Lunes, 28 de septiembre de 2020

Quédate, Señor

Vivir consume nuestras energías y ningún alimento material puede proveernos energía de una vez para siempre. De modo análogo, la celebración eucarística restaura nuestras energías espirituales y sostendrá nuestra esperanza «llegada la hora», de la felicidad eterna y alimentados de esta esperanza se nos hará llevadera esta andadura existencial que a veces se nos hace penosa y cuesta arriba y fuera imposible sin el alimento de la gracia. Nuestra «roca», el ancla que nos permite sobrevivir el oleaje de la existencia, es Jesús: «El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él» (Jn 6,56) y esa es nuestra única certidumbre en muchos momentos.

Jesús se hizo pan, comida, se dio a sí mismo. Él es el pan de vida, quien lo come vivirá para siempre. «Nada refleja mejor el amor del corazón de Dios que la Eucaristía. Es la comunión, es Él en nosotros, nosotros en Él. La Eucaristía, ha de ser vivida con el mismo espíritu de donación y de caridad, de amor, con el cual el Señor se entregó después de repartir el pan tantas veces y de pedir que sea este «compartir del pan» la forma de nuestra conmemoración de él. Fijémonos bien que la Eucaristía no sólo es la partición y consumición del pan y la bebida del vino sino es hacer eso en comunidad, con la congregación de creyentes convocados a esta cena o comida eucarística, de agradecimiento.

Comunión significa «común unión», en la cual cada uno y todos los hermanos y hermanas de la Iglesia celebrantes de la Eucaristía se comprometen mutuamente en el amor y lo hacen apremiados por la caridad del mismo Señor. No somos nosotros los que causamos la comunidad, sino es Jesús quien convoca esta «común unión» precisamente para traer al plano de la del presente su memoria. En la Eucaristía nos reúne la urgencia del amor de Jesús.

“Quédate, Señor” Te invito a escuchar esta canción mía: http://www.facebook.com/video/video.php?v=158584037486362