Lunes, 13 de julio de 2020

Altas torres caídas

El pasado es indestructible. Tarde o temprano vuelven todas las cosas, y una de las cosas que vuelve es el proyecto de abolir el pasado.

Jorge Luis Borges. Otras inquisiciones

 

Andan las plateas académicas y las reservas nacionales algo alborotadas con el asunto de las estatuas y monumentos vandalizados y destruídos recientemente en EE.UU. e Inglaterra a consecuencia del asesinato del afroamericano George Floyd a manos de la policía. Que si eso es no entender la historia, que es la que es y no se puede cambiar; que si eso no son maneras; que dónde vamos a parar, ¿echando abajo el muro de Adriano, las pirámides de Egipto o el acueducto de Segovia, hechos con trabajo esclavo? (Los indignados suelen llevar la argumentación al absurdo y casi no vale no la pena entrar al trapo).

Tómenselo con calma, Señores. El asunto viene de lejos y no parará aquí. (Y no me refiero al asesinato de negros a manos de la policía, aunque también es el caso; ya en los años setenta un líder afro decía estar harto de asistir a funerales –de su gente, se entiende–; pero lo podría haber dicho un siglo antes cuando se fundó el primer K-K-K).

La destrucción de monumentos o elementos simbólicos del pasado la practicaron ya los egipcios antiguos, que borraron cartuchos con nombres de ciertos faraones y altos funcionarios. Siguieron los judíos mosaicos, a quienes Yavéh ordenó, refiriéndose a pueblos vecinos, "demoleréis sus altares, (…) derribaréis las esculturas de sus dioses y suprimiréis sus nombres de aquél lugar" (Deuteronomio, 7:23-24). Claro que luego ellos recibieron doble ración de su medicina y por eso hoy solo queda un muro del templo, construido dos veces; siguieron luego los jerarcas asirios, helenísticos y romanos, a veces dispuestos a destruir toda referencia a algún antepasado odioso; y podríamos seguir hablando de los iconoclastas medievales o de las quemas de libros heréticos por los tribunales eclesiásticos, de la destrucción de templos islámicos y judíos en Europa o de cultos indígenas en el Nuevo Mundo…

El caso es que la iconoclastia forma parte de la historia, lo mismo que los símbolos que destruye y las cosas y sucesos o personas a los que esos símbolos se refieren. (Dicho sea de paso, un error muy común y pedestre es confundir el objeto de ese furor destructivo, que no es abolir el pasado –y aquí debo corregir a mi admirado Borges–, algo que está más allá incluso del poder de un hipotético Dios, sino la valoración que se ha hecho de él en un momento dado y que encarna en esos símbolos. Precisamente la historia es cambio y cambia también la apreciación que hacemos de ella). No por eso toda destrucción de símbolos merece nuestra aceptación aquí y ahora. ¿En qué casos sí y en qué casos no? Depende, como diría un gallego.

Yo, por ejemplo, no eliminaría una estatua de Colón, pero tampoco la pondría; preferiría erigir una al Padre las Casas; y, sin embargo, por otro lado comprendo la actitud hostil de individuos descendientes de la población indígena americana o africana respecto de una figura pionera del colonialismo, como lo fue Colón. (Desde luego, fue muchas otras cosas y quizá me detenga en otro momento a señalarlas).

Pero vayamos a las formas. A las gentes de orden les repugna tanto la eliminación del monumento como el hecho de que se acompañe de conductas “vandálicas” y sin el debido proceso administrativo/político. Ahora bien: esa actitud ignora que la presencia de imágenes de genocidas, dictadores u opresores en la vía pública es en sí misma una violencia simbólica y una afrenta intolerable para personas con sensibilidad democrática y humanista.

No hay que ir muy lejos para recordar un ejemplo señero: hasta hace pocos años tuvimos que soportar la vergüenza del medallón de Franco en la plaza Mayor de Salamanca, que el alcalde F. Mañueco hubiera querido mantener si no hubiera sido por un mandato judicial que se lo impidió. Imaginemos que la orden judicial aún siguiera pendiente o le hubiera sido favorable (cosa no inverosímil con nuestra judicatura): no sé ustedes, pero a estas alturas yo estaría pidiendo escaleras y macetas para poner fin a la situación, junto con todos aquellos que comparten mi actitud, que no son pocos.  Luego podríamos hablar también de los valores estéticos del relieve, de su integración en la serie de medallones de la plaza y de lo que ustedes quieran. Pero sobre los cascotes de la historia.

(Imagen: estatua ecuestre de Theodore Roosevelt, recientemente retirada del Museo de Historia Natural de Nueva York. Foto de Wikipedia Commons)