Viernes, 14 de agosto de 2020

El pozo de mi padre

Para los hombres de la edad de mi padre, su vida es su obra. Han plantado árboles, han tenido hijos, han levantado negocios, han asistido al milagro económico de un país en desarrollo, vivieron la Transición con el corazón encogido y ahora, en la vuelta del camino, mantienen el porte de su temple.

          Los hombres de la edad de mi padre amontonan las pastillas antes de comer, se preguntan cómo van a leer la prensa diaria en el bar y pasean contando los negocios cerrados, solidarizándose con cada uno de esos trabajadores a los que saludaban cada día hasta que la pandemia les confinó en los límites de la casa. Los hombres de la edad de mi padre que cambiaron la escopeta de Delibes los domingos por la mañana por la azada de sus primeros tiempos de labradores, antes de instalarse a mediados de los años sesenta en la ciudad provinciana. Es la labor del huerto que precisa del agua que no tienen estas tierras de pan llevar heredadas de mi abuelo…

          -Hacer el pozo fue una obra de titanes.

          La obra de mi padre es el pozo que no cesa. El pozo horadado con la fuerza de la voluntad. El pozo proyectado con el amigo que ahora falta. La excavadora hincada de rodillas sobre la tierra, cavando y cavando, metiendo dinamita cuando la roca impone su ley en las profundidades.

          -Aquí lo dejamos, no cobramos nada, se tapa y que queda como antes.

          Hay obras que precisan de la voluntad de toda una generación de esfuerzo callado que, en el momento decisivo, alzan la voz y sorprenden a todos. No se tapa, vamos a intentarlo con otra barrena. Otra más. De aquí nadie se va. Y la máquina se hunde tan dentro que en el hueco dejado por su peso podrán construir una casa, cimientos de voluntad mientras resuena de nuevo en el interior de la tierra la dinamita que rompa la piedra.

          Y mientras, en la superficie, el brazo de la máquina prehistórica que se alza como una garra rompe los cables del tendido eléctrico y creemos en los milagros porque nada pasa y siguen los hombres su pelea con una tierra empecinada en seguir cerrada a cal y canto, tierra, piedra, la roca rosada con las que construyen las casas en el pueblo de mi madre.

          Sin embargo, no hay barrena más fuerte que la voluntad. Y los hombres de la edad de mi padre son empecinados, bajan la testuz, enfrentan la niñez de la guerra, la falta de la posguerra, el trabajo cotidiano, los días que pasan, los hijos que nacen, los años que se amontonan, los surcos que se recorren el domingo de caza mientras la vida les devuelve el fruto de la tierra regada, la espiral que baja a la fuente donde mana la sabiduría. Los nietos corren por la parcela “No os acerquéis al pozo”. “No te asomes al pozo” me decía mi abuelo, y la boca vestida de piedras, profunda y misteriosa nada tenía que ver con el hueco infinito, obra de titanes, que horadó mi padre. Su obra tiene la bendición del agua que no cesa, manantial profundo como la raíz que nos alimenta.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.