Viernes, 7 de agosto de 2020

La herencia de Trasíbulo...

Llevamos décadas ignorando la gran frontera del mundo, la verdadera, que separa a los ricos de los pobres, que no es la que separa a los países ricos de los pobres. La brecha es la que separa a los ciudadanos dentro de su propio país. Cada día las clases sociales están más difusas y entremezcladas en un chandalismo y chanclismo que nos homogeneiza.

Hubo un tiempo que fácilmente se podía adivinar la clase social de un individuo por su cultura, educación y honestidad, por sus bienes materiales y anhelos. Hoy los pobres en nuestra sociedad a menudo son gordos y desperdician con tanta poca conciencia como los pudientes. Sus aparatos electrónicos pueden ser incluso más ostentosos. Es el gran engaño de los juguetes para entretener a aquellos que difícilmente podrán ayudar y aportar a sus hijos a ascender en la escala social. Los países ricos saben hoy que el mérito es importante, por tanto, preparan bien a su juventud con el deseo de sentir que no es la herencia paterna la que manda sino los logros propios.

Se ha conseguido que todos los niños vayan a la escuela, pero igualamos por abajo. Exigimos lo mínimo, actuamos paternalmente con los desfavorecidos, jugamos a la falsa justicia y agrandamos la brecha. Tal vez sea ya insalvable o tal vez es la que interesa para conseguir la lealtad de una sociedad mediocre.

Según cuenta Heródoto en uno de sus escritos, Periandro fue el tirano más cruel y sanguinario que tuvo la cuidad estado de Corinto durante el siglo VII ac, éste había heredado el poder de su padre, el cual lo había conseguido destronando a la anterior familia real. Al principio de su reinado se mostró más blando y humano que su antecesor pero pronto se dio cuenta que podía perder el trono. Así envió una embajada a Mileto, ciudad gobernada por Trasíbulo, con la misión de preguntarle de que medios se podía valer para estar seguro de de su poder y gobernar mejor su estado.

Así las cosas Trasíbulo recibió a su enviado. Lo convido a un paseo fuera de su ciudad y mientras andaban por un campo a punto de cosechar el enviado le preguntaba lo que a su rey le inquietaba. Trasíbulo ni una vez respondió con palabras, lo único que hizo fue segar con su espada las mejores espigas, las que sobresalían del sembrado.

Tan pronto como el embajador volvió a la corte, Periandro le pidió las respuestas pero le dijo que no tenía ninguna, y añadió que no podía entender cómo lo había mandado ir a visitar a un hombre tan falto de entendimiento que destrozaba lo mejor de su hacienda y cosecha. Periandro se dio cuenta enseguida de la respuesta, pues Trasíbulo le aconsejaba que se deshiciera de los ciudadanos más destacados del estado.

Esto algunos lo consiguen haciéndose los imprescindibles o aparentando una gran competencia. Siempre hay alguien que con las mismas o similares cualidades y ambición quiere su lugar. En ese momento el ansia de poder que no distingue entre amigos o parientes hace que se inicie una disputa de imprevisibles consecuencias. Con el fin de evitarla los más insignes artistas de la permanencia en el cargo, conscientes de que las puñaladas vienen más de los propios que los extraños, saben cómo desprenderse de sus colaboradores más eficaces y capaces. De la lealtad de los mediocres no se tienen que preocupar. A esto estamos cada vez más acostumbrados.