Lunes, 13 de julio de 2020

Cantar de gesta unionista

Hoy tenían que haber comenzado los octavos de final de una Eurocopa desperdigada por todo el continente (porque en su momento sólo la quería acoger Turquía) y finalmente aplazada hasta 2021… si la situación sanitaria lo permite. La parte redonda y circense del pan y circo ya rueda, sin embargo, a puerta cerrada en España desde hace un par de semanas. Transita la Liga de Primera División por la jornada 32ª y la de Segunda A por la 36ª, aunque ahora tienen nombres de banco. No recuerdan los más jóvenes que hubo un momento en que, terminados los campeonatos, se enfrentaban equipos de Primera con equipos de Segunda A, para dirimir si los unos alcanzaban el aprobado raspado de la permanencia o los otros transformaban su notable en el sobresaliente del ascenso. Hoy justamente se cumplen veinticinco años de un partido que no fue de sobresaliente, sino de matrícula de honor, protagonizado por el equipo más grande que nunca ha existido ni existirá. Porque era el nuestro. El de Salamanca: ¡la Unión!

Sí, aquella Unión Deportiva Salamanca que desapareció hace siete años y nueve días, que se fue, claro que se fue, y que no vuelve, porque es imposible. Unión sólo hubo una, aunque duela su ausencia, que resuena en los versos que pude rescatar la otra noche, entre los rescoldos de una ensoñada pero no menos ardiente hoguera de San Juan. Brasas de verano que se llevan mascarillas y mentiras, errores y nostalgias, pero dejan romances anónimos que todavía se entonan a la luz de la luna con la melodía inolvidable que se graba en la memoria cuando tu equipo consigue el triunfo más inimaginable…

Fue un veintisiete de junio

del año noventa y cinco

cuando se hizo el silencio,

el del último suspiro,

para que llegara al área

desde la bota de Sito

el balón más anhelado

que jamás a un área ha ido.

Llegó al punto adecuado

del salto limpio y preciso

de Urzaiz: de espaldas al arco,

de cara al gozo y al grito,

de su cabeza a las mallas,

camino ya del delirio

unionista en el Belmonte,

de Albacete al paraíso…

 

La permanencia que se celebraba allí por las buenas gentes del Albacete Balompié, en unos minutos de descuento que parecían ya de la basura, con sus pérdidas de tiempo desquiciantes y sus amagos de tangana, se convirtió, por arte de Urzaiz, en euforia aquí, aguardando treinta minutos en los que el equipo de Juan Manuel Lillo pudiera rematar la faena. Fue entonces cuando bajamos a avisar a Jesús para que subiera a casa a ver el partido, que se alargaba maravillosamente. Cuántas veces habré visto, en los vídeos que restauran el orgullo y cicatrizan la herida de la ausencia, pasar a ese trabajador del club local, con su chaquetilla granate de noche de lluvia y su brazalete blanco, portando una silla plegable junto a la esquina donde iba a sacar Antonio Díaz, que en paz descanse, un córner bien forzado por Vellisca. Tocó el banderín y dio un punterazo con su bota izquierda antes de golpear el balón con la derecha. Era el preludio del 0-3, del gol del ascenso. Minuto cinco de la segunda parte de la prórroga. Otra vez Ismael Urzaiz, el más notable de los nuestros luego, aunque ese año se lució poco de blanquinegro. En Albacete lo hizo a lo grande, y de morado.

 

Fue un veintisiete de junio

con camiseta morada,

a las órdenes de Lillo,

cuatro-dos-tres-uno manda,

con Olabe bajo palos,

el último día de Balta,

con un gol de Torrecilla

y Josema por la banda,

con Díaz y con Medina,

Quiroga, Quico y la magia

de Barbará con el diez

mientras Vellisca cabalga

hacia el quinto, porque el cuarto

es Carlos quien lo regala.

¡Así se sube a Primera!

¡Así venció el Salamanca!

 

Salamanca entera se llenó “de gritos de la afición”. Nunca fueron más ciertos los versos de Pepe Ledesma, que desbordaron el estadio para inundar ciudad y provincia: “Cuando el equipo volcado lucha y brega con amor”. Hoy, veinticinco años después, ya sin la Unión, y ya sin unión, justo es hacer memoria de aquella gesta que cuentan protagonistas y testigos, los valientes que confiaron y viajaron aquel martes hasta La Mancha para contemplar cómo se fundía el queso mecánico de Floro al paso triunfal de nuestra Unión Deportiva Salamanca. ¡Qué grande eras, Unión!