Lunes, 6 de julio de 2020

A la calle

Hay que transformar la sociedad, los grupos humanos, el corazón de los hombres

“Pueblo de Dios en salida”. Éste fue el título del congreso que los laicos de España celebraron en Madrid el pasado mes de febrero.

Pero el lema fue: “Hacia un renovado Pentecostés”.

No es fácil tener un correcto concepto de los laicos hoy. Y menos todavía hablar de ellos con un mediano acierto.

Tenemos que dejar de lado aquel ridículo, y a veces malintencionado dicho de que el laico es el que está “al laíco del cura”.

Puede ser que así sea en muchos casos. No es fácil superar el exacerbado clericalismo que a veces inunda nuestra iglesia. Contra ello alerta frecuentemente nuestro querido Papa Francisco.

Es verdad que los laicos –y por supuesto las “laicas”— tienen un puesto y son necesarios al interior de la iglesia: encargados de las llaves, de la limpieza, del mantenimiento del templo, de la economía parroquial. Y por supuesto de la catequesis, del canto, de la liturgia. Y también han de estar presentes en grupos de trabajo, de formación y de reflexión. Y han de prepararse para el bautismo de sus hijos, para la confirmación, para la boda.

Pero si todo se queda en eso, son laicos muy cojos. Se podrían quedar en grupos estufa o refugio, muy cómodos y faltos de compromiso con el exterior, con el mundo. Hoy hacen falta laicos en salida, que exponen, que se embarran, que se la juegan.

Y para esto sí que hay que estar preparados. Y ejercitarse o practicar para aprender y comprometerse. Y hasta necesitarán acompañamiento y apoyo, sea del sacerdote preparado y a su vez comprometido, sea de los otros compañeros que pasan por las mismas experiencias y se la juegan junto con ellos.

Hoy se necesitan laicos en salida, que realicen en la práctica el título de su congreso: “Pueblo de Dios en salida”. Cristianos, bautizados, que son a la vez discípulos y misioneros. Y que no sólo anuncian con la palabra, sino que exponen –a veces a los otros compañeros y a la misma iglesia— y que se exponen ellos mismos al fracaso, y hasta al ridículo y la incomprensión. A veces hasta el insulto y la persecución, más o menos violenta.

Porque el laico de hoy tiene que salir de sus refugios, tiene que implicarse en la política, en el mundo sindical, en la cultura –siempre con rostro evangélico— en la información –por supuesto superando las fakenews--. Y desde luego en grupos de solidaridad con los más pobres y necesitados. Y en todo con honradez y profesionalidad.

A veces será preciso exponerse con la denuncia de la perversidad, incluso a un duro precio. Pero lo normal será ofrecer ejemplo evangélico en todos los órdenes de la vida, empezando por el modelo de familia, por la defensa de la vida a todos los niveles, y por la propuesta o la muestra del ideal cristiano.

Es verdad que todos esos riesgos y exposiciones resultarán a veces duros y hasta casi imposibles. Pero la práctica, la generosidad y entrega, y sobre todo la vida espiritual, de oración y sacramentos, nos ayudarán a estar en el punto justo y a superar todas las dificultades. Y nos llenarán del profundo gozo de anunciar el evangelio, como nos dice con frecuencia el Papa Francisco. Es por ahí por donde se manifestará patentemente el lema del congreso de laicos: “Un nuevo Pentecostés”. Gente formada, comprometida, misionera. Sal, luz y fermento del mundo de hoy. Hay que transformar la sociedad, los grupos humanos, el corazón de los hombres.

Precisamente el domingo pasado celebraba la Iglesia la fiesta de Pentecostés, la jornada del Espíritu Santo. Y en ese mismo día nos proponía la reflexión y la profundización en el compromiso laical: Es la jornada nacional de los laicos y de la acción católica.

Esperamos salir todos renovados y comprometidos con la nueva panorámica que se nos presenta después de la desescalada, y que nos ayudará a pasar de la dura experiencia del confinamiento a la nueva normalidad de un mundo cambiado para mejor.