Viernes, 4 de diciembre de 2020

Libertad cultural

Todo empezó con el exterminio de maestros, escritores, pintores,  y otros creadores, a cargo de la comisión de depuración que pusieron en marcha aceleradamente Enrique Suñer y José María Pemán. Ya sé que para algunos irse ahí es volver a los tiempos de Maricastaña, pero si ignoramos el punto de partida no se entenderá el resto y seguiremos sin saber nada.

Saneada la educación, la nueva España fabricó maestros en cursillos de tres meses. Adictos, claro, porque no se trataba de enseñar sino de adoctrinar.

Para los que el pasado escuece tanto: ya en el lindero de los 70, los maestros para poder ejercer acabada la carrera, teníamos que hacer un mes de instrucción  en el monte  a cargo del Frente de Juventudes. Una buena ración de adoctrinamiento con mucho oxígeno, aire libre, y la emoción en el recuerdo a José Antonio Primo de Rivera. Como una reválida ideológica o como un encargo para los alumnos. Con un poco de suerte, hasta salías del cursillo falangista con novia además del diploma.

Lo de la universidad ha sido mucho más comentado porque el estruendo de los catedráticos expulsados traspasó las fronteras.

Para la cultura, el régimen tenía un plan. Se habían ido o habían sido asesinados los mejores, pero aparte de sublimar a los que quedaban, la planificación del Estado naciente contemplaba la figura del delegado de cultura en las ciudades, afecto al régimen, por supuesto.

Los delegados de cultura constituían una fauna nada amorfa. Algunos llegaron muy lejos en su fanatismo ideológico, y no resultó raro que llevasen a sus hijos de 10 años vestidos con la camisa azul, el yugo y las flechas a los pueblos-colonias de verano tan llenos de muchachas madrileñas que ponían el grito en el cielo ante ese cercenamiento de la libertad de los niños.

Aquellas muchachas tenían razón, porque si los delegados de cultura esperaban a que los niños crecieran después de cazar gamusinos había muy pocas posibilidades de que eligiesen la bandera roja y sí de que siguiesen el camino pregonero del padre en la ciudad. Que es lo que ha dado siempre prestigio, dinero y memoria.

A los delegados de cultura de las ciudades siempre se les escapaba algo: los partisanos. Los partisanos de la cultura eran mayormente poetas, titiriteros, gente rara que vivía a contra corriente y escribía, cantaba, o actuaba en defensa propia, que es tanto como decir por la libertad.

En algunas ciudades universitarias, los partisanos inquietos pusieron en marcha publicaciones destinadas a universitarios. Estas publicaciones culturales llevaban también dentro de su envoltorio un mensaje de incitación a la libertad. Duraban un tiempito, tenían una gran difusión porque las vendían voluntarios a precio de coste,  y cuando se enteraban los delegados culturales se ponía en marcha la maquinaria: denuncia a la dirección provincial de Información y Turismo cuyo permiso los partisanos habían obviado, naturalmente. Esto se debería entender muy bien ahora si tenemos en cuenta que para sacar un periódico como “El País”, el hijo de Ortega y Gasset tuvo que esperar a que muriera Franco.

Así las fuerzas vivas de la ciudad, con la ayuda de la policía, se ponían en marcha para tirar del hilo y saber quién estaba detrás de aquellas publicaciones. No lo lograron, los partisanos estaban acostumbrados a resistir. Y extrañamente los delegados culturales no temían tanto al PCE como a la FUDE, sencillamente porque aquí sumaban todos, incluido el cristianismo.

En el mundo rural, el régimen encomendó la cultura a la Sección Femenina. Desperdigadas por los pueblos, con casa y sueldo, las chicas de la Sección Femenina enseñaban a las jóvenes a jugar a balonmano, y sobre todo su ignominioso ideario  que defendía la idea de inferioridad moral e ideológica de la mujer, con una subordinación total a la figura del hombre,  la mujer doméstica sin pretensiones culturales o profesionales.

El Poder siempre ha desamado a la cultura. O la ha pervertido, como acabo de recordar en este recorrido por los últimos tiempos de este país. Nada bueno para la cultura ha venido de los organismos donde el Poder palpita.

Si hablo de mí mismo, lo hago sin una pizca de pudor. Siempre que me he arrimado a la cultura lo he hecho a solas o con individuos como yo. Quizás porque no sé vivir sin la cultura, quizás por una feroz interpretación de la libertad que debe ser la cultura. De hecho, nunca he pertenecido a ninguna asociación, ni a ningún partido político, ni a ningún grupo ciudadano, excepto a la Asociación Cultural de Santa Inés que es mi pueblo, y de la que me iré pitando en cuanto huela que algún Poder se atisba para contaminar nuestra libertad. Libre te quiero, escribió Agustín García Calvo.

Entre el Poder y la cultura ha habido siempre una palabra mortal: prohibir. Prohibidos fueron los grandes pioneros del acercamiento  cultural al pueblo, como   Pablo Guerrero, Paco Ibáñez, Raimon, Aldolfo Celdrán, y sobre todo el más prohibido de todos: Luis Pastor. El hijo de la jara extremeña, un refugiado más en Madrid, aprendió en carne propia y también con el universo del cristianismo de base que lo acogió,  lo que es la justicia social. Prohibido por Franco, prohibido por el PSOE de Felipe González, prohibido por la derecha de ahora, prohibido su hijo Pedro.

Y sin embargo Luis Pastor sigue siendo un gigante de la cultura, caminante de un itinerario cultural y musical a solas con el referente siempre de Zeca Alfonso.  Desde su memoria prodigiosa,  su talento y su sensibilidad que no logró matar el Poder ha derivado en la más extraordinaria de las expresiones culturales.

Prohibidos fueron escritores, músicos, y lo peor de todo: lectores o espectadores. Porque la lista de libros, periódicos, películas, canciones prohibidos resultó ser infinita. Hay que recordar ese viaje, no para añorarlo sino para saberlo. Y sobre todo para no caer en la tentación de que pensar en cualquier tiempo pasado fue mejor.

Las leyes se reforman, incluso a veces caducan y mueren. Pero queda la costumbre. Y en esa herencia es donde yo recuerdo ahora mismo la perplejidad de una conversación entre familias a la hora del vermut. En la mesa de al lado se sentaban dos grupos que debían ser amigos. Y de repente una voz de mujer que dice: oye, que hemos vuelvo a leer nuestro periódico. ¿Si?  Sí, porque ya no es comunista. El periódico “comunista” para la joven mamá es el que yo había estado a punto de dirigir. Y entonces bendije la hora en que dije no.

Libre te quiero, sí. Y libre se quiso siempre el Trinche, el futbolista más extraordinario que ha dado la historia según quienes lo vieron y según el propio Maradona. El Trinche no se doblegó ante nada ni nadie y ejerció siempre su libertad de renunciar al dinero y vivir en la misma casita donde nació.

Acaban de matarlo a la puerta de esa casita para robarle su bicicleta. El Trinche representa más que nadie la pureza de la libertad, esa que no puede faltar nunca en la cultura.

Hablo de ciudades distintas, de tiempos distintos, de pueblos distintos, de gente distinta. Todo cambia, pero siempre habrá un dios para la cultura en libertad. Todo lo demás es empapelar la vida con el falso ruido de una lluvia cuando no llueve.