Salir o no salir de "la cabaña"

Aunque en Psicología no existe ningún “síndrome de la cabaña” utilizamos esta expresión porque se está extendiendo coloquialmente, a propósito de la resistencia que una parte de la población siente ante el imperativo social de abandonar el hogar y salir a la calle como metáfora de seguir la vida “normal”, trabajando, estudiando, relacionándose con el grupo social, después de estos casi tres meses de confinamiento.

            El grado de rechazo a salir al exterior en las nuevas fases hacia la “normalización” es tan variado como individuos, tanto en intensidad como en duración.

Pero haremos en este artículo una clasificación en cuatro categorías, dependiendo de cómo el sujeto se sienta adaptado dentro de su casa y en su contexto exterior, para describir una primera aproximación a este tema, tan importante desde el punto de vista de nuestra capacidad o incapacidad de adaptación.

El primer grupo de personas, al que podríamos calificar de personas felices, entre las que se incluyen niños, adolescentes, mujeres, hombres, mayores…son aquellos/as que se sienten, en términos generales, con un bienestar duradero, tanto en el mundo íntimo de sus relaciones familiares, como en su mundo externo, en el colegio, instituto, trabajo, barrio, etc., donde se desarrollan sus vidas. Este primer grupo obviamente no presenta ningún rechazo o muy poca dificultad para dejar el confinamiento: al revés, sienten un vivo deseo de recuperar sus vínculos sociales.

El segundo grupo de personas lo constituyen aquellas que no se sienten básicamente bien en su núcleo familiar pero sí se sienten bien adaptados a su ambiente externo. Es natural que las personas de este grupo estén deseando vivamente dejar “su cabaña”, al menos con la intensidad con la que han vivido durante toda esta primavera. No solo no sienten la menor pena por dejar “las cuatro paredes” familiares, sino que lo están deseando.

El problema de las dificultades o rechazos  a reiniciar la vida “normal”, la anterior a la epidemia, se da en los dos grupos siguientes: el tercer grupo serían  aquellos que se sienten razonablemente bien entre sus cuatro paredes, pero no adaptados o acordes con las características del mundo externo con el que mal conviven ( país, ciudad, barrio, trabajo, colegio…). Y el cuarto grupo lo forman aquellos que sienten un malestar básico o generalizado tanto en su núcleo familiar como en su mundo entorno.

Las personas del tercer grupo son los que tienen, en general, más dificultad en abandonar “la cabaña”; dentro de ella pueden mantener un bienestar suficiente, que sienten peligrar cuando salen al exterior: es lo que le ocurre ( y de hecho está ocurriendo) al niño/a que teme volver a la guardería o colegio y perder la protección del hogar, o al adulto que prefiere seguir trabajando en su casa, desde su ordenador, en lugar de ir cada mañana a la oficina, o al anciano/a que disfruta de un básico bienestar o protección en su casa, pero teme las exigencias que conlleva el mundo externo.

El grupo que más sufre, el cuarto, es el constituido por aquellos que no se sienten suficientemente bien ni en el interior de su casa o residencia ni en el exterior. Ocurre con ellos como si la sociedad (y sus instituciones) estuviera organizada de espaldas a sus necesidades, deseos o ideales. Siendo los más “débiles” o más críticos, la sociedad debería escuchar más a estas personas que a ninguna otra, pues,  con su sufrimiento son los que más claramente señalan por dónde deberían ir las mejoras en una sociedad humanizada.

Los ancianos que han sobrevivido en las residencias de mayores y han sido testigos de los miles de muertes de compañeros de residencia durante el coronavirus, deberían convertirse en la guía que señalara a sanitarios y a responsables políticos qué es lo que no se debe nunca hacer y qué se debe hacer en las residencias, para que nuestros mayores que quieran, o deban por necesidad vivir en ellas, vivan lo más dignamente posible. Sus compañeros fallecidos no tuvieron la oportunidad de abandonar esa mortífera “cabaña”.