Lunes, 13 de julio de 2020

Ciento cincuenta años sin Charles John Huffman Dickens

Escritor autodidacta, solo dos años y medio pasó en una escuela privada, consiguió empleo como pasante de abogado en 1827, su vocación era ser dramaturgo y periodista. Aprendió taquigrafía y, poco a poco, fue levantando cabeza a la vez que pulsaba las teclas de la máquina de escribir, consigue ganarse la vida; empieza redactando crónicas de tribunales para acceder, a un puesto de periodista parlamentario y, bajo el seudónimo de Boz, publicó una serie de artículos inspirados en la vida cotidiana de Londres (Esbozos).

El mismo año, casó con Catherine Hogarth, hija del director del Morning Chronicle, periódico que difundió, entre 1836 y 1837, el folletín de Los papeles póstumos del Club Pickwick, y los posteriores Oliver Twist y Nicholas Nickleby. Las publicaciones por entregas creando una relación con su público, llegó a ejercer una importante influencia, en sus novelas se pronunció de forma más o menos directa sobre los temas del momento.

Como todo escritor tuvo metamorfosis, desde un estilo ligero al compromiso social, bien retratado en la novela de Oliver Twist. Las primeras novelas le proporcionaron un enorme éxito popular y le dieron cierto renombre entre las clases altas y cultas, fue recibido con grandes honores en Estados Unidos, en 1842; pronto se desengañó de la sociedad estadounidense, al ver reflejada en ella los vicios y defectos del Viejo Mundo. Las críticas, reflejadas en artículos y en la novela Martin Chuzzlewit, indignaron en USA, la novela fue el fracaso más sonado de su carrera. Se repuso y volvió a gozar del favor del público con CANCION DE NAVIDAD.

Los hijos que nunca moriran,como Oliver Twist, David Copperfield, Little Dorrit, Pickwick, Scrooge, Little Nell... son algunos de los dos mil hijos de Dickens. Solo personajes como Virginia Woolf y algún que otro Casanova, fueron capaces de decir de él que carecía de sentido psicológico ¡Alguien de ellos dio más que Charles! Yo diría que eran miembros del Club de la envidia, o de los LETRAHARIDOS, tan numerosos en el mundo literario.

Charles fue breve tiempo un niño alegre y feliz vivía en el pueblo fluvial de Chatham (Kent). Dickens tenía nueve años, caminaba una mañana con su padre, John, un tipo elegante, guaperas, jovial, pero con la cabeza igual que la veleta, llevada por el viento de las mujeres, alcohol y juego. Pasan ante una mansión llamada Gad’s Hill Place, de finales del XVIII, John le comentó a su hijo que esa sería una casa acorde a las necesidades y estatus de un triunfador.

Treinta y cinco años después, el niño pobre, convertido en el escritor más célebre de su era, compró billete en mano la villa y sus inmensos jardines por 1.790 libras, y en ella muere en junio de 1870, a los 58 años. Fumador desde los quince, bebedor, castigado durante lustros por gota y hemorroides, se desplomó por un ictus en el salón de Gad’s Hill para no despertar más a la vida de los mortales

 Su vida de niño fue cruel, el 9 de febrero de 1824, dos días después de cumplir doce años, sus padres le ordenan comenzar a trabajar en Warren Blacking, almacén de betún a orillas del Támesis. La idea fue de su madre: el niño podrá echar una mano en casa con un sueldo de seis chelines a la semana (unos 30 euros de hoy). Atrás quedaba su infancia en Kent, donde iba al colegio como un niño de su edad. Atrás dejaba la vida rara que había llevado desde que su familia se había mudado a la gran ciudad de Londres, vaga por los campos de Camden; sin escolarizar, sin nada que hacer, solo leer  todo lo que caía en su mano,  curiosear por los teatros y calles de la abrumadora metrópoli.

 En el almacén Warren, atestado de ratas, húmedo y hediondo, el niño Dickens trabaja más de diez horas al día pegando etiquetas en botes de betún.

Pero esa no era toda la humillación que iba ver el pequeño Charles. Su padre John, funcionario pagador en la Marina Británica, es encarcelado en la Marshalsea, cárcel para morosos de Southwark, tras la denuncia de un panadero que destapó numerosos pufos. Acorde a la costumbre, cuando John ingresa en la prisión de insolventes, su mujer y sus hijos se van a vivir con él a sus celdas. Solo Charles permanece fuera para conservar su trabajo, debe pasar su día libre en la prisión y cenar cada noche con su familia.

 En un golpe de fortuna, llega la herencia inesperada, fallece la abuela, lo que permite a su padre saldar las deudas y dejar la prisión. Pero su madre obliga al niño a continuar esclavizado en la fábrica de betún. Posiblemente aquí nace el odio hacia ella.

Con solo 24 años, despega con un serial titulado Los papeles del Club Pickwick. De la última entrega se despachan 40.000 copias. Está naciendo el mito.

Sus críticos le achacan un exceso de sentimentalismo, anclado en unos estereotipos superficiales. Pero el público, juez definitivo, sucumbirá a su humor, compasión y conocimiento de primerísima mano de las negruras del alma humana.

Él y su amante -o mejor dicho, su verdadero amor-, la actriz Ellen Ternan, 27 años más joven que él, la que conoció cuando tenía 45 y ella 18, quemaron su correspondencia, en una época puritana que no aceptaba una relación fuera del matrimonio. No olvidemos la rigidez de la ERA VICTORIANA.

El escritor dejó por escrito el testamento funerario: discretas pompas fúnebres en Rochester. Su voluntad fue respetada a medias. El funeral contó con menos de treinta asistentes... Pero se ofició en la Abadía de Westminster y fue enterrado en el Olimpo de las letras, la Esquina de los Poetas, bajo las miradas de Milton y Shakespeare. 

Estuvo la tumba abierta varios días para que sus seguidores se pudieran despedir el maestro de las letras. El pueblo inundó de flores la tumba, arrancadas con sus manos en el camino hacia Westminster. Al final de la primera jornada, un millar de personas todavía aguardaban ante la Abadía para rendir sus respetos al hombre que había contado sus vidas, que los había entendido, o que al menos había tenido la consideración de tenerlos presentes.

Gracias amigo Charles John Huffam Dickens, por saber llegar al alma de una época en la que un niño nacía para trabajar, vivir en la humildad y miseria.