Antón Pirulero

Estamos llegando a tal hartazgo político que pretender insistir en la conveniencia de enderezar el rumbo casi equivale a predicar en el desierto. Necesitaríamos otros políticos. Hemos tenido la desgracia de coincidir con éstos, pero, reconozcámoslo, no nos valen. Unos, porque no están capacitados para gobernar y los otros, porque tampoco lo están para hacer una oposición eficiente; el resultado es haber llegado a una sociedad dividida en dos grandes bloques. De momento, ni unos ni otros han sido capaces de convencer a los ciudadanos que, cansados de no ser tenidos en cuenta, no han conseguido reunir los votos necesarios para hacer posible un gobierno homogéneo y estable. Pretender, a estas alturas y con lo que se nos viene encima, ensayar una nueva fórmula que pudiera facilitar ese gobierno sería volver al mismo punto de partida.

España necesitaría, pero ya mismo, un compromiso de todas las fuerzas políticas, económicas, sociales y culturales para superar este bache –más bien socavón- si queremos levantar cabeza. Es triste reconocer que, aquí y ahora, no será posible. La fórmula de “Y tú más” está dando lugar a espectáculos bochornosos en los distintos parlamentos que definen a las claras la entidad humana de nuestra clase política. Ha llegado la hora de hablar menos y hacer más.

A pesar de los errores de bulto cometidos a la hora de atacar al coronavirus, todo parece indicar que estamos levantando cabeza. Nos ha costado demasiados muertos –ya es triste que hasta se mienta con el número de fallecidos- pero si no salimos con bien de esta situación, no toda la responsabilidad será del gobierno. Entre la población que sale a la calle, hay más irresponsables de lo que sería deseable. Ante desatinos como los que se ven a diario, no se puede mirar para otro lado. Hay que ser condescendiente con las desobediencias que no tienen consecuencias inmediatas, como reprender a quien sobrepasa el tiempo de paseo o deporte en unos minutos, pero inflexible con quienes organizan reuniones festivas contraviniendo todo lo ordenado para evitar contagios. Todavía hay demasiados botellones que se van de vacío.

Pues bien, cuando el gobierno toma la palabra, en la tribuna de oradores o ante cualquier medio de comunicación, y, a sabiendas de lo que hace, no tiene inconveniente en mentir una y otra vez descaradamente. De nada vale que la oposición recrimine esa actitud, porque nunca se dará por aludida. Hemos observado, no sin desagrado, la cara de desprecio que pone el presidente Sánchez cuando quien habla pertenece a la oposición, y la de arrobamiento cuando el que interviene –por duros que sean sus comentarios- es de un partido que, a pesar de exigir contraprestaciones que rayan en la prevaricación- está dispuesto a apoyar sus iniciativas. Chapoteando en este magma, se hace imposible llegar a una solución del problema. En contra de lo que afea Sánchez a quienes no le apoyan, lo único que no haría nunca sería pactar con la derecha. Seamos sinceros, ni la ha tragado antes ni lo haría ahora.

A juzgar por la ineficacia exhibida a la hora de afrontar el grave problema de la pandemia, no parece que vaya a mejorar su pericia para curarnos de ese otro virus tan nocivo que ha atacado a nuestra economía. Pedro Sánchez me recuerda aquella madre que fue a visitar a su hijo al cuartel y, al verlo desfilar, comentó: “¡Qué listo es mi hijo! Es el único que no lleva el paso cambiado”. De cara a la galería, todo lo que ha hecho este gobierno es de matrícula de honor. Quien no lo quiera ver así, sencillamente, es un facha, o va con el paso cambiado Su primer ayudante aprendió la instrucción en los cuarteles de Venezuela e Irán, e hizo un curso intensivo con su camarada Alexis Tsipras. Los calamitosos resultados conseguidos con esos programas tan progresistas no han sido obstáculo para que Sánchez -sin que haya tenido que insistir demasiado Pablo Iglesias- se haya puesto manos a la obra dispuesto a saltar la banca y, cuando le falten fichas, que venga Bruselas a reponer fondos. Sabe perfectamente que no tiene suficientes recursos para cumplir todas sus promesas.

El hecho de haber logrado salir adelante –a base satisfacer las prebendas de   todo el que acude en su ayuda- con toda una serie de atropellos a la Constitución, la Justicia y a las más elementales normas que dictan los patrones democráticos, ha servido para hacer de Sánchez una persona enemiga de la verdad y dispuesta a seguir en el cargo, convencido de que nadie será capaz de superarle. Es un iluminado que nunca reconocerá sus errores, porque los equivocados son los que no piensan como él. Aunque Bruselas no esté dispuesta a tolerar los “apaños” en las cuentas, y mucho menos a entregar fondos a quien no sabe administrarlos, su grado de petulancia ha llegado a auto convencerle que nadie osará llevarle la contraria. No se da cuenta que ya le conocen lo suficiente como para no fiarse de él.

Ahora bien, cualquier intento de desalojar a Sánchez -e Iglesias- de la Moncloa, sin recurrir a las urnas y de forma legal, hoy por hoy está condenado al fracaso. Ha conseguido una red clientelar que se lo pensará mucho antes de dejarle caer. Si tenemos la fortuna de que no nos visite un cataclismo económico, tendremos populismo progresista hasta el final de la legislatura. Hasta ese momento, parodiando aquella canción –Antón Pirulero- de la época de nuestros abuelos, cada uno deberá atender a su juego, porque, el que no lo atienda, tendrá que pagar otra costosa prenda. El gobierno pretenderá afianzarse en el poder haciendo uso de todo lo que le ayude en su objetivo. A sus antiguos votantes habrá que sumar una buena bolsa de votos procedentes de todos los que nunca pensarían asegurarse un aceptable nivel de vida sin necesidad de preocuparse por el empleo.

Para los que se sientan defraudados con la situación actual, sin olvidar su deber de criticar lo que se considere injusto o ilegal, yo aconsejaría que se olvidaran de manifestaciones de protesta que, además de encrespar los ánimos, sirven de muy poco, y tienen el peligro de facilitar nuevos contagios en masa –porque el virus sigue con nosotros. Sólo existe una forma válida para acabar con los malos gobiernos: que todos los descontentos acudan a votar a quienes crean que lo harían mejor. La mejor cacerolada es que cada cual, antes de nada, cumpla con su deber y exija a los demás que también lo hagan. Lo demás, repito, es perder el tiempo.