Viernes, 4 de diciembre de 2020

Félix y Antonio

Cartas le fueron venidas a Antonio Mata Huete, hijo y poeta de Villacañas desde donde había partido a lomos del joven Mississippi su libro " Ecos del desasosiego". La poesía de Antonio Mata salió buscando al mundo desde el dolor a los epílogos y el mundo le devolvió una memoria en movimiento.

Encontró pronto una respuesta a su medida en el País de la Zurriola donde Félix Maraña oteaba las mesetas y las germinaciones. El poeta del País de la Zurriola respondió con un introito denso, lúcido, y tan puro como un arrabal de niños, que acumuló un su largo trayecto por el tiempo y por las cosas.

Antonio Mata Huete eligió que su último libro fuera versal. Si volvió a los orígenes, si acudió a esta forma de construir versos,  no es porque la moda sea otra, que en poesía no hay atuendos actuales o antiguos, hay poesía o no hay poesía. Con esta forma de ser a la hora de los versos, tan propia de Cernuda o Kavafis pongamos por caso, no sé si Antonio Mata Huete pretende que el lector descanse al final de cada verso, que cada verso tenga vida propia por sí mismo y no dependa del anterior, qué más da. El caso es que en “Ecos del desasosiego” hay una poesía musical, hija del ritmo centinela alerta que en su puesto está siempre.

En el introito de Félix Maraña no hay dogmas. Su pánico al pasado inicia una reflexión amplia antes de entrar a saco en el libro de Antonio Mata Huete. La exposición de Félix Maraña no es una impertinencia, ni una obnubilación cenobita, ni un regate a los versos del poeta de Villacañas. Es una advertencia muy ponderada e imprescindible para avisar de lo que nos espera.

Antonio Mata Huete no ha escrito un verso de más ni de menos. Tampoco puede decirse que nos haya dejado un poemario dulzón. Para edificar esta casa acude a él mismo, a todas las geografías que le vivieron. El libro está lleno de poesía y de ideas. En él escasean los mármoles, pero no la feracidad de las rotundidades. La mentira estará en otras bocas pero no aquí donde la inmovilidad dejó de existir para dar paso a una torrentera de hachones que ayudan a ver, a sentir, a intentar saber qué pinta el hombre más allá del satélite vaciado en las fauces del tiempo.

El tiempo. En manos de Félix Maraña el tiempo no tiene coartadas. El feudalismo del tiempo, según el poeta del País de la Zurriola, ni se discute ni se disuelve. Él sabe qué tiempo está detrás de los muros y cuál delante de los caminos. En cualquier caso los dos tiempos -que en realidad es uno solo, proclama- valen mucho más que una reina loca o el destierro verde de obreros que empiezan sin cadenas cantizales y  esperanzas.

El libro de Antonio Mata Huete es hermoso y duele. La belleza porque es un galería con una cosecha de literatura que le sale por las arquerías, con  imágenes voraces en busca de respuestas a sus vertederas proposiciones. El lector no ha perdido la memoria del placer y llega otro poema exigiendo un cara a cara como los hombres remotos de pueblo y del honor. O como la cintura de una muchacha con todos sus afluentes. Esto lo pienso yo por mi cuenta, porque Antonio Mata Huete ha puesto a andar a los poemas como si fueran de agua brava. Cada verso es un estoque.

Ya dicen los que saben que no debe haber más poesía en el prólogo de un libro que en el propio libro. Las cartas que llegan desde el País de la Zurriola cumplen este requisito. Lo que pasa es que en ninguna parte está escrito que el prologuista no piense, a partir de hacer la digestión de un libro tan murmurante como este. Niego la mayor: que  Félix Maraña haya sido caníbal con Antonio Mata Huete. Lo que hace Félix Maraña es merodear sobre sí mismo, sobre su propio conocimiento, para que empecemos con un barbecho exacto después de su laboreo. Y pone por testigo a otros poetas para que nadie le acuse de egocentrismo. Félix Maraña hace pensar y sentir, Antonio Mata Huete hace sentir y pensar.

En los poemas finales Antonio Mata Huete acorta los versos, como si tuviera más prisa, o alguna urgencia, o un convenio con un lenguaje más itinerante, va directo a una cierta lujuria llena de ausencias, teme no despertar, o teme quedarse a dormir en el banco de todos los olvidos. Será porque en el poeta no se acostumbra a  hallarse sin ella. Porque sí, también hay poemas de amor en este mar que no es necesariamente de aguardiente.

Y es Antonio Mata Huete quien llama a sus matorrales poéticos a un numeroso grupo de poetas tupidos por la historia de la poesía. Para que acompañen su desasosiego.  Todos los poetas se exigen estar a solas, pero nadie quiere escribir solo.

Y de todo ese andamiaje con Félix Maraña y la compañía de los fervores no nació un libro colectivo sino un libro en libertad que se sostiene a sí mismo porque es hijo de un solo poeta: Antonio Mata Huete.