Lunes, 13 de julio de 2020

Si sale con barbas, San Antón...

El pasado domingo, día 7, asistíamos a la decimocuarta sesión del Aló Presidente. Se explayó presumiendo de haber conseguido su gobierno «el mayor desembolso jamás aprobado para las comunidades en la historia reciente de la democracia, destinado a la sanidad pública y a la educación pública» Además, como en “Bienvenido Mr. Marshall”, «son transferencias directas, no préstamos, que no tendrán que devolverse» 
 
Yo pensaba que esta especie de vía crucis televisivo terminaría –como el de Jerusalén- con la decimocuarta estación, pero, a juzgar por el gustillo que experimenta Sánchez cada vez que pretende atragantarnos la comida, estoy convencido de que aún se nos aparecerá muchas más veces. 
 
De entrada, si lo que pretendía era aliviar la angustia económica que ha ocasionado el Covid-19 a las Autonomías, con esa cifra -16.000 millones para 17 Autonomías y dos ciudades autónomas- no solucionará los muchos aprietos que tienen, y los que vendrán. Basta escuchar las declaraciones de sus presidentes. Todo el mundo echa pestes por el importe y por el criterio seguido para su reparto. Sí, ya sé que lo normal es que todo presidente deba reclamar siempre más fondos para los suyos; pero tampoco es normal que ninguno –ni los de su cuadra- esté de acuerdo con la cantidad, el prorrateo ni la demora para cobrarlo. Vista la experiencia del retraso en el pago de los ERTE, ya nadie se fía de este Pinocho. No obstante, ¡PELIGRO! Eso de que el dinero público no es de nadie, ya no cuela. Cuando los fondos del Estado están como la mojama, cualquier euro que reparta este gobierno, amable lector, ya sabes de dónde va a salir. Son muchos los faroles que ha encendido Sánchez y Dios quiera que no se quede sin aceite antes de tiempo, porque ya tiene quien le propone la fórmula mágica que ha solucionado todos los problemas allí donde ha desaparecido la democracia.
 
Cuando se le pidió una explicación lógica –otra más- a la gran diferencia en las cifras de fallecidos según la fuente de procedencia, volvió a disfrazarse de Cantinflas y se inventó aquello de que eran cifras complementarias. Ahora me explico lo de su tesis. Se ve que la solera del Ramiro de Maeztu ya comenzó a resbalarle en el bachillerato. A pesar de que optó por la rama de Letras, todo estudiante normal sabe que dos ángulos complementarios son los que sumados equivalen a uno recto. Sr. Sánchez, si esas cifran fueran complementarias, estaríamos hablando de casi 70.000 muertos. En este asunto, siendo algo más aplicado en Geometría, habría sido más apropiado calificar las dos cifras como opuestas por el vértice, y eso sí que sería mostrar más rectitud. 
 
Es un hecho contrastado que estamos superando la peor etapa de los contagios por Covid-19. Conforme avanza la pandemia, nuestras estadísticas mejoran sensiblemente. Todo debería conducirnos a paladear un porvenir más halagüeño. El gobierno, sin embargo, sopesa la disyuntiva entre garantizar la salud o la economía y, si bien la salud es lo primordial, tampoco se puede condenar a la más que segura miseria a todo un pueblo, amordazando todo su tejido productivo. Posiblemente, la solución salomónica no sea la mejor, pero Sánchez ha tomado  ese camino acuciado por las circunstancias. Se ha abierto el grifo de las concesiones y algunos lo han interpretado como la llegada de la barra libre. Un nubarrón oscurece tanto optimismo: la amenaza de un rebrote. Las noticias que llegan del exterior y los pequeños sobresaltos que facilitan algunos irresponsables internos, hacen que no se pueda descartar esa vuelta atrás Si ya es difícil nuestra situación, un rebrote sería nuestra puntilla.
 
El comité de sabios de la Moncloa ha encontrado la salida más “valiente”: “Presidente, has tenido una brillante actuación al frente de esta crisis y no debes enturbiar tu fama a última hora. Suelta amarras y, de ahora en adelante, que sean otros quienes carguen con la responsabilidad de los problemas que puedan surgir”. Llegadas todas las autonomías a la Fase 3, tendrán que ser sus dirigentes quienes manejen esa estupidez llamada Nueva Normalidad. Si algo sale mal, ya me temo una nueva edición del Aló Presidente, y un vanidoso Sánchez espetando a bocajarro: ¡No se os puede dejar solos!
 
Toda la dejadez exhibida en el tratamiento de la pandemia se convierte en diligencia a la hora de cargar el muerto sobre espaldas ajenas. En las calderas de la Moncloa se cocinan los métodos más eficaces para el adoctrinamiento de masas. La fórmula es muy vieja: aplicar la sordina a los trapos sucios propios y aplicar el ventilador gigante a los del adversario. Cuando la tormenta arrecie, se procede a desempolvar muletillas populistas. Hay que actualizar el rechazo a la gran empresa y a la iniciativa privada, mostrar mano dura con la Iglesia y la Banca, acabar con la naturaleza militar de la Guardia Civil y, en el súmmum de la progresía, meter mano a la Constitución para cambiar la forma de Estado. Cualquier manifestación de esta índole suele ser aprovechada por quienes, refugiados en la masa, desean destruir lo que esté a su alcance o saquear establecimientos. Lo acabamos de ver fuera de España con ocasión de la muerte del ciudadano de color George Floyd, pero aún recordamos escenas parecidas en algunas de nuestras ciudades.
 
De este gobierno de coalición -aunque tiene muy a gala no ser nada católico- también podíamos decir aquello de “Tanto monta, monta tanto”. Los dos jefes máximos del negocio se intercambian el caballo a voluntad, siempre que el otro no interfiera para nada la cabalgada. “Yo te apruebo lo que tú pretendes, si tú accedas a mis propósitos. A nuestros lugartenientes hay que utilizarlos cuando nos sean útiles; después, que se busquen la vida por su cuenta”.
 
Así pues, de ahora en adelante, asistiremos a toda una serie de maniobras que, bajo el pretexto de acabar con formas políticas trasnochadas, tengan, sin embargo, como última meta la España del Frente Popular. Todo apunta en esa dirección. Al fin y al cabo, Sánchez no es más que un podemita, pero con corbata. Ahí está el uso torticero de la Fiscalía y la Abogacía del Estado. Se busca más la revancha que las reformas. Quienes reniegan de la monarquía y sueñan con la república, pasen revista a nuestra historia y recuerden cómo pagó la extrema izquierda a Alcalá-Zamora haber advertido que una Constitución como la que se redactaba en el 31 acarrearía una Guerra Civil.
 
En estos momentos, no se busca, por ejemplo, poner las bases de una política de educación que, en quince o veinte años, desemboque en una sociedad mejor instruida que la actual, ni se pretende garantizar la defensa del idioma castellano o la exactitud en el contenido de los textos. Lo que se busca, de forma descarada, es ganar las próximas elecciones. Tampoco se quiere asegurar la unidad e igualdad entre todos los españoles. Lo primero es garantizarse los votos suficientes; lo de menos es la forma de conseguirlo. Si algún problema puede ensombrecer la labor del gobierno, como la marcha de nuestra economía o el fracaso en la gestión del covid-19, se decreta el silencio oficial y nada aparecerá en primera plana.
 
Hasta lograrlo, viviremos toda una cadena de ataques a quienes no piensen como el gobierno y, además, serán censurados y ridiculizados por no confiar en la Nueva Normalidad. Que Dios nos coja confesados.