Lunes, 26 de octubre de 2020
Ciudad Rodrigo al día

La odisea ultrapirenaica de Petra Sánchez Sánchez, vecina de Robleda

Vigésimo noveno capítulo de la serie de Ángel Iglesias Ovejero sobre ‘Exilios y emigración’

La vecina Petra Sánchez Sánchez, varias veces entrevistada en su casa de Robleda por Françoise Giraud y por Á. Iglesias, en presencia de su marido Rafael Pardal Sánchez, rememora su odisea ultrapirenaica, de motivación económica imbricada en la represión del primer franquismo. Tiene muy vivo el recuerdo de su primera salida del lugar en compañía de dos matrimonios, uno de los cuales era el de sus padres y el otro formado por un tío carnal y la viuda de un hombre asesinado, a quienes se unió un mozo veinteañero de El Sahugo. Fue en 1947, cuando ella tenía cinco años. Tras el regreso al pueblo, en plena edad escolar, volvió a Francia unos años durante la oleada emigratoria.

Nació el 18 de noviembre de 1942 en la “Calle de la Miñomingo” de dicha localidad. Fueron sus padres Pablo Sánchez Mateos y Laura Sánchez Lozano, él  jornalero, de 32 años, y ella ocupada en labores domésticas, de 25 años. Pablo era el menor de once hermanos de un numeroso clan, conocido por el apodo de “los Chacas” (motivado por su afición al baile de tamboril, gaita y castañuelas, cuyo sonido imitativo es la onomatopeya chacacarrachaca). Los más conocidos del grupo eran: Juan, Francisco, Pío, Andrés, María y Pablo). Laura también se integraba en una “germanía” amplia: María, Silvestre, Laura, Nicolasa, Juan, Emilia, Martina, Victorino y Ángel; pero no todos ellos llegaron a la edad adulta. En la rama paterna, los abuelos Tomás Sánchez Ovejero e Hilaria Mateos Sánchez, ambos ya difuntos al nacer Petra, eran considerados de la medianía económica tirando a pobres y, aunque con alternativas bastante divergentes durante la República, sus hijos habían terminado por inclinarse más bien por la adhesión al Movimiento, siendo varios de ellos chivatillos y alguno incluso victimario, a cambio de empleíllos en el ayuntamiento nombrado a raíz del Alzamiento. En la rama materna, el cabeza de familia reconocido era Pedro Sánchez Mateos (“tio Pedro Corvo”, por el apellido desaparecido en el linaje), quien con su esposa, Teresa Lozano Sánchez, y gracias a su esfuerzo y el de sus hijos, había mejorado para situarse en una aceptable medianía en la economía tradicional, con tierras y ganado (“labraban con vacas, tenían trigo, pero no tenían dinero”), sin marcada tendencia política en los vaivenes de la época.

Las dos familias habían pagado bastante cara la victoria del general Franco en la guerra civil. En la de Laura contaban dos “caídos” en el frente (el primer marido de María, un  hermano de tio Julio Ovejero “Calzones”) y Silvestre (tío de la informante Silvestra Cabezas). En la de Pablo, a pesar de la notoria participación de algunos hermanos en la represión sangrienta de 1936, ésta la alcanzó de cerca en la persona de su cuñada Isabel Montero Sánchez (tia Sabel la Pasionaria), esposa de Andrés Sánchez Mateos. En la memoria local se cuenta que “Quico Chaca salvó a la Pasionaria [de la ejecución clandestina]”, que tuvo un hermano eliminado en la saca del 13 de agosto de 1936 (Benito o Santiago Benito Montero Sánchez, empleado municipal republicano). Y ella misma fue denunciada, procesada y condenada a prisión en 1937, por un delito que, además de ridículo, era una odiosa provocación de sus enemigos: “ostentar en un hijo suyo insignias contrarias al Gran Movimiento Nacional” (C.857/37).

Estas parentelas, como otras análogas, superaron las duras travesías de la “gripe española” (a Petra le han contado el fallecimiento de dos hermanas en la vecindad, enterradas una detrás de otra), la mortandad de la represión y el hambre imperial del primer franquismo. En pocas palabras, Petra considera que la motivación de aquella temeraria aventura, sin papeles en regla, fue de naturaleza económica (“porque no había para comer”). Pablo Sánchez, su padre, quedó huérfano de muy pequeño y se crió al arrimo de su hermano mayor (“tio Juan Chaca”), y Laura, su madre, al casarse tampoco aportaba una dote como para llevar una vida holgada. De hecho los matrimonios jóvenes seguían dependiendo de los padres y los maridos pasaban a ser considerados “jornaleros”. En 1947 Pablo y Laura planearon llegar a la frontera francesa y cruzarla clandestinamente. Tenían dos niñas: Rosa, de seis años, y Petra, de cinco. El abuelo Pedro asumió quedarse con la niña mayor, y la pequeña iría con los padres. En aquella expedición los acompañaban “tio Quico” y su esposa. Él no era santo de la devoción del Abuelo, por las afinidades que, como su hermano Pío, tenía con el clan de “los Faraones”, con su jefe Rogelio del Corral al frente, secretario del ayuntamiento antes y después del Frente Popular. En el tiempo que éstos tenían la sartén por el mango Francisco Sánchez había sido empleado del ayuntamiento franquista en 1936, pero aquellos servicios y las bicocas ya se habían olvidado. Habían pasado más de diez años larguísimos, estirados en proporción con las panzadas de hambre, y le había dado tiempo de casarse con una persona que no le estaba destinada en principio.

La necesidad ayuda mucho a buscar inesperadas alianzas en la vida, en efecto. Francisco, de 40 años, y Manuela (hija de Pedro Mateos Sánchez y de Juliana Cabezas Samaniego), de 41 años, analfabeta, se casaron civilmente, después de hacerlo “por la Iglesia” el 10 de septiembre de 1945, en presencia del párroco José Mª Martín Martín, de triste memoria. Ella había enviudado al ser eliminado en aquel verano sangriento su primer marido, Emilio Gutiérrez (“Miliu Verduleru”, hijo de José Gutiérrez Ovejero y de María Pascual Sánchez), con quién se había casado el día 4 de enero de 1927. Al cabo de dos años de matrimonio, tio Quico y tia Manuela se embarcaban en esta inesperada aventura. A ella se unía también el refuerzo del joven Manuel o Petronilo, natural de Sahugo, de la copiosa prole de “tia Martina”, que hacía buenas migas con Tasio Mateos Ovejero y otros robledanos en “el Carbonal”. Más tarde se casaría con la robledana Guadalupe (“la Upe”), que ya por entonces era huérfana, pues su padre, Cirilo Gutiérrez Mateos, había sido abatido por la guardia civil en Casillas de Flores (1940), cuando practicaba el contrabando de supervivencia. El rosario de los estragos de la guerra y la represión no tiene cuento por estos pagos. En 2019 “Petronilo” y “la Upe” vivían en Bilbao o alguna otra localidad del País Vasco, con sus casi 90 años a cuestas.

La heteróclita expedición salió de Robleda una noche, presumiblemente en verano, con sus personas y bultos de equipaje subidos en un carro tirado por vacas. Los abuelos y algunos tíos los acompañaron hasta el puente de Vaucarrus (Vadocarros), hoy sumergido en la mal llamada “presa de Irueña”. Después la niña Petra no recuerda la travesía por carretera hasta Ciudad Rodrigo. La fatiga y sus cinco añitos le ayudarían quizá a dormir mientras el tren los dejaba a las puertas de Francia. Allí buscaron unos guías. Ella recuerda que tuvieron que hacerse una fotografía cada uno de los expedicionarios, y las rasgaron de arriba abajo, quedándose los guías con sendas mitades de cada una. Transitaban por sierras de noche y descansaban de día en los pinares y zonas boscosas. Tuvieron que cruzar un río “a chancu” (vadeando), sin descalzarse, a excepción de Pablo, que llevaba a hombros las botas y la niña, quien, sorprendida por la maniobra, preguntó la causa, y su padre le prometió explicárselo más tarde. Las botas servían de caja de ahorros. Los guías parecían tener mucha prisa (“los llevaban a matacaballo”), tanta que los fugitivos sospecharon alguna maniobra oculta, que bien podía ser incitarlos a tirar el equipaje o la comida,  para ellos o sus compinches recuperarlos más tarde. Así que, tio Quico se puso de pies en teso (“si hay que matar a un hombre, se mata”, amenazó con la tradicional “mojaína” y algún juramento). Y siguieron adelante hasta que fueron detenidos todavía cerca de la frontera y llevados a un “campo de concentración”, sin ubicación precisa.

Los hombres fueron a parar a la cárcel, y las mujeres a un centro de acogida (“asilo”), al parecer regentado por monjas, donde tia Manuela y Laura colaboraban en los menesteres de limpieza y cocina. Salían de paseo con Petra, lo que fomentaba la compasión de la gente, que les daba chocolate, fruta y “perras” (dinero), y a tia Manuela le pareció que era de buen augurio esa empatía (“con esta dagala nos ganamos la vida”, bromeó). Pasado algún tiempo, a ella y a tio Quico fueron a recogerlos los hijos habidos en el matrimonio de Manuela y Emilio Gutiérrez, llamados Pedro y José (que había estado estudiando para cura, y lo dejó antes de cantar misa). De ello se deduce que estos hijos habían dado el salto con anterioridad a Francia, donde probablemente habían nacido durante la emigración de sus padres antes de la guerra civil. Y algo parecido sucedería con Manuel (Petronilo) que se fue para la región de París. Pablo y Laura con la niña terminaron en el “château” de José Oreja, sin duda un veterano y afortunado emigrante, al parecer asentado en el departamento del Gers (antigua región de Gascuña, hoy, “Occitanie”). Vivían cerca de la capital del departamento, Auch (conocida patria de D‘Artagnan en la ficción novelesca  de los Tres mosqueteros, de A. Dumas, padre). Allí “arreglaban los papeles”.

La niña Petra no se formó un concepto muy positivo de dicho compatriota ni de su esposa, pequeñaja y avara. Sus padres tenían que trabajar “como burros”, y por el mantenimiento de ella misma les exigían trabajar también el domingo. Después estuvieron en una ferma en Castelnavet, cerca de Aignant, localidades del departamento del Gers, donde permanecieron unos seis años, más bien como obreros agrícolas. Allí terminaron por recalar tia Manuela y tio Quico, porque éste no se hacía al ambiente urbano en las cercanías de París y prefería la vida del campo. Tenían buena casa, cerdos, gallinas. Pablo y Laura trabajaban sin descanso, con la idea de ahorrar y volver cuanto antes a Robleda. Allí recibirían la noticia de que el abuelo Pedro se había quedado paralítico y, a consecuencia, falleció el día 12 de marzo de 1952, de 67 años, en su domicilio de la Calle de “la Jontana”. Esto debió de acelerar la vuelta del trío familiar (y de reata también de la pareja de Quico y Manuela), para ocuparse de la abuela que “iba a meses” con sus hijos. Y por tanto la nieta Rosa tendría que acompañarla o estar al cuidado de algún tío en Robleda. Así que volvieron a por esta hija, y de hecho se quedaron en el pueblo, cuando Petra tenía once años y estaba asistiendo a la escuela en Francia, en unas condiciones penosas. Tenía que madrugar y recorrer sola a pie media docena de kilómetros, de noche todavía, para llegar a la hora de apertura. Pasaba mucho miedo y frío. A ese precio aprendió a leer y escribir en francés. En casa hablaban robreanu.

El regreso del quinteto familiar en 1953 también reservó alguna sorpresa en la frontera. Un exiliado español, llamado Camilo y amputado de una pierna, les había asegurado que sus pasaportes estaban en regla. Sin embargo en los trámites fronterizos observaron que en los suyos (tramitados en Auch) había señales, visibles por alguna marca en el color puesta en el Consulado, que no coincidían con los de otros viajeros y retornados. Los cinco robledanos estuvieron detenidos mientras llegaban informes del pueblo, que fueron favorables, gracias a las diligencias de “tio Quico el Panaero” (Raimundo Mateos, padre del ex alcalde Juan Francisco Mateos). Al llegar al lugar, sin duda a causa de la salida ilegal en 1947 (“habían pasado a Francia de contrabando”),  fueron multados con mil pesetas por persona, un importe considerable para aquella época, aunque era una rebaja conseguida por mediación de un amigo de tio Pío “Chaca” en Salamanca.

Los ahorros de la emigración permitieron montar un establecimiento de bebidas. Habían prestado dinero, algunos miles de pesetas, a un vecino llamado José Carballo (“Atilano”), que éste no podía devolver, así que se quedaron con el bar que él tenía en la calle de los Zapateros, como saldo de la deuda. El negocio, regentado principalmente por Laura,  unido a la ocupación agrícola de Pablo, puso a toda la familia a cubierto de las necesidades. Petra acompañó en la escuela a su hermana Rosa (a quien el cronista  consideraba huérfana) con “doña Felisa”. Para recuperar el tiempo perdido en su formación escolar española, recibió clases “de paso” (particulares), como algunos niños aplicados de su edad o algo mayores (Jesús “del carabinero Casimiro”, la María “Chana”, Mari Paz Lozano, José “del Correo” y algún otro). Las impartía “don Ángel Zato” (falangista, gran cazador, gran borracho y gran maestro, aunque tal vez no hubiera terminado la carrera). Para la niña Petra no hubo otras novedades que la repetición de la primera comunión, porque al párroco Julián Mateos no debió de parecerle suficiente la première communion que ya había recibido en la República de Francia, sin tanto aparato.

Al término del ciclo escolar, e incluso durante el mismo, ambas muchachas ayudarían a la madre en la nueva actividad. Sin embargo, la mayor de aquéllas, Rosa, no tardó en abandonar el nido, pues a sus 17 años (1958), se casó con su novio de la escuela, Matías Vicente (Tati). El nuevo matrimonio se instaló  en Ciudad Rodrigo, al abrigo de una hermana del joven marido, con un comercio que no resultó muy boyante. Así que en 1959 se subieron a la ola emigratoria de Francia, donde pasaron unos siete años hasta su regreso a España. Petra, aprovechando el nacimiento de su sobrina (Rosa Mari) efectuó su segunda salida a Francia, donde permaneció cuatro años (1961-1965). Sus servicios domésticos, consistentes en ocuparse de los niños de una familia de La Varennes-Saint-Hilaire (barrio de Saint-Maur-des-Fossés, a las orillas del Marne, en el sudeste de París), hoy le dan derecho a una modesta pensión. Allí se enteró de la extraña historia de otro exiliado, patética como tantas otras. Un zapatero español había tenido que escapar durante o al término de la guerra civil, teniendo que abandonar en España a su esposa y cuatro hijas. Les enviaba dinero hasta que dejó de hacerlo porque decidió compartir la vida con otra mujer. Un día su esposa se presentó a verlo con sus hijas y se llevó la sorpresa. “He encontrado otra mujer”, le dijo. Y la primera tuvo que regresar con las cuatro hijas y sin marido.

Fue al regreso de esta segunda salida (1965), cuando Petra se incorporó a la gestión del establecimiento de bebidas, bajo la tutela de tia Laura. Y  allí siguió incluso después de casarse aquel mismo año con Rafael Pardal Sánchez, en cuya familia también había habido trasiegos, menos llamativos. Los Pardales, entre ellos Manuel, el padre de Rafael, eran originarios de Zamora, y varios emigraron a Asturias;  y su madre, Marcelina Sánchez Calvo, hija de Clemente Sánchez Pascual y de Maximina Calvo Ramajo, tenía un hermano en Martiago y otro en Villar de Ciervo. La gente de condición modesta y laboriosa viaja mucho más de lo que parece, aunque no sea para hacer turismo. Tati y Rosa, por ejemplo, al término de su periplo en Francia, abrieron un bazar en Madrid (h. 1967), que, como el de antaño en Ciudad Rodrigo, tampoco resultó un negocio muy rentable, y finalmente volvieron a Robleda para ocuparse de los padres de Tati, que por entonces ya “andaban a meses” (los hijos se ocupaban de ellos el mes que les correspondía por turno). Allí hicieron piña con la familia de Laura y Pablo.

El marido de Petra, Rafael, era el menos inquieto y andariego del grupo. Había heredado principalmente el oficio paterno de barbero y se había beneficiado de los saberes adquiridos en las numerosas servidumbres que le habían procurado sus padres desde la niñez, empezando por la guarda de cabras en la dehesa de Aldeanueva (Fuenteguinaldo), aunque terminó por seguir la escuela de tio Quico “Culpa”, maestro albañil. Como tal formaría sociedad con su cuñado Tati, sin nombre oficial, aunque serían conocidos por “Los de Tia Laura”. La marca imponía como reclamo. Ellos, con el tiempo, para las contratas enseñaban sus credenciales: dos magníficas casas levantadas a ratos perdidos en el antiguo “huerto de tia Manuela”.

“La taberna de tia Laura” fue una verdadera institución en Robleda. Durante varias décadas daba vida al barrio de San Juan hasta su cierre a principios de 2008, al jubilarse Petra. En ella, llegado el tiempo, participaron todos los miembros de la familia de Laura y Pablo, las hijas y sus respectivos maridos, Matías y Rafael, e incluso las nietas que tuvieron (Rosa Mari y Laura II). Allí concurrían los jugadores de “la partida”, los parroquianos habituales y los domingueros, los que celebraban meriendas y alboroques, e incluso para los banquetes y meriendas (financiadas por los padrinos) de las bodas. El capricho de la ironía trágica quiso que no muy lejos de su puerta desfilaran a hombros y con los pies por delante, más tarde en coches lujosos, muchos de los antiguos clientes, camino del cementerio. Algunos hombres de aquellos entierros multitudinarios (porque en Robleda se asiste incluso al viaje sin vuelta de antiguos enemigos irreconciliables en vida) se paraban a tomar un refrigerio, y no faltaba algún filósofo estoico que dejara en el aire la socorrida metáfora de la lotería de la Vida (a vel a quién nos toca la próxima vez).

El clan reducido de tia Laura fue tan compacto, que sus miembros han compartido hasta hoy labores y sinsabores, e incluso comidas y cenas, sin otras separaciones que las que la vida misma ha ido imponiendo.  Pablo murió en 1990 y Laura en 1996. Después de tantas migraciones, en 1995 Petra y Rafael, Tati y Rosa compraron por cuatro millones de pesetas la casa de tia Manuela, junto al local de la famosa taberna. En cierto modo ha sido su casa solariega de la que disfrutan hasta donde les dejan los achaques, con buen semblante y animoso talante.