menor tiempo posible. En las discotecas se puede entrar, pero no bailar en la pista; las piscinas, cines circos, teatros, recintos para espectáculos, todo está ya abierto aunque con limitación de aforo.

Y antes de que todo esto sucediera se volvieron a celebrar partidos de fútbol – cosas de la economía – eso sí sin espectadores o en algunos casos con público figurado, aplausos y griteríos enlatados como en las antiguas series cómicas de televisión. ¿Saben que es lo único que aún hoy permanece cerrado a cal y canto? Las residencias de ancianos y los centros de mayores destinados exclusivamente al ocio. Ellos, por si no habían tenido ya bastante, deben continuar resistiendo confinados y sin aplausos, ya han dejado se ser noticia, ya no se mueren.

Durante estos meses perdimos las fallas en Valencia y las hogueras por San Juan, no pudimos escuchar el chupinazo ni ver correr los encierros en San Fermín. En agosto no se celebrará la tomatina en Buñol, ni los chicos y chicas de Operación Triunfo podrán ir de gira. Este verano no habrá fiestas patronales en los pueblos, ni verbenas, ni comidas populares. Las piscinas naturales estarán cerradas y habrá limitaciones para entrada en las municipales. Tendremos que reservar sitio para poner la toalla y la sombrilla en la playa mediante una aplicación informática o esperar pacientemente a que queden huecos libres. Los abrazos y besos, santo y seña de una normalidad pasada, ahora los vemos como algo extraordinario. No cabe duda de que en esta nueva situación – que no normalidad, eso ya se verá – las viejas costumbre ya no valen.

Y sin embargo muchos incautos creen que ya hemos superado la pandemia porque el estado de alarma nacional no está vigente sin darse cuenta de que ahora el estado de alarma debe ser particular, porque aún hay mucho en juego, porque aún nos queda mucho por hacer ¡miedo me dan los que han perdido el miedo!.

Los aplausos y todos los mensajes de autocomplacencia, deben dejar paso a la responsabilidad individual y además, es imprescindible, para que sea posible una apropiada reconstrucción, que acaben las trifurcas sin sentido y los infantiles “y tú más” dejando libre paso a una crítica colectiva y constructiva sin rancios revanchismos.

Lo que hemos vivido bien pudiera ser una práctica experimental, una prueba piloto, un test de competencia, para evaluar nuestras capacidades como Humanidad de enfrentar situaciones desconocidas desde un estilo de vida que muchos, desde hace ya años, vienen calificando como insostenible. Sí insostenible, por individualista, depredador y basado en la improvisación de unos gobernantes, cuya vista no alcanza más allá de las próximas elecciones, pues parecen no estar dotados de la visión de estado necesaria para llevar a cabo planificaciones estratégicas y continúan instalados en un cobarde cortoplacismo por miedo a perder votos. La pregunta es ¿seremos capaces de aprender algo de todo lo vivido?

Se nos viene encima una durísima reconstrucción y una grave crisis económica, es urgente proteger a los más vulnerables, pero además hay muchas otras cuestiones a las se debe prestar la atención debida. ¿Qué medidas hay adoptarse para paliar o evitar en posteriores ocasiones, las debilidades observadas en nuestro sistema de salud? ¿Cuánto durará esa pasión interesada por las inversiones en investigación, desarrollo de vacunas y medicamentos? ¿Hasta cuándo el enamoramiento social de los médicos, enfermeras y personal sanitario? ¿Cómo se enfrentaran nuestros hijos e hijas al comienzo del próximo curso, en los colegios, los institutos y las universidades? ¿Qué es necesario para avanzar hacia modelos de teletrabajo reales? Porque no es lo mismo teletrabajar, que trabajar en casa. ¿Cómo queremos que sean la residencia para mayores, de que servicios deben estar dotadas, quiénes son los responsables de su gestión? ¿Y de su supervisión? Tal vez la próxima pandemia nos pille a muchos en alguna de ellas.

La vieja normalidad es sólo un recuerdo, no volverá, no debería hacerlo porque tenía muchos defectos que la pandemia ha puesto sobre la mesa. Actuar con responsabilidad nos permitirá aspirar a vivir un verano de cierta normalidad, una normalidad diferente pero que viene para quedarse ¡qué estúpidos seríamos si no nos esforzáramos en procurar que, a la larga, sea mejor!

George Bernard Shaw, escritor irlandés y premio Nobel de literatura en 1925, escribió: “Somos sabios, no por el recuerdo de nuestro pasado, sino por la responsabilidad sobre nuestro futuro” Es hora de decidir hacia qué futuro queremos empezar a caminar.