Lunes, 13 de julio de 2020

Viejas y nuevas normalidades 

Parece que, de un modo no sabemos si adecuado o inadecuado, estamos o, casi mejor, nos están desembocando en esa normalidad de la que tanto se habla. Pero ¿nueva o vieja normalidad?

Hay de todo. El utilizar esta situación de una crisis sanitaria, que ninguna de las sociedades occidentales habíamos vivido desde el final de la segunda guerra mundial, como herramienta para crear discordia política, en lugar de arrimar el hombro, es vieja normalidad, es cainismo goyesco.

El tratar de acelerar, como sea y a cualquier precio, el que se abran los bares con sus terrazas (que usurpan más de lo que debieran el espacio público de todos); el que venga el turismo, también como sea; porque supone no sé qué tanto por ciento de nuestro producto interior, es también vieja normalidad.

Y lo mismo ocurre con la construcción. Pues se está ‘encementando’ y enladrillando nuestro país, más allá, posiblemente, de lo necesario. Y no se ha de olvidar aquello de la burbuja inmobiliaria que trajo la crisis de 2008.

Parece que la inercia económica, social y hasta, en algún aspecto, la política, nos llevan hacia los caminos trillados, y tan cómodos y ventajosos para determinados intereses, de la vieja normalidad.

Pero necesitaríamos, sí, una nueva normalidad, de la que, por ahora, el mejor síntoma es que se haya aprobado en nuestro parlamento –ya era hora, pues otros países europeos vecinos lo tienen– el ingreso mínimo vital, para las personas y familias que están por debajo del umbral de la pobreza. Una sociedad del primer mundo se ha de poder permitir tal ingreso, que habría de estar acompañado, además, por políticas sociales de protección de los sectores más humildes y precarios de nuestra sociedad.

En cuanto a las residencias de ancianos –y ahí está una de las llagas más amargas de esta crisis sanitaria–, es la propia sociedad la que ha de decidir si han de seguir siendo un foco de negocio sin más y a cualquier precio, en manos de sectores privados, tantas veces sin escrúpulos, o la iniciativa pública ha de tomar cartas en el asunto.

Quedarían la sanidad y la educación, que habría que reforzarlas y dotarlas mucho más, como servicios públicos al servicio de todos. Más sanitarios, más medios para nuestro sistema de salud. Más docentes y más medios para nuestra educación pública.

El nuevo curso es un desafío. Es necesaria una enseñanza presencial, colaborativa, con mayores medios y recursos en los centros. Con más maestros y profesores, para atender a grupos que no han de estar tan masificados.

Son algunos de los desafíos de esa nueva normalidad a la que debiéramos acceder; para evitar ese sonsonete de lo viejo, que precariza a tantos sectores sociales. Porque esa nueva normalidad –si es que la queremos– ha de estar presidida, siempre, por el bien común como eje y como horizonte.